(OPINIÓN) Innovación sin estrategia: La falacia del management. Por: Andrés Felipe Molina Orozco
Post-its fluorescentes, mantras en spanglish y la pasarela de vanidades en LinkedIn: cuando la “Innovación” entretiene, pero no transforma.
Post-its fluorescentes, mantras en spanglish y la pasarela de vanidades en LinkedIn: cuando la “Innovación” entretiene, pero no transforma.
El placebo corporativo
El libreto ya lo conocemos: Música épica, un dron recorriendo el “Hub” con sofás de diseño, empleados sonrientes pegando post-its y un lema luminoso que promete “Revolucionar el mindset para liderar el futuro”. Los aplausos cierran la escena, las selfies documentan la hazaña y los hashtags hacen el resto. Afuera, claro, los proveedores siguen sin pago y el producto estrella no despega. Nadie quiere arruinar la fiesta.
Ese es el poder del placebo: Genera energía, sube la moral, alimenta titulares. Pero no resuelve nada. Es como un café cargado: Acelera un rato, pero no sustituye el trabajo de fondo. Y en esa confusión de euforia sin criterio aparece la falacia más costosa del management.
La falacia con presupuesto
Hablo de tres falacias de todos los días. La retórica, cuando las palabras sustituyen decisiones. La organizacional, cuando la innovación queda encerrada en un área que produce talleres y selfies pero no ventaja competitiva. Y la económica, cuando el presupuesto se evapora sin mover ventas ni márgenes.
El resultado es un espejismo cómodo: Actividad disfrazada de progreso, moda vendida como transformación. Se repite que “Hay que innovar”, pero nunca se dice qué se está dispuesto a sacrificar. Innovar sin estrategia entretiene, pero no transforma. Y para sostener la ilusión, nada más útil que frases solemnes recitadas en comité.
Mantras vacíos en spanglish
“Customer centricity”. “Design thinking”. “Disruptive tech”. “Open innovation”. Se recitan como si fueran acciones, cuando apenas son adornos. El problema no es el inglés: Es el vacío. Son palabras que llenan PowerPoint, pero no alteran un rumbo. Un mantra que no incomoda ni obliga a decidir es simple decoración. Y esa decoración tiene un símbolo favorito: Los post-its fluorescentes.
La escenografía de la innovación
Los post-its sirven para pensar; su caricatura, para la foto. He visto paredes perfectas para Instagram que nunca llegaron a los estados financieros. Se gasta más en escenografía fluorescente que en un cliente que pague.
LinkedIn multiplica el teatro: Cursos de tres horas convertidos en “Transformación de carrera”, charlas internas disfrazadas de TED Talk y workshops con stickers vendidos como disrupción. Lo que debería ser herramienta se volvió vitrina. Pero las vitrinas siempre terminan vacías: Tarde o temprano, el disfraz se cae.
Cuando el disfraz se cae
La historia ya nos dio advertencias conocidas: Kodak, WeWork, Theranos. Lo nuevo en 2025: Lanzamientos de IA generativa presentados como “Copilotos milagrosos” que terminan apagados por sesgos, problemas de privacidad o porque solo redirigen al call center. En banca, retail y servicios abundan los pilotos “Eternos” que nunca pasaron de la demo.
El patrón no cambia: Nombre nuevo, misma inercia. Y cuando el disfraz se cae, no queda innovación: Queda insolvencia con hashtags. Por suerte, también existen las historias que muestran lo contrario.
Los que hacen historia sin teatro
No todo es impostura. Bancolombia entendió que innovar no era vitrina, sino acceso. Con Nequi llevó servicios financieros a millones de colombianos y construyó inclusión real. Sin fuegos artificiales, con estrategia.
Lo mismo Intergrupo, nacida en Medellín, que demostró que desde Colombia se puede competir a escala global. Ejecutó modernización y nube con rigor hasta que SoftwareONE, un gigante suizo, adquirió el 100 % de la compañía. Sin disfraz de unicornio: Resultados.
Son historias que no necesitan sofás de colores ni slogans en spanglish. Necesitan decisiones. Y esas decisiones, casi siempre, incomodan.
La incomodidad que define el futuro
La innovación real incómoda: Redistribuye presupuesto, desarma feudos, mata proyectos queridos y obliga a renunciar a ingresos incoherentes. Encerrarla en un departamento es matarla por burocracia; convertirla en músculo transversal es la única manera de que viva.
Y cuando lo logra, produce algo más valioso que un “Like”: Genera orgullo. Orgullo de haber decidido a tiempo, de sostener la coherencia, de arriesgarse más allá del aplauso. Ese orgullo sí merece una foto. Y se puede medir con criterios simples, pero crueles.
Cinco criterios simples (y crueles)
- Renuncias explícitas: Qué no vas a hacer, aunque sea rentable.
- Presupuesto que se mueve: Del museo de lo probado a la tesis que rompe el techo.
- Gobernanza de coherencia: Derecho de veto cuando la “Idea cool” contradice la estrategia.
- Métricas que duelen: % de ingresos rechazados por incoherencia, % de pilotos que llegan a utilidad.
- Orgullo verificable: Menos “Likes”, más clientes que recompran.
Menos “Likes”, más clientes que recompran. Porque al final, lo único que importa es el veredicto.
Veredicto (sin anestesia)
Si la innovación entretiene, probablemente es pose. Si incomoda, probablemente es real.
Innovar es decidir contra la comodidad. Si no hay renuncia, no hay estrategia. Y sin estrategia, la innovación no es futuro: Es un placebo con LinkedIn Premium.
Innovar sin estrategia no es gestión: Es autoengaño corporativo.

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