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(OPINIÓN) Gustavo, el anatomista. Por: María Clara Posada

Gustavo Petro habla de paridad, de inclusión y de respeto. Habla del patriarcado opresor y de “Brayan”, el maltratador de mujeres que debe ser repudiado por la sociedad.

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Redacción IFM
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Gustavo, el anatomista. Por: María Clara Posada

Gustavo Petro habla de paridad, de inclusión y de respeto. Habla del patriarcado opresor y de “Brayan”, el maltratador de mujeres que debe ser repudiado por la sociedad. Habla de su sensibilidad a las causas feministas diseñando relatos cargados de creatividad que, si no contuvieran el sustento causal de los días más oscuros de Colombia, producirían carcajadas.

Sin embargo, lo cierto es que la situación no está para risas. Como bien advertía Camille Paglia -mi feminista de cabecera-, el feminismo no debería prestarse a farsas retóricas, pues cuando el discurso se divorcia de la realidad, lo que queda es propaganda. Y en Petro, la distancia entre la palabra y el gesto es abismal. Su praxis revela no a un aliado, sino a un hombre cuya misoginia aflora con desparpajo en sus frases, en sus actitudes y en su forma de relacionarse con las mujeres.

El episodio de Timbío, es elocuente. Desde una tarima, el presidente redujo a profesionales de su gabinete a ornamentos: “Las funcionarias son hermosas”, decía mientras relataba que algunos periodistas insisten en llamarlas “sus novias”. No se refirió a la capacidad de liderazgo de Gloria Miranda ni a sus méritos profesionales inexistentes, a decir verdad, según la reciente descertificación. Prefirió hablar de su apariencia y de su vida privada, tomándola del hombro como quien exhibe una pertenencia. Ese no fue un elogio inocente, sino el gesto típico del acosador que invade el espacio personal para reafirmar su poder.

Aún más perturbador resultó lo dicho en su más reciente Consejo de Ministros. “Una mujer libre hace lo que se le da la gana con su clítoris y con su cerebro. Si sabe acompasarlo será una gran mujer”. No se trató de un lapsus, sino de una declaración premeditada, que recuerda al Mateo Colón del Renacimiento, médico obsesionado con cartografiar el sexo femenino en su libro De re anatómica. Petro se disfrazó de anatomista vulgar, un Andahazi de quinta categoría, reduciendo la libertad femenina a la sincronía entre genitalidad y raciocinio. Con esa frase, despojó de dignidad a ministras y asesoras, y pisoteó décadas de lucha feminista cuyo norte ha sido la igualdad política y no la celebración grosera del cuerpo.

En este punto, la crítica de Paglia se hace nuevamente necesaria: el feminismo serio no puede ser cómplice de la caricatura victimista, ni del patriarca con disfraz de progresista. Petro encarna precisamente ese engaño verbalizando consignas emancipadoras mientras ejerce el mismo dominio machista que dice combatir.

Como cuando llamó a varias periodistas “muñecas de la mafia” avalando, de paso, la violencia digital que se desató contra ellas; las decisiones administrativas tampoco lo absuelven. Obligado por la ley a cumplir con la cuota de género en su gabinete, optó por un atajo grotesco: Nombró a un hombre y lo presentó como “de género fluido”, burlándose del espíritu de la norma. Como si la lucha de miles de colombianas por estar en espacios de poder pudiera despacharse con una trampa semántica. Peor aún, Petro ha privilegiado nombramientos de mujeres sin suficiencia académica, a quienes describe como “bonitas”, ignorando la preparación, el esfuerzo y la disciplina de tantas que se han sacrificado día y noche, por construir los méritos propios.

El retrato es claro: Petro habla de feminismo, pero practica la misoginia. Habla de igualdad, pero reduce a las mujeres a adornos o a objetos sexuales. Se dice progresista, pero caricaturiza décadas de conquistas históricas. Y todo esto ocurre con el silencio cómplice de las feministas de salón, aquellas que aplauden desde la comodidad de un pañuelo verde en las sillas del gabinete, mientras ignoran el desprecio cotidiano de este gobierno hacia las mujeres.

Un presidente que trivializa la libertad femenina con alusiones al clítoris, que ridiculiza la norma de paridad con atajos cínicos, que estigmatiza a las periodistas y convierte a sus ministras en accesorios de tarima, no es un reformador. Es más bien el anatomista que disecciona los cuerpos femeninos para reafirmar su dominio. Lo que se nos presenta como justicia social no es más que la persistencia del patriarcado, que tanto dicen rechazar, disfrazado de progresismo. Y ante ese disfraz, la sociedad colombiana debe recordar que la verdadera emancipación no se alcanza con consignas huecas, sino con respeto, con mérito, con oportunidades y con dignidad. Todo de lo que carece este gobierno.

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