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(OPINIÓN) Entre purgas y holocaustos. Por: César Betancourt Restrepo

Si al nazismo (fascismo) le cambiamos el concepto de “nacionalismo” por “lucha de clases”, nos daremos cuenta de que estamos hablando del comunismo: dos sistemas colectivistas que suprimen al individuo como entidad política, agrandan el Estado a sus máximas proporciones, ejercen el autoritarismo com

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Redacción IFM
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Entre purgas y holocaustos. Por: César Betancourt Restrepo

Si al nazismo (fascismo) le cambiamos el concepto de “nacionalismo” por “lucha de clases”, nos daremos cuenta de que estamos hablando del comunismo: dos sistemas colectivistas que suprimen al individuo como entidad política, agrandan el Estado a sus máximas proporciones, ejercen el autoritarismo como medio y fin, y justifican sus terribles actos con una ausencia total de moralidad y ética.

Tanto en el nazismo como en el comunismo, el Estado se convierte en un ente omnipresente, un Gran Hermano que todo lo ve. Oponerse al gobierno es sinónimo de traición a los intereses del Estado (según la premisa colectivista), y bajo este axioma, se desata la brutalidad. La humanidad ha sido testigo de ello en Alemania, Italia, la Unión Soviética, China, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Camboya, Corea del Norte y otros países donde estos regímenes han impuesto su yugo.

Ahora, recordemos que los Estados tienen la autoridad y el monopolio de las armas (poder coercitivo), pero lo hacen para actuar bajo determinadas condiciones (protocolos) y a la luz del Derecho Internacional. Ese es el modus operandi, y los Estados se autorregulan cuando hay división de poderes, pero cuando desaparece esta barrera, rozamos con el peligro de las dictaduras y las autocracias, ya sea con la bandera de la revolución de los pueblos o del nacionalismo.

Tanto los comunistas como los fascistas han demostrado una tiranía criminal. Ambos han cometido genocidios y exterminios en masa, han practicado la represión política y la persecución de opositores, han erigido campos de concentración y sistemas de trabajos forzados, han impuesto regímenes totalitarios con una propaganda omnipresente, han suprimido la libertad de expresión, han provocado hambrunas masivas y han desplegado expansionismo agresivo.

A manera de ejemplo, muchos asocian los campos de concentración exclusivamente con la Alemania nazi, pero la Unión Soviética implementó el mismo método a través del Gulag, donde según diversas estimaciones murieron entre 1,6 y 3 millones de personas. En la Cuba comunista de Fidel Castro también existieron campos de concentración para homosexuales, donde se “reeducó” a más de 30 mil cubanos bajo condiciones infrahumanas.

El comunismo y el fascismo son dos caras de la misma moneda: el totalitarismo. Sin embargo, lo verdaderamente indignante es que hoy, en pleno siglo XXI, algunos insisten en romantizar el comunismo (progresismo – socialismo) con discursos de lucha de clases, vendiéndolo como la antítesis del fascismo. Tan solo hay que recordar una de las máximas de Marx: “la paz es la ausencia de oposición al socialismo”… premisa que hoy parecen seguir la izquierda latinoamericana.

Como dirían en mi tierra, fascismo y comunismo son el mismo perro con distinto collar, y al final, lo que está en juego no es una batalla de etiquetas políticas, sino la defensa de la libertad, y esta defensa no admite matices: o se protege en su totalidad, o se pierde en los laberintos del autoritarismo disfrazado de “justicia social” y/o “paz”.

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