(OPINIÓN) El riesgo no es no tener propósito, el riesgo es no sostenerlo. Por: Andrés Felipe Molina Orozco
No basta con enunciarlo. Hay que habitarlo incluso cuando incómoda. Hoy casi todas las organizaciones dicen tener un propósito. Algunas lo formulan con cuidado. Otras lo copian. Muchas lo repiten. Pocas lo sostienen.
No basta con enunciarlo. Hay que habitarlo incluso cuando incómoda.
Hoy casi todas las organizaciones dicen tener un propósito. Algunas lo formulan con cuidado. Otras lo copian. Muchas lo repiten. Pocas lo sostienen.
Pero lo inquietante no es esa coreografía. Lo inquietante es que tener propósito se ha vuelto tan obligatorio y aceptado, que corre el riesgo de perder su fuerza como brújula. Cuando todos lo declaran, su valor ya no está en decirlo. Está en decidir desde él.
Porque lo verdaderamente riesgoso no es no tener propósito. Es operar como si no hiciera falta. Es convertirlo en ornamento: algo que adorna discursos, paredes, páginas web, pero no incómoda, decisiones.
Si no estructura, no es propósito. Es narrativa.
Un propósito real, además de inspirar a la audiencia, es lo que ordena tu acción. Lo que marca la frontera entre lo que harás (aunque sea difícil) y lo que no harás (aunque sea rentable).
No sirve como mensaje si no funciona como filtro. No sirve como idea si no cambia el modo de operar.
En mi trabajo con organizaciones y personas, he comprobado que hay tres señales claras de que un propósito no es decorativo:
Unicidad: lo que haces no es reemplazable
Si tu ausencia no deja un vacío real, lo que tienes no es propósito. Es oferta.
Ser único no es ser original. Es ser irremplazable. Tu propósito es único cuando transforma de forma tan concreta, tan específica, tan humana… que no hay otra organización que pueda ocupar tu lugar sin perder algo esencial.
Sostenibilidad: lo que haces hoy no contradice el mañana
Un propósito que erosiona al otro, que agota al equipo, destruye el entorno o sobreexplota los recursos, no es propósito. Es una estrategia miope disfrazada de misión.
El propósito se sostiene en el tiempo si construye relaciones justas, decisiones coherentes y bienestar colectivo. No hay legado posible si solo sirve a quien lo formula.
Valor: otros están dispuestos a defenderlo
Nadie sostiene lo que no valora. Y el valor de un propósito no está en su belleza. Está en la convicción que despierta.
Si tu equipo no pone su talento al servicio de eso que declaras… Si tus clientes no pagan más por lo que representas… Si nadie te defiende cuando no estás… Entonces, tu propósito no guía. Solo decora.
El propósito no es inocente
Muchos lo declaran para encantar. Pocos lo formulan para elegir.
Pero solo quienes están dispuestos a perder algo por sostenerlo logran convertirlo en una estructura viva. Y ahí está el punto: el propósito no se presume. Se elige. Se practica. Se sostiene.
No tener propósito, también tiene precio
Actuar sin propósito no es neutralidad. Es ceguera. Es dejarse llevar por lo inmediato, incluso cuando eso perpetúa prácticas injustas, ineficientes o insostenibles.
Las organizaciones que operan sin propósito (o con uno decorativo) tienden a optimizar el corto plazo. Y ese cortoplacismo tiene un precio.
Un precio visible: rotación de talento, desconfianza de clientes, pérdida de legitimidad. Y otro menos visible: fatiga moral, desgaste interno, desconexión con lo que alguna vez tuvo sentido.
Ese es el verdadero costo de operar sin dirección. No es solo estratégico. Es humano.
¿Y tú?
¿Estás tomando decisiones que valen la pena… o solo decisiones que se pueden justificar?
¿Tu propósito incómoda cuando es coherente… o desaparece cuando es incómodo?
¿Y si no puedes sostenerlo, para qué lo estás proclamando?
Porque el propósito, si no ordena, no guía. Y si no guía, no transforma. Y si no transforma… no sirve.

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