(OPINIÓN) El orgullo divide a los hombres, la humildad los une. Por: Silverio José Herrera Caraballo
Hay frases que deberían tatuarse en la conciencia colectiva de un país, especialmente cuando su clase dirigente parece empeñada en ignorar las lecciones más elementales de la historia. Sócrates dijo alguna vez que el orgullo divide a los hombres, mientras la humildad los une. Parece una sentencia si
Hay frases que deberían tatuarse en la conciencia colectiva de un país, especialmente cuando su clase dirigente parece empeñada en ignorar las lecciones más elementales de la historia. Sócrates dijo alguna vez que el orgullo divide a los hombres, mientras la humildad los une. Parece una sentencia simple, casi una línea de un libro de autoayuda, pero en realidad encierra un principio político esencial: ninguna nación se salva desde el ego. Y Colombia, que hoy camina peligrosamente hacia el abismo institucional, necesita menos discursos rimbombantes y más humildad sensata por parte de quienes dicen querer rescatarla.
De cara al 2026, la centroderecha colombiana enfrenta su mayor reto histórico: no es Gustavo Petro, no es el Pacto Histórico, no es la izquierda radical ni su retórica de transformación; el verdadero enemigo es la dispersión interna, la falta de cohesión y ese orgullo personalista que ha llevado a que más de 100 aspirantes estén convencidos de que el país los necesita como salvadores individuales, ¿Cien salvadores? ¿De verdad creemos que una nación fragmentada puede recomponerse desde un movimiento aún más fragmentado?
Esta columna es una petición urgente, casi un llamado desesperado, a la reflexión y la coherencia. Un mensaje directo para todos aquellos que se autoproclaman candidatos “de la esperanza”, “del rescate”, “de la recuperación de la democracia”. Señores: Colombia no necesita 100 candidatos de centroderecha. Colombia necesita uno. Uno solo. Uno capaz de representar un sentimiento mayoritario: la defensa de la democracia, de las instituciones, de la libertad económica y de la seguridad ciudadana. Recuerden uno solo y bien malo ha destruido el país en menos de cuatro años
Porque si algo nos ha demostrado la historia reciente es que la izquierda triunfa cuando la derecha se divide; y la derecha se divide cuando el ego se impone sobre la razón. Es una ecuación tan simple como perjudicial.
La pregunta es evidente: ¿vamos, otra vez, a entregarle el país al proyecto político más cercano a las estructuras del narcoterrorismo, simplemente porque algunos no soportan la idea de renunciar a su ambición personal? ¿Vamos a repetir 2022, donde cada quien creyó tener “el momento”, “la marca”, “el arrastre”, mientras al final el único beneficiado fue un candidato que capitalizó la fragmentación de sus opositores? Y ahora peor. Tiene la chequera en la mano.
La centroderecha está obligada (no invitada, obligada) a actuar con grandeza. Y la grandeza se mide por las renuncias, no por las candidaturas. Se mide por la capacidad de construir, no por la ansiedad de figurar. Se mide por el reconocimiento humilde de que solos no pueden, pero juntos sí.
Hoy Colombia enfrenta una erosión democrática profunda. La seguridad rural y urbana se deteriora aceleradamente; los grupos armados y el narcoterrorismo se fortalecen con pactos opacos; la economía se encarece; la institucionalidad se desgasta; y la ciudadanía está cansada, dolida, desesperanzada. En ese contexto, tener más de 70 precandidatos disputándose el mismo electorado no es una muestra de vitalidad democrática, es el síntoma más claro de la desconexión entre la dirigencia y la realidad del país.
Las elecciones de 2026 no son un concurso de popularidad, ni un casting para influenciadores políticos, ni una pasarela de vanidades ideológicas. Son, quizás, la última gran oportunidad para frenar la deriva autoritaria que ha ido erosionando, paso a paso, las bases de nuestra democracia.
Por eso, a los precandidatos (los visibles, los emergentes, los tradicionales, los nuevos, los académicos, los empresarios, los exministros, los activistas, los youtuber los outsider, los que tienen maquinaria y los que solo tienen ganas de protagonismo) esta columna les deja una reflexión que deberían responderse con absoluta honestidad:
¿Qué pesa más: su nombre en la tarjeta electoral o el futuro de Colombia? Si la respuesta es “mi nombre”, entonces háganse a un lado desde ya, porque están en el camino equivocado.
Si la respuesta es “Colombia”, entonces tienen el deber moral e histórico de unirse, de dialogar, de ponerse de acuerdo, de construir un proyecto común que supere los personalismos y represente verdaderamente el anhelo ciudadano de recuperar el rumbo del país.
La unidad no se logra con discursos vacíos, sino con acuerdos claros y mecanismos transparentes. La centroderecha tiene la obligación de convocar un proceso serio de selección, llámese consulta, convención, encuesta o consenso dirigido. Pero lo que no puede permitirse es la atomización suicida que ha caracterizado los últimos años.
El orgullo divide a los hombres, sí, pero también destruye a las naciones. La humildad, en cambio, tiene una capacidad extraordinaria para unir, para sanar, para reconstruir. Y hoy Colombia necesita reconstruirse desde esa humildad política que tanto escasea.
Este llamado no es solo para los candidatos, sino también para sus seguidores, sus partidos, sus equipos, sus financiadores y sus estrategas. No se trata de ver quién impone su nombre, sino quién es capaz de sacrificarlo por un proyecto mayor. No se trata de ganar una primaria, sino de ganar un país. No se trata de quién tiene más seguidores, sino de quién tiene más carácter para ceder.
A la centroderecha le llegó la hora de actuar como Estado (o al menos como alternativa real de poder) y no como un archipiélago de aspiraciones individuales.
Si los más de 100 candidatos no entienden la gravedad del momento, si no se unen bajo un solo sentimiento (la recuperación de la democracia, del orden institucional y de la seguridad nacional), serán recordados no como los líderes que salvaron a Colombia, sino como los responsables de haberla entregado, por omisión y por orgullo, al narcoterrorismo político que tanto dicen combatir.
El 2026 no será un año cualquiera. Será el año en que sabremos si la centroderecha aprendió de sus errores o si decidió repetirlos. Será el año en que sabremos si prevaleció el sentido de país o el ego de unos pocos. Y aunque suene duro, más vale decirlo ahora y no después:
si no se unen, ya perdieron. Y con ustedes, pierde Colombia.

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