(OPINIÓN) El fallo que absolvió a Uribe y el odio que no puede gobernar. Por: Santiago Valencia G.
A veces, la justicia también tiene tono. Hay fallos que suenan a derecho, y otros que suenan a discurso. Y eso fue exactamente lo que vimos entre la sentencia de la jueza Sandra Heredia y el fallo del Tribunal Superior de Bogotá que absolvió al expresidente Álvaro Uribe. El contraste no fue solo jur
A veces, la justicia también tiene tono. Hay fallos que suenan a derecho, y otros que suenan a discurso. Y eso fue exactamente lo que vimos entre la sentencia de la jueza Sandra Heredia y el fallo del Tribunal Superior de Bogotá que absolvió al expresidente Álvaro Uribe.
El contraste no fue solo jurídico, fue moral, político y simbólico. Heredia escribió con rabia contenida; el Tribunal, con serenidad jurídica. Ella pareció buscar culpables; los magistrados, encontrar verdad.
Porque mientras la jueza convirtió el proceso en una especie de alegato político —lleno de frases altisonantes, inferencias sin prueba y juicios morales sobre el expresidente—, el Tribunal desmontó, punto por punto, su construcción emocional. Le recordó al país que en el derecho penal no se condena por percepciones, ni por simpatías o antipatías, sino por pruebas, por hechos, por certeza más allá de toda duda razonable.
El fallo de Heredia fue, en el fondo, un ejercicio de demagogia judicial. Lo advirtió el propio Tribunal: su valoración de la prueba fue “deficiente” y “sesgada”, un análisis más literario que jurídico, que confundió el terreno de la opinión con el de la justicia.
Y eso no es un asunto menor. Porque cuando una jueza confunde su toga con una tribuna, el derecho se convierte en espectáculo y el juicio en revancha.
El Tribunal, en cambio, actuó como debe hacerlo la justicia: con rigor técnico, sin ruido, con razones. Exigió pruebas, no conjeturas. Dijo que no bastaban frases ambiguas ni interpretaciones políticas para condenar. Recordó que no hubo evidencia directa de que Uribe ordenara, prometiera o indujera pagos a testigos. Y que, por tanto, no había delito. Tan simple, tan contundente.
Esa diferencia de tono es, en realidad, una diferencia de país. Un país gobernado por el derecho o un país dirigido por la pasión. Una justicia que aplica la ley o una que castiga ideologías.
Por eso este fallo es más que la absolución de un hombre: es una victoria del debido proceso sobre la revancha, de la serenidad sobre el odio, de la razón sobre el ruido.
Pero también deja al descubierto algo más profundo: el fracaso moral de quienes han construido su carrera política sobre la persecución. Porque, ¿qué queda de Iván Cepeda sin Uribe? ¿Qué propone un líder cuya vida pública se ha dedicado a señalar, acusar y odiar?
Colombia necesita presidentes que unan, no que dividan. Estadistas que sanen heridas, no que las reabran. Una carrera política edificada sobre el resentimiento no puede aspirar a gobernar con justicia. Porque quien llega al poder movido por el odio, termina gobernando contra la mitad del país.
Cepeda no puede ser el presidente de Colombia, no solo por lo que piensa, sino por lo que representa: la politización del dolor, la obsesión con el enemigo, la incapacidad de ver en el otro a un compatriota.
El Tribunal le habló al país con lenguaje de derecho; Cepeda y sus aliados siguen hablando con lenguaje de revancha y entre esas dos formas de entender la justicia, Colombia tiene que elegir o seguimos siendo una Nación que condena por prejuicio, o volvemos a ser una república que absuelve por verdad.

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