(OPINIÓN) Del botadero a cielo abierto al parque del futuro. Por: Jorge Hernán Muriel López.
Mi primera interacción con la basura no fue un acto consciente, sino una orden. Corría el año de 1992 y, en el Batallón de Servicios “Policarpa Salavarrieta” de Cali, siendo un joven soldado, me tocó enfrentar la imponente y pestilente realidad del botadero a cielo abierto de Navarro.
Mi primera interacción con la basura no fue un acto consciente, sino una orden. Corría el año de 1992 y, en el Batallón de Servicios “Policarpa Salavarrieta” de Cali, siendo un joven soldado, me tocó enfrentar la imponente y pestilente realidad del botadero a cielo abierto de Navarro. El aire pesaba, impregnado de un olor agrio y dulzón, una mezcla de descomposición y olvido. Las montañas de residuos se alzaban como monumentos a nuestro descarte, una geografía de lo que la ciudad ya no quería. Pero lo más impactante, aquello que por momentos me hizo olvidar el olor, fue ver a familias enteras, con niños, correr detrás de los camiones compactadores —monstruos ruidosos que vomitaban sus cargas— para escudriñar entre esa basura su sustento diario. Y yo, un muchacho de uniforme, observaba con una mezcla de asombro y repulsión ese paisaje tan abrumador.
Tres años más tarde, la historia se repitió con un matiz diferente. Por azares de la vida, siendo un alumno aspirante a patrullero en la Escuela de Policía Carlos Holguín, en Medellín, me volví a encontrar de frente con la basura. Mi labor ya era distinta: no solo era llevarla, sino gestionarla. Fui el encargado de un incipiente proceso de reciclaje. Llevábamos los residuos a la Curva de Rodas, un relleno sanitario que la ciudad utilizaba para depositar sus secretos, sus desechos y sus promesas rotas. Fue allí donde entendí que la basura no era un problema ajeno, sino una responsabilidad compartida por todos, pues, ¿acaso hay alguien que no la genere?
Con el tiempo, mi camino se entrelazó aún más con este universo oculto. Llegué a liderar el equipo jurídico en una de las empresas más grandes de gestión de residuos de Colombia y Latinoamérica, lo que me llevó a conocer las entrañas de este mundo que volvía a mi vida. Pude ver con mis propios ojos la majestuosidad técnica de rellenos como el de Palangana en Santa Marta, un oasis de orden en medio de la complejidad; o el de La María en Ciénaga, donde la ingeniería parecía dominar el caos. También el imponente Yotoco, en el Valle del Cauca, el segundo más grande del país, una obra que inspira asombro por su escala, pero que, en el fondo, sigue siendo una tumba para lo que podría ser vida. Y así, muchos otros, incluso en el exterior.
Pero, ¡ojo!, también conocí la otra cara de la moneda. A lo largo de mi recorrido, me encontré con lugares donde los lixiviados corrían como ríos venenosos, sin control, filtrándose en la tierra y en el alma del paisaje, causando un daño incalculable y, lo peor, irreparable. Sentí el dolor de la naturaleza, la angustia en los rostros de quienes viven cerca, el grito silencioso de la tierra por un trato digno. Esas imágenes me dejaron una marca imborrable y una pregunta constante: ¿Realmente estamos resolviendo el problema o solo lo estamos enterrando?
Hoy, la transición parece posible. La contingencia en el relleno sanitario de La Pradera, en Medellín, ha abierto una ventana de esperanza. La promesa del gerente de Emvarias de no seguir enterrando residuos y de implementar alternativas innovadoras de valorización me llena de optimismo. Pasar del «vaso La Piñuela» al parque tecno-ambiental no es solo un cambio de nombre; es un cambio de mentalidad. Es la promesa de una nueva era de economía circular, de reciclaje, de aprovechar y transformar, de entender que lo que consideramos basura es, en realidad, un recurso que, bien gestionado, es inagotable.
Como magíster en sostenibilidad y apasionado por el derecho ambiental, sé que no podemos fallar. Este es el momento de alzar la voz, de lanzar un grito para que no se entierren más residuos, de dejar a las futuras generaciones un ambiente sano y próspero. La basura que un día vi en Navarro ya no es solo una montaña de olvido, sino el cimiento de una oportunidad, es por eso que mi compromiso es ser agente ejecutor de esta oportunidad, por supuesto acompañado de todo aquel que quiera participar de esta gesta, que está en mí desde que pisé el botadero de Navarra.

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