(OPINIÓN) Cuando en la mesa del poder ondea una bandera ajena. Por: Sandra Paredes
Cuando en la mesa del poder ondea una bandera ajena y la Constitución queda en silencio, ya no gobierna un presidente: delira un caudillo. Las imágenes del último Consejo de Ministros en la Casa de Nariño deberían quedar registradas en la historia política de Colombia como un símbolo de delirio inst
Cuando en la mesa del poder ondea una bandera ajena y la Constitución queda en silencio, ya no gobierna un presidente: delira un caudillo.
Las imágenes del último Consejo de Ministros en la Casa de Nariño deberían quedar registradas en la historia política de Colombia como un símbolo de delirio institucional. En la larga mesa de gobierno, presidida por Gustavo Petro, no ondeaba la bandera de la República ni se veía el escudo constitucional. En su lugar, una fila de banderas palestinas marcaba la reunión del gabinete.
No es un detalle inocente. En política, los símbolos son actos de poder. Y en este caso, el gesto revela una peligrosa inversión de prioridades: el presidente ha convertido el órgano máximo de dirección del Estado colombiano en escenario de propaganda internacional.
En toda democracia, el Consejo de Ministros representa la unidad del poder ejecutivo bajo la Constitución y la bandera de la nación. Aquí, esas insignias fueron sustituidas por emblemas extranjeros, como si lo esencial del Estado colombiano pudiera relegarse a un segundo plano. Se trata de un desplazamiento simbólico: lo nacional cedido a lo ajeno, lo constitucional subordinado a lo ideológico.

Este episodio confirma lo que muchos advertían: Petro no busca representar a Colombia bajo la Constitución, sino proyectar su ideología personal por encima de ella. El Congreso y las Cortes, al no ejercer sus contrapesos, han permitido que los símbolos de la República sean arrinconados en su propia sede. El poder, sin freno institucional, deriva en delirio: gobernar con banderas ajenas mientras el país enfrenta crisis internas sin respuesta.
Una advertencia histórica
La historia enseña que los líderes que sustituyen los símbolos de la nación terminan por devorar sus instituciones. Hoy es una bandera extranjera en el Consejo de Ministros; mañana puede ser la Constitución misma reducida a un accesorio, sustituida por decretos y discursos personales.
Colombia no está ante una anécdota, sino ante un signo revelador: la República corre el riesgo de ser despojada de sus propios emblemas, de su propia voz y de su propio destino.

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