(OPINIÓN) Cuando cambian la historia, cambian el país. Por: Santiago Valencia
Hay un arma más peligrosa que cualquier fusil: la manipulación de la memoria. No mata de inmediato, pero destruye las bases de una nación. Lo estamos viendo otra vez. En los últimos días, el presidente Gustavo Petro volvió a hablar del Palacio de Justicia, insinuando que el magistrado Manuel Gaona C
Hay un arma más peligrosa que cualquier fusil: la manipulación de la memoria. No mata de inmediato, pero destruye las bases de una nación. Lo estamos viendo otra vez. En los últimos días, el presidente Gustavo Petro volvió a hablar del Palacio de Justicia, insinuando que el magistrado Manuel Gaona Cruz, asesinado durante la toma del M-19, habría muerto en manos del Estado.
El hijo del magistrado, Mauricio Gaona, no solo desmintió esa versión, sino que advirtió lo más grave: no se trata de un error histórico, sino de una estrategia política. De un intento calculado por reescribir la historia para justificar un cambio de régimen.
Y tiene razón. El profesor Gaona, en su conferencia sobre el autoritarismo del siglo XXI, lo explicó con claridad: los nuevos populismos ya no toman el poder por la fuerza, sino por las narrativas. Primero alteran la percepción, luego la ley, y finalmente la historia. Cuando un líder logra cambiar los hechos, controla el presente y condiciona el futuro. Es lo que él llama una “dictadura constitucional”: aquella que se construye con votos, decretos y discursos, pero que termina destruyendo la democracia desde adentro.
Reescribir el pasado es el primer paso. Convertir a los victimarios en víctimas. Disfrazar a los terroristas de libertadores. Y de ahí en adelante todo es más fácil: manipular instituciones, concentrar el poder y someter a la justicia.
Por eso este debate importa tanto. Porque lo que está en juego no es solo un relato sobre el Palacio de Justicia, sino la integridad de nuestra historia.
El presidente tiene derecho a opinar, pero no a inventar hechos. El propio autor del informe de la Comisión de la Verdad, el exmagistrado José Roberto Herrera, fue categórico: Manuel Gaona fue asesinado por arma de fuego del M-19, según testimonios, peritazgos y necropsias. No hay interpretación posible: hay pruebas.
Pero el revisionismo histórico no se detiene ahí. También aparece cuando se intenta imponer como dogma que hubo 6.402 falsos positivos y que estos fueron una política de Estado. Nadie niega las ejecuciones extrajudiciales, ni el dolor que causaron, ni que los responsables deben pagar. Lo que se cuestiona es el uso político de esas cifras: no son definitivas, no han sido probadas judicialmente en su totalidad, y —sobre todo— jamás se ha demostrado que existiera una orden o política desde la Presidencia para cometer esos crímenes.
Y este no es un caso aislado. Hay muchos más ejemplos que responden a la misma estrategia: inflar cifras, manipular contextos, omitir hechos incómodos o reinterpretar decisiones judiciales para sostener un relato de “culpa estatal” y “redención insurgente”. Todo obedece al mismo libreto: crear una narrativa donde la democracia es la culpable y la revolución la víctima. Con esa coartada se justifica todo: la violencia, la persecución y el deseo de romper el orden constitucional bajo la excusa de “corregir la historia”.
Lo que sí está probado, en cambio, es que las FARC y el ELN sí actuaron bajo una política de terror sistemático: secuestros, reclutamiento de menores, minas antipersonal, asesinatos de civiles. Eso no fue accidental ni aislado; fue su estrategia.
El peligro está en el intento de igualar moralmente al Estado con los grupos armados. En decir que todos fueron iguales, que todo fue culpa “del sistema”, y que, en consecuencia, el sistema debe romperse. Ese es el punto. Reescriben la historia para justificar el quiebre del orden institucional, para presentar una Constituyente o una nueva “refundación” del país como una reparación necesaria.
Y lamentablemente, miles de personas se quedan con esa versión. No revisan las fuentes, no leen los fallos, no contrastan. Solo repiten. Petro alimenta ese odio de clases, ese resentimiento social que convierte el pasado en arma política y el dolor en excusa.
Por eso es deber de todos —de quienes creemos en el Estado de derecho, en la verdad y en la democracia— no dejar que reescriban la historia. No es una batalla de opiniones: es una defensa de los hechos. Si dejamos que los distorsionen, terminaremos viviendo en un país donde la mentira gobierne y la justicia sea solo un disfraz.
Manuel Gaona Cruz fue asesinado por el M-19. Eso está probado. Repetirlo no es odio: es respeto. Porque solo sobre la verdad puede haber reconciliación. Lo demás es manipulación.
Y Colombia no necesita más mentiras. Necesita memoria. Memoria limpia, sin propaganda. Porque cuando cambian la historia, no solo cambian el pasado: cambian el país. Y frente a eso, debemos decir con firmeza: no otra vez.

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