(OPINIÓN) Crisis Fiscal para Dummies. Por: Juan Carlos Echeverry
Colombia no tendría por qué estar ad-portas de una crisis fiscal. No obstante, ha seguido una senda de exceso de gasto y mala estrategia de ingresos, que han llevado a una frágil y peligrosa situación en las finanzas públicas, que, según el Banco de la República, afecta la disponibilidad de crédito
Colombia no tendría por qué estar ad-portas de una crisis fiscal. No obstante, ha
seguido una senda de exceso de gasto y mala estrategia de ingresos, que han
llevado a una frágil y peligrosa situación en las finanzas públicas, que, según el
Banco de la República, afecta la disponibilidad de crédito al sector privado y su
costo.
Subidas inoportunas y excesivas de impuestos, tasas de interés altas y una actitud
agresiva del gobierno son los ingredientes de una recesión en sectores claves,
como la industria, el comercio, la minería y el petróleo. Si venden e invierten
menos, sus utilidades se resienten, con lo cual pagan menos impuestos. Así se
configura un espiral perverso en el que al sector público le va mal e induce que al
sector privado también le vaya mal; con lo cual no da utilidades, paga menos
impuestos, y el problema da otra vuelta más.
Los tres ministros de Hacienda de este gobierno, en lugar de haber enfrentado y
resuelto dos difíciles herencias fiscales de Duque, las están convirtiendo una crisis
fiscal de proporciones insospechadas. Las dos herencias de Duque fueron una
deuda pública muy alta y un precio ficticiamente bajo y subsidiado de la gasolina y
el diesel.
Vamos por partes. Por primera vez en la historia, a raíz de la pandemia del
COVID, Colombia alcanzó una deuda cercana al 60% del PIB. Eso llevó, en el año
2022, a pagar intereses por 4.3 % del PIB. Esos intereses lamentablemente
adquieren vida propia, pues dependen de que los centros financieros mundiales
“crean” la historia del Ministro de turno. Si por alguna razón, el jefe de la Cartear pierde
credibilidad, cada vez que acuda por plata le van a decir que le prestan, pero más
caro. Eso crea un segundo círculo vicioso.
En particular, en septiembre de 2020, le cobraban a Colombia 6.9% por un bono a
30 años. Después de la pandemia, había subido a 9.9%. Pero dado que ese costo
es muy sensible a la credibilidad, hoy en día, luego de tres ministros de Hacienda
del gobierno Petro, alcanza 12.4%.
Otro elemento que afecta el costo de la deuda pública y la carga de los intereses
es que una buena parte está denominada en dólares. No es lo mismo pagar
intereses y capital cuando el dólar estaba a 3,400 (febrero de 2020), a 3,800
(marzo de 2022), a 5,000 (noviembre de 2022), o los 4,200 actuales.
Los bandazos que ha dado la tasa de cambio se derivan, en parte, de la
credibilidad del gobierno, la certeza de sus anuncios, la calidad de sus cifras y el
cumplimiento de la Regla Fiscal. Los grandes inversionistas mundiales son
sensibles a la reputación del Ministro de Hacienda de turno, a lo firme que maneje
el timón de la economía, a su compromiso de cumplir con los ingresos y controlar
los gastos. Si perciben que el Ministro no está encima del problema fiscal, sino
debajo de él, y que el gobierno, el Congreso y el Presidente están manejando el
carro económico, cunde la incertidumbre y tanto la tasa de interés como la tasa de
cambio suben, y se entra en un espiral perverso.
Ahora vamos a la otra herencia fatídica de Duque, el precio ficticiamente bajo de
los combustibles. Ecopetrol vende el diesel y la gasolina al precio internacional y
los gobiernos nacionales y municipales le adicionan unos impuestos. Así sucede
en muchos países. En los países serios los combustibles son caros, y ésa es una
señal a los dueños de carros y camiones para usen eficientemente sus vehículos.
Más aún en tiempos de cambio climático, cuando la idea es descarbonziar el
planeta.
En mala hora se les ocurrió a los ministros de Minas y Energía y Hacienda de
Duque rezagar los aumentos de la gasolina y el diesel en Colombia frente a los
precios internacionales. Iniciaron un patrón venezolano, por llamarlo de alguna
manera, al anestesiar a los compradores del dolor de las fluctuaciones de precios.
Los combustibles baratos pasaron de ser una concesión temporal para convertirse
absurdamente en un derecho, como creen hoy los transportadores. Como si no
supieran que ese regalo lo pagamos el resto de los colombianos con más
impuestos y más deuda pública. El regalito malcriador ha costado más de 90
billones de pesos. Al presente, los transportadores tienen secuestrado al gobierno
con la amenaza de paro.
Es claro que la debilidad de hacienda, minas y energía y el Presidente cuesta. los
recursos gastados en el diesel y la gasolina se han debido destinar para bajar el
déficit de Hacienda, cerrar el hueco de la salud (30 billones mal contados), de la
energía eléctrica (7 billones), de vivienda, crédito educativo, carreteras, entre
otros. ¿Hay derecho?
El gobierno le echa la culpa a Duque, y con razón. Pero desde el 7 de agosto de
2022 la culpa deja de ser de Duque y pasa a Petro, por la falta de firmeza, claridad
y decirle al país y a los transportadores que ya no va más (a los dueños de carros
sí les cortaron el chorro). Nadie está obligado a lo imposible. Mantener subsidios
absurdos lleva a costos mentirosos, injusticia social y el descalabro fiscal.
Si hay paro camionero, que lo haya. Pero hay que sacar de ese secuestro
económico al gobierno y al país. Deshacer errores duele. Deshacer grandes
errores duele mucho. A los transportadores hay que decírselo de una vez por
todas.
Ya contamos las herencias de Duque. Pasemos a las novedades de Petro. Si el
lector o lectora están agobiados, y quieren abandonar la lectura, están en todo su
derecho. Pero lo hacen a su propia cuenta y riesgo. Pues vamos a hablar de su
futuro y el de sus hijos, y más vale que sepan lo que les viene pierna arriba.
Para mi gusto, las tres grandes equivocaciones económicas de Petro y sus
ministros han sido: 1) una estrategia fiscal fallida; 2) un Presidente que matonea
sin pausa a los motores de la economía; y 3) un gabinete que crea huecos
financieros enormes en muchos frentes.
Empecemos con la fallida estrategia fiscal. El ministro Ocampo promovió la no
deducibilidad de las regalías, que tenía una alta probabilidad de caerse en la Corte
Constitucional. Él lo sabía, o lo debía intuir. La puso en el presupuesto y el
gobierno se gastó ese dinero. Cuando, meses después se cayó, aumentó el hueco
fiscal.
Aparte de eso, el Ministro adelantó para 2023, en forma de mayores retenciones,
un pago de impuestos que correspondía a 2024. Con lo cual le heredó al ministro
Bonilla un hueco descomunal. Finalmente, puso una sobretasa de renta al
petróleo, la minería y a los bancos. Eso emociona a la galería progre, pero
funciona fatal para atraer inversión en sectores claves de la economía, que pagan
buena parte de los impuestos. La consecuencia fue enfriar la inversión. Hoy está
claro que la reforma tributaria de Ocampo fue un fracaso, con nocivas
consecuencias.
El ministro Bonilla incluyó, como nueva fuente del presupuesto de 2024, unos
litigios por ganar y una supuesta eficiencia de la DIAN. Los dos rubros debían
aportar casi 25 billones de pesos de mayores ingresos. Ambas cosas eran
irreales. El ministro Bonilla lo sabía, o lo debía intuir. A pesar de eso los puso en el
presupuesto y el Gobierno se los gastó. Al cabo, no apareció la plata de los litigios,
ni la ilusoria eficiencia de la DIAN. Sólo apareció un mayor hueco fiscal.
En esas circunstancias, mucha gente que debió haber invertido en estos años, se
quedó quieta o puso la plata fuera del país. Muchos jóvenes y padres de familia se
asustaron por su futuro y el de sus hijos y emigraron. Al día mil personas dejan el
país para instalarse en el exterior. Si sale la plata y sale la gente, la economía no
crece, se marchita.
Por último, el ministro Guevara acaba de notificar el Plan Financiero de 2025. Los
mensajes son: a pesar de que en 2024 el recaudo tributario cayó 2.2% del PIB
(ojo!), en 2025 va a crecer 2.3% del PIB (más ojo!). A pesar de que el gasto
público subió 0.3% en 2024, en 2025 va a subir de nuevo, 0.1% del PIB. A pesar
de que el ministro no quiere una nueva reforma tributaria, su jefe sí la pide; al fin
no sabemos si sí, o si no.
Esas son las claves para que el déficit fiscal supuestamente baje de 6.8% del PIB
a 5.1% este año. Aclaro que en esas cuentas no está cubrir los huecos que han
creado los demás miembros del gabinete en salud, energía, gas, vivienda,
ICETEX, Fuerzas Armadas, Metro de Bogotá, entre otros, que mal contados
suman 40 billones de pesos (más de 2% del PIB). Con lo cual el Plan Financiero
tiene nuevamente las cuentas la lechera.
El ministro Guevara sabe estas cosas, o las debe intuir, como era el caso de
Ocampo y Bonilla. Si no, cumplimos con la labor de advertirlo. La Regla Fiscal por
supuesto se incumplió y se frivolizó, con lo que llaman “Transacciones de única
vez”. Los mercados internacionales no la creen. Los spreads de la deuda pública y
las tasas de interés se mantendrán altos y eso costará un riñón.
Por último, la campaña presidencial ya empezó. Los señores Petro y Benedetti
pondrán sobre los hombros del ministro Guevara la responsabilidad de reelegir al
proyecto progresista. Eso nos va a costar. Los casi 490 días que quedan hasta la
segunda vuelta le podrán al ministro Guevara una presión insoportable para que
gaste y gaste.
Así las cosas, si la crisis fiscal llega será para rato. Los déficit fiscales no se
solucionan solos. Una vez aparecen, adquieren vida propia y es difícil y doloroso
volver esos huevos pericos a la cáscara de donde salieron.

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