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(OPINIÓN) Carta abierta a Gustavo Petro. Por: Octavio Isaza Londoño

No voy a dudar de su inteligencia, pues nadie llega a esa posición sin serlo. Sin embargo, estoy convencido de que no sabe cómo usar ese don. Usted perjudica más a quienes dicen defender, al igual que a aquellos que ataca.

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Redacción IFM
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Carta abierta a Gustavo Petro. Por: Octavio Isaza Londoño

No voy a dudar de su inteligencia, pues nadie llega a esa posición sin serlo. Sin embargo, estoy convencido de que no sabe cómo usar ese don. Usted perjudica más a quienes dicen defender, al igual que a aquellos que ataca.

Aquí estoy, en mi casa, tomándome un tinto y escribiendo estas líneas que me ayudan a desahogar esta profunda inconformidad, nacida de su manifiesta imbecilidad y su vanidad desbordante. Mientras tanto, en las fincas donde trabajo, están botando la leche que bien podría servir para alimentar a muchas de esas familias que usted tiene sumidas en la pobreza y el desasosiego.

Yo tengo el privilegio de decidir quedarme aquí sin temor a perder mi empleo si no llego a tiempo. A diferencia de quienes lo eligieron, que hoy deben caminar 20 o 30 kilómetros y madrugar a la medianoche para dejarles el almuerzo a sus hijos. Esas personas, equivocadamente, lo apoyaron y lo llevaron al cargo que usted ejerce con irresponsabilidad, ineptitud y desidia.

Usted es un mal nacido. Un bastardo de la peor calaña. Es capaz de burlarse de todos y luego esconderse tras sus vicios y sus costumbres pecaminosas y aberrantes.

Anoche, un pueblo entero esperaba que usted les brindara un momento de tranquilidad, una tranquilidad que solo alcanzaremos cuando nos libremos de usted definitivamente. Sin embargo, su hipocresía va más allá de lo que cualquiera podría imaginar. De manera desafiante, sigue evadiendo los problemas del país, que son su responsabilidad, no de los gobiernos anteriores. Usted se postuló sabiendo perfectamente los problemas que afrontaba la Nación.

Usted y ese «medio metro» que tiene como Ministro son responsables de devolverle la tranquilidad al pueblo, ese mismo pueblo que usted finge defender. Además, tiene la obligación de proteger la industria nacional, la cual ha sido construida con esfuerzo, decoro y mucha valentía, virtudes que a usted le hacen mucha falta.

Recupere la fuerza y la energía que tenía en los años 80, cuando era capaz de quemar magistrados, dejar niños huérfanos, familias incompletas, tristes y agobiadas. Nosotros, los mayores, fuimos testigos fieles de todas sus porquerías, aquellas que, bajo el amparo de sus compinches, nos demostraron que usted no podría ser más de lo que realmente es.

Como decía mi madre: «La mierda que no tapó el gato».

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