(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 3, por José María Aznar
En esta entrega de «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 3 titulado «Ejemplaridad proverbial», escrito por José María Aznar
IFMNOTICIAS.COM publica con autorización el capítulo 3 del libro «El Uribe que yo conozco», una obra de compilación de la senadora Paola Holguín y del representante Juan Espinal, en el que se presentan diferentes testimonios sobre la vida e historia del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez.
Los 29 capítulos de esta obra fueron escritos por diferentes personalidades de la vida pública nacional e internacional que conocen al expresidente Uribe. En él, usted puede encontrar anécdotas, historias, relatos y episodios inéditos.
En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 3 titulado «Ejemplaridad proverbial», escrito por el expresidente del Gobierno de España, José María Aznar. A continuación, se transcribe el texto mencionado:
EJEMPLARIDAD PROVERBIAL
Por: José María Aznar López, Expresidente del Gobierno de España.
Por vez primera recibí en La Moncloa a Álvaro Uribe en julio de 2002, poco antes de su toma de posesión como presidente de Colombia. Siendo como es un país admirable por tantos conceptos, Colombia presenta, sin embargo, una combinación de factores que le ha acarreado problemas de difícil solución: desde la plaga del terrorismo, con varias bandas armadas de ideología comunista que han controlado regiones enteras, que aún dominan en importantes extensiones del país y que a su vez provocaron una feroz violencia indiscriminada por parte de grupos paramilitares de signo opuesto, hasta los carteles de la cocaína que financiaron y financian a los grupos terroristas de toda tendencia. La lucha contra ese conjunto de problemas es de una extraordinaria complejidad y aspereza, y todos los presidentes que se han enfrentado a él han pasado por momentos sumamente difíciles.
En aquel encuentro, Álvaro Uribe me dijo que Colombia necesitaba ayuda económica y tecnológica, asesoramiento estratégico frente al terrorismo y expertos en el entrenamiento de las fuerzas de seguridad, con el objetivo de acabar con asesinatos, secuestros y extorsiones. Nos entendimos muy bien desde el primer momento. Tanto a él, como a mí, los terroristas de nuestros respectivos países nos habían intentado matar en varias ocasiones. Sólo unos meses antes de visitarme en Madrid, él sobrevivió milagrosamente a un atentado el 15 de abril de 2002, cuando los terroristas hicieron estallar una carga de dinamita al paso de su coche por una calle de Barranquilla, explosión que dejó como trágico resultado cuatro personas muertas y seis más heridas. ETA había atentado contra mí siete años antes, por la misma época del año (19 de abril). Tanto Álvaro como yo creíamos y creemos en la fuerza legítima del Estado de Derecho, en los valores liberales y en las instituciones democráticas.
Siempre he pensado que, ante la magnitud de las dificultades a las que se enfrenta Colombia, lo fundamental es que el Estado sea más fuerte que los que lo desafían. Mientras estos últimos tengan la sensación de enfrentarse a un Estado débil, de poseer capacidad suficiente para desafiarlo, golpearlo impunemente e incluso ganarle la partida, es imposible que se consigan avances serios en la erradicación del terrorismo. Por tanto, el Estado debe ser reforzado allí donde resiste y reinstaurado donde ha dejado de existir. Debe ganar terreno a sus enemigos. También es imprescindible que se cumplan firmemente los compromisos a los que se llegue o se pueda llegar en un futuro con Estados Unidos y con Europa.
A lo largo de nuestra primera conversación en la Moncloa, Álvaro Uribe me fue convenciendo de que poseía un temple de luchador, de que había decidido combatir el terrorismo respetando los derechos humanos y consolidando las ya de por sí firmes instituciones democráticas y el Estado de Derecho en su país. También se mostró inasequible al derrotismo a pesar de la gravísima situación que heredaba y me convenció de que tenía un proyecto político, una idea clara de lo que había que hacer para recuperar la confianza del pueblo colombiano en las instituciones estatales. Entonces aprecié en él una extraordinaria capacidad de liderazgo. Le dejé claro que Colombia contaría siempre con el apoyo español, aun considerando que el país se veía enfrentado a una tarea larga y dificultosa. Entonces y ahora, pues todavía es difícil persuadir a partidos e incluso europeos de que los terroristas colombianos no son unos luchadores románticos por la libertad,
sino bandas de criminales organizadas para impedir la convivencia pacífica y en libertad de sus conciudadanos. Ningún objetivo político puede justificar el asesinato, la extorsión o el secuestro de colombianos o de extranjeros que residan en Colombia o se hallen de paso en el país. Por el contrario, cualquier causa que se invoque para justificar atrocidades como las que tanto han sufrido los colombianos debe ser inmediatamente desautorizada y rebatida.
Uribe sabía que mi gobierno estaba pendiente en todo momento de lo que sucedía en Colombia. En 2002 asistí a la reunión del G-8 celebrada en Kananaskis, en Canadá. En ella se trató una gran parte de los más graves problemas del mundo, pero había una zona de la que los líderes allí presentes parecían haberse olvidado: Iberoamérica. Yo no estaba dispuesto a que se pasase por alto y pedí que se hablara de la región y, más concretamente, que se realizara un gesto especial de apoyo a Colombia. Más tarde, cuando Uribe vino a Madrid me agradeció este gesto, del que le había hablado el presidente estadounidense George W. Bush.
Álvaro Uribe mantiene un enorme sentido de la responsabilidad en el servicio público y una capacidad de trabajo extraordinaria. En las muchas horas que he pasado con él le he visto intervenir en todo tipo de situaciones. He sido testigo de la atención permanente que la urgencia de los problemas requería y que él le concedía siempre. Durante todo el período de su Presidencia de Colombia no se permitió ni un minuto de descanso y estuvo constantemente pendiente de las arriesgadas operaciones que realizaban el ejército y las Fuerzas de Seguridad. En todo momento mi gobierno manifestó su apoyo a las acciones emprendidas por el gobierno de Uribe. Así se lo expliqué en Colombia en distintas ocasiones, y muy especialmente en febrero de 2004, durante mi última visita oficial, en Cartagena de Indias.
El principal motivo de este viaje era inaugurar, junto con Álvaro Uribe, el Convento de Santo Domingo en Cartagena de Indias, uno de los centros de cooperación más importantes de España en el exterior, y participar con Mario Vargas Llosa en el Foro “Democracia y Desarrollo en Iberoamérica”, organizado por la Fundación Internacional para la Libertad.
Álvaro Uribe y yo teníamos por entonces una relación muy fluida y una amistad personal que conservamos siempre. Me acuerdo con afecto de la cena que nos ofreció en un recinto espléndido al aire libre y de unas jornadas de descanso posteriores. Nos embarcamos –siempre con las protecciones requeridas en Colombia- para visitar algunas islas del Caribe colombiano, en particular la llamada Isla del Tesoro, muy pequeña, con una única cabaña donde pasamos un día de navegación y de playa inolvidable. Álvaro Uribe es un buen deportista y, más en particular, un gran nadador. Estuvimos nadando un buen rato, porque me desafió a hacerlo en su compañía durante una hora, un reto que acepté con gusto. Nos vemos siempre que lo permiten nuestras agendas y hablamos de muchos temas que nos preocupan, especialmente sobre las situaciones políticas que atraviesan otros países hermanos, como Venezuela. Con motivo de la presentación de uno de mis libros tuve la oportunidad de visitarlo en el Palacio de Nariño, en Bogotá. En junio de 2019, fui yo quien le invité a venir a Madrid, al acto de clausura y entrega de diplomas del Máster en Gobierno, Liderazgo y Gestión Pública del Instituto Atlántico de Gobierno. Hablamos de la política y de los políticos del siglo XXI. Estuvimos de acuerdo en que llevar la iniciativa en política, con todos sus problemas y riesgos, es siempre mejor que la inactividad, la vacilación y la falta de convicciones, que tienen, en casi todos los casos, efectos demoledores.
El coraje, la determinación y el valor personal de Álvaro Uribe son excepcionales y, aunque les pese a sus detractores, de una ejemplaridad proverbial. La firmeza de su actitud, en momentos en que Iberoamérica padece problemas tan serios como el desmoronamiento de sus instituciones democráticas y el retorno a formas más o menos maquilladas de tiranías ideológicas, es muy importante. La democracia ha de garantizar la libertad y la seguridad de los ciudadanos y para ello necesita instituciones fuertes y creíbles. Donde fallan estas, se impone fatalmente el poder omnímodo de un partido único que sustituye al Estado o caudillismos pretorianos que no han sido desgraciadamente insólitos en las naciones de nuestra lengua común. Sería muy positivo para Iberoamérica que otros políticos de la región teóricamente fieles a los ideales de la democracia liberal se guiasen, cada uno en su circunstancia, por el ejemplo de firmeza y claridad que ha dado y sigue dando con tesón Álvaro Uribe. En tiempos de demagogia populista y de concesiones a los enemigos de las libertades cívicas -concesiones arrancadas mediante el terror y otorgadas muchas veces por una cobardía disfrazada de pacifismo- la actitud valerosa de Álvaro Uribe, su negativa a transigir con los profesionales del crimen político -pues hay delincuencia que se adorna de motivaciones políticas- representa una esperanza no solo para la democracia en Colombia, sino en toda Iberoamérica. Es decir; en esta parte del mundo, muy querida por los españoles, que sigue sometida al acoso de los totalitarismos, revestidos hoy de ideologías populistas pretendidamente nuevas, pero en las que no es difícil reconocer avatares de proyectos revolucionarios como los que en el pasado siglo condujeron a dictaduras corruptas que arruinaron a sus respectivos países, se necesitan más líderes como Álvaro Uribe.
Fin del capítulo.

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