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Tres centenarios  (1924-2024): tres historias, tres construcciones y tres sensibilidades críticas: LE GOFF, CHILLIDA Y FEYEREBAND

Es maravilloso poder decir (y no decir), o decirnos ante nosotros mismos, la realidad de estos tres centenarios, desde la vida como desde lo que hicieron, lo que intervinieron y lo que formaron con ella, desde sus perspectivas,

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Redacción IFM
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Tres centenarios  (1924-2024): tres historias, tres construcciones y tres sensibilidades críticas: LE GOFF, CHILLIDA Y FEYEREBAND

Por: Oscar Jairo González Hernández

Es maravilloso poder decir (y no decir), o decirnos ante nosotros mismos, la realidad de estos tres centenarios, desde la vida como desde lo que hicieron, lo que intervinieron y lo que formaron con ella, desde sus perspectivas, desde sus intenciones de conocimiento, desde la relación con sus tensiones, con sus irreductibles crisis, vacíos, miedos como de las resoluciones de esas crisis, de esos vacíos y esos miedos, que son lo que los caracterizan, dado el movimiento que tuvieron que hacer, para ello.

Y nada es problema, entonces, sino como quién lo observa así, pero no para quedarse dentro de él, sino para resolverlo, como quién se hace la pregunta, para mantenerla en la condición de resolverla, por medio de su técnica o la técnica que ha creado: la historia, la escultura y la filosofía (de las ciencias), tal como lo hicieron: Jacques Le Goff, Eduardo Chillida y Paul Feyerabend, que a su vez, nos comunicaron y comunican todavía a nosotros, ese poder de resolución a la pregunta y al problema desde su intención de formación. ¿Terminada o interminable? Diremos, que no terminada, dado que nosotros somos sus lectores en este momento, que les damos nueva vida, o una vida nueva cuando los tratamos, ya que leerlos, es una manera de tratarlos como quienes están con nosotros todavía. Y estarán, sin duda.

Para Le Goff, la primera relación de su vida, es con la historia, pero no una historia en sí misma, sino una historia que él, decidida y obsesivamente concentraría en lo que es la Edad Media, por lo que es su construcción de ella, de su Edad Media, en todas las dimensiones en las que la observa, la examina y la considera, pero haciendo, su o unas de sus proposiciones sobre esa historia y ese tiempo: “(…) Nada funciona en historia que no sea una estructura mixta de realidades materiales y simbólicas” (La civilización del occidente medieval). Por lo que se propuso (y nos propone) una nueva construcción de la historia, forma un movimiento en sí mismo como historiador, extrae la cantidad de historia que necesita para esa construcción como historiador sensible y crítico. No hay historia sin sensibilidad y sin crítica, que es lo que evidenciamos en Le Goff, lo que él nos hace evidenciar.

Esa necesidad obsesiva, como hemos dicho, de maravillarse; un historiador que se maravilla, que nos comunica ese maravillarse, ante cada relación con el tema, con cada sensación que tiene ante ese libro inmenso de la Edad Media, ante la naturaleza, la comunidad de artesanos, las estructuras que la forman, Dios y el Demonio, el cielo y el infierno, y la Europa que lo preocupa como historiador, porque el historiador, como lo afirma: “La idea de la historia como historia del hombre ha sido sustituida por la idea de historia como historia de los hombres en sociedad. ¿Pero existe, puede existir sólo una historia del hombre? Ya se ha desarrollado una historia del clima, ¿no habría que hacer también una historia de la naturaleza?” (Pensar la historia)

En el escultor Eduardo Chillida, la primera relación, o sea, relación en la perspectiva que desarrollará como tensión, o desde la tensión de tener relaciones con la naturaleza, la estética en su exceso de sentido y sinsentido, que es lo que constituye su tentativa en su temperamento o desde su temperamento de observador, imán siente con la mirada que es lo que lleva a su realidad como escultor. Relación, tensión e imán del temperamento es lo que hace al escultor Chillida, un revolucionario de la forma, del espacio y el tiempo en la escultura, como lo dice Bachelard: “Pero la revolución estética a que nos lleva Eduardo Chillida aún exige una decisión mayor. Nos es necesario descargar al hierro de todas sus tareas tradicionales, de todas las obligaciones utilitarias. Con el hierro, el artista no está condenado a hacer “objetos”. Le es menester hacer “obras”, sus obras. Como el color, el hierro tiene derecho a la originalidad. El hierro de Chillida no es el hierro de nadie”

El escultor, observa y se pregunta. Desarrolla la pregunta, por medio de lo que crea, de aquello a lo que le da forma. Deviene en su construcción el yo que observa, lo problematiza, lo somete a inquietudes drásticas, las corroe, oxida la forma, para hacer lo que hace. No se da una hacer porque sí, en Chillida, en su construcción sensible de lo estético (las medidas) sino que ese hacer, está sometido, es necesario indicarlo otra vez, a su decisión como escultor. Y cada momento de esa decisión, su resultado, la escultura, están conectados con su temperamento transformador. Ya que él no tiende a imitar a nadie, sino construirse a sí mismo como escultor en su escultura. Como, quién se hace escultura, de la misma manera, que quien es el escultor, por eso el hierro como el mediador simbólico de la naturaleza de su temperamento. Y por eso mismo, el escultor se pregunta: “¿No será el arte consecuencia de una necesidad hermosa y difícil, que nos conduce a tratar de hacer lo que no sabemos hacer?” (Escritos).

Ya en cada escultura Chillida,  instala o buscar instalar al espectador (¿dónde está, quién es, cómo es, de quién se trata?) dentro de sus esculturas, en la membrana misma de su observación y temperamento estético y la naturaleza de su proyecto, de su destino como escultor. ¿Podré ser o hacer esculturas como él? No. Evidenciamos que lo comunica la escultura de Chillida, es la concentración de su incomunicabilidad, o sea, que nos comunica, un excedente de ella, para que nosotros lo involucremos en nuestro mundo de la escultura, nuestra vida como una escultura chilliana, o sea, en su peso, densidad, forma y estructura;, pero que queda inaccesible en su totalidad, como la vida; en lo otro, lo que es del escultor, lo que no comunicará a nadie, para que la escultura pueda ser en ella misma. Indestructible. Es la sensación, más que la evidencia, que tenemos ante su obra. El escultor relata su historia. Y la hace.

Desde su forma y la inquietud de la pregunta, y del problema que ella causa, para Paul Feyerabend se instala (como él se instaló), en la necesidad de la pregunta por el método de la ciencia, de su “veracidad”, haciendo o teniendo que hacer sin duda, su historia, porque también al reflexionar sobre las preguntas, se hace historia, se requieren constructos históricos como nos lo muestra Feyerabend.

La rara sensibilidad de Feyerabend, es la que mezcla o hacer mezclar su vida con la ciencia (filosofía), es la que lo lleva a hacer estas construcciones críticas, revolucionarias e insurrectas desde sus perspectivas, desde las perspectivas que le propone, desde las tormentas nuevas que quiere causar a la racionalidad, al racionalismo, a la verdad, al método, a las evidencias, a las demostraciones; él las pone al revés, las contradice, como lo extraía de las invectivas dadaístas, del movimiento dadá, que tanto le incitó en su formación. Todas las teorías, las invierte, las corroe, dado que necesita hacerlo. Y no es porque se le ocurre, sino porque está en el hacerlo, ser el contradictor, el disidente de todo ello.

Tensión de la intención estética, de la tensión de la pregunta o las preguntas que le llenan y le vacían, son las que le lleva en “Adiós a la razón” (1987) a reflexionar sobre la relación ciencia y arte, y que le hace decirse, y decirnos: “La elección de un estilo, de una realidad, de una forma de verdad, incluyendo criterios de realidad y de racionalidad, es la elección de un producto humano. Es un acto social, depende de la situación histórica, ocasionalmente es un proceso relativamente consciente —se reflexiona sobre distintas posibilidades y se decide una por una—, mucho más frecuentemente es acción directa basándose en intuiciones más fuertes. Es «objetiva» esta elección sólo en el sentido condicionado por la situación histórica: también la objetividad es una característica de estilo (compárese, por ejemplo, el puntillismo con el realismo o el naturalismo).”

Dado que es el estilo, el que da forma y hace el contenido, Feyerabend, nos lo comunica de esa manera, es lo estético lo que da forma a la pregunta, a la historia, a la construcción misma de la vida como un método sin método. ¿O es mi método contradictorio, un método? Es aquí donde se mantiene, entonces, en lo irresoluble lo que tendría que resolverse en él, lo que todavía está por resolverse en nosotros, los que abordamos (bordeándolo) sus preguntas.

Estas tres visiones, reflexiones y proyectos (Le Goff, Chillida y Feyerabend), nos muestran, dado que en el conocimiento se trata es de mostrar (Enseñar, es mostrar), como aquí se propone y se presenta, más que de probar, lo que ocurrió en cada una de estas vidas, de sus temperamentos, de sus estéticas, de sus preguntas por sí mismos y por el mundo. De esté estar moviéndose dentro de membranas estéticas o de una estéticas, que correlacionamos con el mundo sensible, de lo humano sensible de construir nuevas formas, de destruir lo que domina, la dominación del otro, por la intención que contienen de formación de conciencia, en otro, que todavía no es o no está en el mundo, la realidad. Tanto unos como otros, son, buscan hacer y comunicarnos la necesidad de construir nuevos mundos, nuevas estéticas y nuevas ciencias, desde lo que Gottfried Benn llamaba: “Lo necesario nuevo”.

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