Félix Ángel dice del dibujante y grabador Óscar Jaramillo
¿En qué momento, circunstancias y condiciones de su vida, se relacionó con el Maestro Óscar Jaramillo; qué lo llevó a él, en qué medida involucró su tarea dentro de sus consideraciones y su mundo estético; qué incidió y qué transformó en esas consideraciones y en ese mundo?
Por: Óscar Jairo González Hernández
¿Dónde instala e inserta usted en los desarrollos de su hacer, la estética o las estéticas de él, como las hace suyas o no, y por qué; qué considera poderoso en él “método”, en el sentido del proyecto, trayecto y destino de él, en el medio nuestro; cómo lo observa usted, qué relevancia le da, y la proyección que ha tenido, que tiene y que tendrá lo que hace; qué dimensión le daría usted a un dibujo de los de él, en concreto cuál, y si nos podría hablar sobre ello, el qué más le causa fascinación estética, y por qué?
Creo que en primer lugar es importante configurar el contexto. Los años 60 marcaron una de las más tumultuosas y divisivas décadas de la historia mundial. En el hemisferio occidental, es decir, las Américas y Europa occidental, Estados Unidos fue el rector de la reconstrucción y la recuperación económica hasta cierto punto de América Latina.
Convertido en el líder de Occidente, la dependencia de Estados Unidos de la mayoría de los países con aspiraciones democráticas era casi total. En dicho país, al mismo tiempo, la época fue testigo de un movimiento por los derechos civiles energizado, por la guerra de Vietnam y protestas contra la guerra, movimientos contraculturales, asesinatos políticos y la emergente "brecha generacional".
La sociedad colombiana, tremendamente dependiente en lo económico y en lo político de los Estados Unidos como producto de la Guerra Fría, hacía esfuerzos por acomodarse a los efectos de los cambios que ocurrían en ese país. Era un acto de equilibrio entre tradiciones y valores regionales muy diferentes, sobre todo cuando el tema se refiere a las costumbres y maneras de pensar y actuar de la élite colombiana que no se resignaba a perder su rol gerencial sobre el país.
Los Derechos Civiles y la violencia que generaron las posiciones extremas en ambos lados (no obstante, el discurso pacifista de Martin Luther King), otorgaron, sin embargo, un gran impulso por la igualdad racial y el fin de la segregación en Estados Unidos.

Aunque la generación de los baby boomers (1946-1964) se distinguió por su ética de trabajo y el optimismo hacia el progreso estimulado por la finalización del conflicto bélico, un sector de esa generación, influenciado por el desencanto de los intelectuales de entreguerras (1918 – 1937), europeos casi todos, Sartre por ejemplo, exacerbada durante la postguerra, dio origen al movimiento (más que movimiento era una actitud)conocido como Contra-Cultura, el cual representaba un rechazo a todos (o casi todos) los valores y cánones establecidos previamente y coincide con la brecha generacional que modificaría el comportamiento social hasta entrados los años 1980s, el hipismo y el uso recreativo de drogas y alucinógenos, con énfasis en la paz, el amor, los valores antiestablecimiento, los movimientos feministas y gay desafiando las normas tradicionales, la igualdad laboral, las protestas contra la guerra de Vietnam, y la preocupación por los problemas medioambientales que llevó al primer Día de la Tierra en 1970.
El movimiento literario conocido como nadaísmo puede considerarse producto de la contracultura, y tiene su equivalente en los Estados Unidos, en la llamada Beat Generation (Beatniks), con escritores como Jack Kerouac, Kurt Vonnegut, Allen Ginsberg, William S. Burroughs, Abbie Hoffman y Tom Wolfe, entre otros.
En Colombia, siguiendo el ejemplo de la generación de los años 50 (Obregón, Grau, Ramírez Villamizar, Edgar Negret, Manzur, Villegas, etc.), una nueva generación comenzó a perfilarse durante los años 60 (Rojas, Bursztyn, Cárdenas, Mejía, Betelli, Alcántara, Rendón, etc.), un fenómeno prácticamente restringido a la capital, Bogotá. Cuando la provincia se sintió capaz de tener su propia voz en lo artístico, fue una generación ecléctica en edad, con algunos muy jóvenes, el rezago de los baby boomers, quienes, inicialmente influenciados por la dinámica de la capital y luego con la propia creada por eventos regionales como la Bienal de Coltejer (1968–1972), fueron quienes se convirtieron en la vanguardia del arte nacional.
A ese grupo pertenece Óscar Jaramillo, y también Javier Restrepo, Marta Elena Vélez, Rodrigo Callejas, Dora Ramírez, Juan Camilo Uribe, Aníbal Vallejo, etc., además de mi persona. Sin el impulso recibido por las circunstancias y condiciones descritas, esa generación posiblemente nunca se hubiera cohesionado en lo artístico, porque en otros sentidos nunca lo estuvo.

En Medellín, un grupo de escritores y artistas, la mayoría influenciados por la contracultura, comenzó a identificarse con un comportamiento bohemio y relajado, prefiriendo reunirse de noche en bares y cantinas ubicados casi siempre en zonas de tolerancia, donde no existe límite de tiempo para terminar la farra. A ese grupo pertenecía Óscar, y por eso él dice que su proceso como artista y desarrollo de su obra estuvo influenciado por los escritores, no por los demás artistas (pintores, dibujantes y grabadores).
Esos lugares de tertulia eran tabúes para las clases media y alta, que los encontraban grotescos. Mi familia pertenecía a esos estratos y, siendo dos años menor que Óscar y menor aún que la mayoría de quienes conformaban la tertulia, no estaba permitido para mí deambular con ellos. Desde esos lugares, la contracultura miraba el resto de la sociedad despectivamente, manifestando, al menos en palabra, su desprecio por los valores considerados como “pequeñoburgueses”. Los habituales visitantes en estas veladas encontraban lo grotesco aceptable como reflejo de una sociedad que se iba descomponiendo y, en cierta forma, llegaría eventualmente a la desarticulación total, la meta ultima de la contracultura.
Para mí, esa actitud no era un problema. Siempre he sido tremendamente independiente, y en cierta forma, con el tiempo, mi amistad con Óscar se desarrolló anclada en el mutuo reconocimiento de que para existir como artista no es necesario estar refrendado por nadie más.
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