Librerías de ayer y hoy… La Continental y la sucursal de la librería Científica
Cuando uno se decide caminar por la ciudad, de hacer trayectos por ella, de cruzar las vías desde la perspectiva del renacimiento, de instalarse por un momento en una calle, de observar el tranvía como el animal mecánico de sus sueños, de escuchar los sonidos de toda índole que ella provoca, como la
Por: Oscar Jairo González Hernández
Cuando uno se decide caminar por la ciudad, de hacer trayectos por ella, de cruzar las vías desde la perspectiva del renacimiento, de instalarse por un momento en una calle, de observar el tranvía como el animal mecánico de sus sueños, de escuchar los sonidos de toda índole que ella provoca, como la música de otros mundos, sin duda; cuando haces como los movimientos de un transeúnte en al ver que viene un delirante hermoso que está vaciado de la intención de ser transeúnte, o sea, de imitarnos a todos nosotros, y busca hacerse notar al extraer de su cráneo un libro de zumbidos; del que vende frutas y ahuyamas, con una sonrisa transparente que irradia y llena toda la calle.

Todo esto causa una emoción poderosa y extraña, extraña por el poder que tiene para hacernos conciencia de que estamos en la membrana de la ciudad. Movernos en ella, como esos otros seres, que están contenidos en ella, y que ellos contienen en su nombre. Nombrarnos en la ciudad es nombrarla en sus válvulas de inyección que la hacen mover.
Y así, de un momento a otro, pues me fascina hacer trayectos en la ciudad, que no estén preparados ni determinados conscientemente, dado que quiero ceder a los torbellinos de lo insólito que la ciudad me puede proponer, que ella nos llama para que nos instalemos en ese mundo insólito, nuevo, para quién dice conocer la ciudad, o considera que la conoce como la palma de su mano, y resulta que no, porque la ciudad está viva, se mueve. Ciudad como un bosque. Tras esta reflexión como, la que hizo Leibniz sobre las mónadas, me decidí a hacer trayecto hacia territorios de la ciudad (como una mónada), donde mi mundo cedía a toda tentación, las librerías de mi formación, en las que me encontraba con otros lectores (ras); lo que nos hacía coincidir era que nos mostrábamos como lectores. Pavos reales lectores, dirían unos, dado que todo lector (ra) tiende a pavonearse como tal en una librería (no como un avestruz australiano). Y así en la biblioteca. Posando, eso es. ¿Y por qué no? Pues es así.

Me lleve a mí mismo, en mi vehículo (mi cuerpo), maniobrando por estas calles y carreras que forman este trayecto, de la horizontal a la vertical, como un geómetra, midiendo todo. Entonces me acerqué sobre la Avenida Primero de Mayo (qué nombre tan exuberante) con Palace a observar lo que había quedado del local, donde estaba la Librería Continental de Rafael Vega Bustamante, donde experimentaba ser el paseante solitario roussoniano, en un bosque de libros. Ya no queda nada de ese bosque. Ni en mí, esa sensación de goce. Hay un parqueadero par motos. Recordé el libro de André Pieyre de Mandiargues: La motocicleta. Caminé un poco más sobre la calle Palace, hacia la calle Maracaibo, observando a los vendedores ambulantes de frutas, y vi unas fantásticas chirimoyas, inmediatamente compré una, y me hundí en la visión de la chirimoya como un libro, al que tenía que leer, antes de comer. Guardé en mi maletín (de domador de bisontes, como lo llamo) la chirimoya, al lado de mi libro, que siempre llevo en él: Los campos magnéticos de André Breton y Paul Éluard. Tenía la costumbre de llevar ese libro en mi maletín, y tener otro en mi biblioteca de Babel, ya hoy no puedo hacer eso, porque hoy se han incrementado escandalosamente sus precios, al menos, los que yo leo, o los que me intereso por leer. Inclinación e inflexión del deseo.

Alcancé la carrera Maracaibo, y descendí, -con la sensación de haberme transformado en un bólido de la Fórmula 1-; por la parte de atrás del Hotel Nutibara, hacia la Avenida Juan del Corral (donde ya los venteros ambulantes, han dominado la zona, y extienden sus carretas por todas partes), hasta la esquina donde quedaba la sucursal de la Librería Científica (la principal quedaba en Boyacá entre Junín y Palacé), que administraba el poeta y cometero John Sosa, con quien allí traté, las primeras veces, y sobre cuyo trato (los libros y los hilos de las cometas) establecimos los lazos de una amistad fraternal, que dura hasta hoy, y que se hace más reveladora de su substancia elemental, en este momento en que estoy con Gelo, parado con melancolía irritada, al frente del sitio donde estaba ubicada, y ahora queda una venta de licor (licor místico, sin duda). Reconstruyo desde lo que Pavese dice sobre el asombro: lo asombroso verdadero está hecho de memoria…. Ya trataremos de la vida de la librería, que John llamaba: “Librería Saint Genet”, en homenaje permanente al rebelde escritor Jean Genet, expresidiario, y escritor de esa obra formidable (por ser un tratado sobre la vida como estética): Diario del ladrón, y al que Jean Paul Sartre, dedicaría la monumental obra: San Genet: comediante y mártir. Todos estos recuerdos, eclosionaban, en mí, mientras el sol de la mañana comenzaba a calentaba maravillosamente, y yo observaba desde ahí, la escultura de Eduardo Ramírez Villamizar, “Muro entreabriéndose”, al fondo, sobre la Avenida Oriental, pues desde allí, se puede atrapar con la mirada mercurial; escultura hoy abandonada a su suerte. Intensar la mirada para ello, como un alquimista en la ciudad, obedeciendo todas las “reglas”, para extraer el oro de ella.

Terminé abruptamente, está teatral y poética primera intervención de la ciudad, desde y en sus librerías, que ya no existen, para buscar otras que hoy son, no las mismas, pero sí otras, que van formando su otra historia, de la ciudad como libro, el libro como una ciudad, y como una manera de escuchar todavía, la música de esa ciudad que era nuestra, como quien crea una nueva situación, la hace circular en su memoria, en su vida. Trayecto de inmersión en esa memoria de la vida, la ciudad en situación.

Fotografías: Ángela Inés Ospina C. y Oscar González
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