Librerías de ayer y de hoy…una librería (EL ACONTISTA) un taller de poesía y un libro
La ciudad es insomne, porque no duerme, vive y vibra todo el día y toda la noche. Para el transeúnte en el día, la noche le es extraña, pero el día lo es todo, forma una totalidad con su mundo, con su tarea, con su inclusión en ese mundo y realidad del día.
Por: Oscar Jairo González Hernández.
La ciudad es insomne, porque no duerme, vive y vibra todo el día y toda la noche. Para el transeúnte en el día, la noche le es extraña, pero el día lo es todo, forma una totalidad con su mundo, con su tarea, con su inclusión en ese mundo y realidad del día.
Y siente fascinación inmutable e indestructible por el día. Como quién lee solo el libro de la ciudad en el día. Y se hace causa misma de la realidad del día. Contiene el día en un libro, en el de su vida. Nos habla de ella, porque dice ser su lector, su transeúnte lector. No le interesa nada más. Contradice o es contradictor del libro de la noche, porque solo lee en el libro del día.
También es extraño a la vida de la noche. No la necesita. Es consumidor del día. Como quien lee el Libro del Esplendor, así este transeúnte vive la ciudad. Trata con todo el mundo, le interesa vivir en esa luminosidad que lo retiene, lo suspende, lo increpa, y le da carácter y sentido a su gravitación en la ciudad. Como tiene el libro de la ciudad del día, no busca sino la claridad meridiana, sus incandescencias y sus irradiaciones.
Como conoce la dimensión solar del mediodía, no le fastidian para nada los rayos solares. Tiene su medida, dice. Conoce su dimensión, no se preocupa por ello. Combina su naturaleza solar con la de la ciudad. Es o podría ser también, un sonámbulo del día. Vive la ciudad en el día al revés, como un meidosem de los que habla Henri Michaux.
Y más ahora que escucha hablar de Michaux. La ciudad le lleva pues, a este señor del día, hacia los otros laberintos, porque se considera como un buscador de laberintos, no se inclina ni obsede por construirlos, quiere que eso lo realice el minotauro, solo el minotauro, que también tiene ya su libro, que camina por la ciudad, con su minotauro en un libro: La soledad del minotauro, y entonces cuando, intensa su caminada preparada, en la ciudad, observa al minotauro en el libro y va tras él.
Quiere saber de él, de su libro sobre la ciudad, de su taller en la ciudad, y al observarlo e ir tras él, simulando sin hacer simulacro, ve que entra a una librería, no sabe porque, pero tratara de establecer porque el minotauro va allí, en el libro, sin Teseo ni Ariadna, no tiene esos nombres en su formación.
¿O los habrá encriptado para cuidarlos de la voracidad de la I.A.?- No los conoce. Decidió no conocerlos. No quiere intimidarse, dado que la mayoría de los transeúntes de la ciudad, como del libro, están intimidados, o se sienten intimidados porque no hay tranquilidad en la ciudad ni en el libro; pero él no se intimida, porque conoce la ciudad, la ciudad lo conoce a él.

No tiene dudas de ello. No duda de la libertad en la que viven los otros transeúntes, que inclusive, sin miedo, pueden ir tras otro u otros, porque solo les atrapa, les sostiene de manera invisible o visible con su mirada.
No los intimida. Es tensión y forma de la mirada, del mirar. Y siente que así vive con ellos. No necesita saber sus nombres ni conocer su historia de vida; no quiere hacer con sus vidas “el relato nacional”, sino solo mirarlos. No es medusa sino minotauro.
La librería, en la que entra el transeúnte con el minotauro, es una librería que conoció en otro momento de su vida: El Acontista (en la calle Maracaibo entre las carreras El Palo y Girardot, cerca al Parque del Periodista).
La librería, no hace espectáculo, solo se ve su nombre en la pared, no tiene vitrina, no se exhibe, no se muestra, como otras librerías, para las que lo principal es la vitrina, porque se vende más si se tiene vitrina, puede ser, dicen. Aquí no se tiene vitrina. Y el transeúnte sabe que en ese sitio la librería es, será, como su minotauro.

En la librería el transeúnte, habla con otros de la ciudad laberíntica, leen entre ellos de sus textos, y los intercambian, como hace un transeúnte en la urbe, que también llevan sus animales en sus cabezas, como lo dice el poeta Juan Sánchez Peláez: Animal de costumbre.
Cada uno tiene su mantis como su mantra. Inquiere por lo que allí ocurre, quiere saber de qué se trata en ese librería, quienes son los que ahora se le revelan como poetas. Escucha que dicen que es un taller de poesía, que se llama MECA, no sabe que tiene que ver con la ciudad así llamada, pero continúa su travesía en él, sin que nadie lo vea ni lo perciba, pues de ser así, terminaría la misma, con un resultado, quizá totalmente mediano, ya que tendría que mantener trato con los miembros del taller, y no con los libros que son para él, los que hacen la vida de todos los transeúntes de la ciudad, sin tener que decirlo a nadie, que él es uno de ellos.

No tiene sed sino del conocimiento, de su instrucción por medio de aquello que mira, y que le hace mirar, ya que al mirar se mira a sí mismo, en medio de las tumultuosidades de la ciudad, la librería y los libros, que también son transeúntes, como lo es el minotauro en la ciudad laberinto, en el laberinto de sí mismo y de la ciudad, que son llevados y arrastrados por el libro o los libros que los inundan y la inundan (de la naturaleza del inundar).


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