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Librerías de ayer y de hoy…Libropolis y Lex Nova

Por. Oscar Jairo González Hernández. Como en las ciudades, cada persona decide, puede decidir como vive en ella, y de qué manera, su vida única, porque es consciente de que no tiene sino una sola. Y que tiene que vivirla en una ciudad o en las ciudades que quiera hacerlo, que pueda hacerlo. Las ciud

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Redacción IFM
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Librerías de ayer y de hoy…Libropolis y Lex Nova

Por. Oscar Jairo González Hernández.


Como en las ciudades, cada persona decide, puede decidir como vive en ella, y de qué manera, su vida única, porque es consciente de que no tiene sino una sola.

Y que tiene que vivirla en una ciudad o en las ciudades que quiera hacerlo, que pueda hacerlo. Las ciudades nos viven como nosotros las vivimos a ellas.

Quiero decir, las ciudades están vivas como nosotros. Y así, las queremos, así las odiamos. Es una relación turbia, en unos momentos, y en otros, totalmente trasparente, en la que tiene que encontrar su “Punto de fuego”, como decía Jacques Hérold, sobre su obra pictórica: “Mi voluntad de conducir mis indagaciones en la representación más y más acentuada de la objetivación íntima de la materia y de la forma, me llevaron a su sublimación mental.

De la vida única, entonces, se desprende, la ciudad única, en la que se vive y se muere, no es nada anormal, el que nos encontremos siempre, fundidos en ella, inclusive la llevemos hasta la muerte, en nuestra acta de nacimiento y en nuestra acta de defunción.

Los actos de la vida, las actas de la muerte, es que nos hacen seres específicos y concretos, desde lo que vislumbramos, cuando decidimos en que ciudad seremos y proyectaremos lo que somos. Inscribimos nuestro nombre en la ciudad, por lo que, podemos considerar que la ciudad hace inscribe su nombre en nosotros. Devenimos en la ciudad. Y ella deviene en nosotros.

Y así sus librerías de hoy. Aquellas que descubrimos al azar, es decir, porque vamos caminando por la ciudad, hacia otras tareas, como excéntricos insomnes o insoslayables sonámbulos de ella; u otros, tienen que hacer tránsito por ella, dado que trabajan allí (estudiar aquí, es un trabajo; o no hacer nada, en la esfera del ocio, es también un trabajo, o como dice el poeta Jules Superville: El poeta es un trabajador al que nunca se ve trabajar”. O aquel, que mira desde un puente peatonal, el llamado a la lucha por el arte, como vehículo mediático de su rebelión estética y capta ese momento, cuando lee en un graffiti, cuando va camino a la universidad: El arte en pie de lucha.

Mensajes, pues, que hacen mixtura como lector dentro de ese transtlántico que es la ciudad, la ciudad como un transatlántico, en la que ocurre todo, en la que todos hace ocurrir cosas.

Recordamos, en este momento, la novela de Witold Gombrowicz, titulada: Transatlántico. La vida allí, como se hace, como viven los personajes sus vidas, como en una ciudad que se desliza sobre el océano.

Quién camina por la ciudad, como hemos dicho, se encuentra con tanto con lo conocido como con lo desconocido. Y es una realidad: no conocemos ni podemos conocer ni tenemos como conocer la totalidad de la ciudad, de una ciudad. Extrema sensación de impotencia, a veces, o una potencia distinta con la que nos establecemos en una determinada zona de la ciudad. Y lo hacemos, sólo porque en ella, los árboles, plantados en orden simétrico, en su simetría, nos recuerdan, que la geometría es un principio de la vida estética (del ethos) o para la vida estética, y entonces esa calle, nos hace ciudadanos.


Y así pues, las librerías que ese “paseante solitario” (Rousseau) descubrió, en dos puntos equidistantes de la ciudad, le hicieron percibir la ciudad de las librerías de hoy, como resultado de ese azar, de ese encontrarse con lo desconocido. Y en las librerías, lo mismo, lo desconocido, lo frenético, lo insaciable, como la ciudad. Y como los ciudadanos anónimos, con los que trataba solo con la mirada, con mirarlos desde el Puente Peatonal, en horizontal-vertical como estaba fijado mientras miraba la librería: Lex Nova (Centro Comercial Metro Centro. Alpujarra).

Pudo decir, que estaba ante la ley nueva, que la ciudad tenía una nueva, para sus ciudadanos, leer, formarse, prepararse, estudiar la nueva urbe, dado que es nueva en todo momento.

Y así los ciudadanos que son como libros que están en la librería. Cada uno es un libro, que se abre y se cierra como una valva o funciona como un ventrículo izquierdo o derecho. No hay solamente un ventrículo en el cuerpo humano, como en la ciudad, que también es ventricular. Y de la misma manera, quienes viven en ellas.

De allí que camino hacia él, en su proximidad, alcanzó a ver una librería, llamada: Libropolis, sí, la ciudad libro, la ciudad de los libros, la Polis. Y se acercó a ella.

La ciudad, entonces revela múltiples, plurales, diversos mundos, formas de ser, seres en formación, preocupados por sí mismos y por su urbe, aunque no estén diciéndolo a nadie, ni comunicándolo, pero que con el solo acto y presencia, acto y acción, nos dicen que lo hacen, que no cesarán de hacerlo, para que la ciudad sea mejor, para que los ciudadanos, en la Polis sean como un Libro otro que hay que leer, que hay que saber hacerlo, antes de condenar, de exterminar.

Vida de la ciudad imantada por las nuevas librerías, que hacen tarea para que la ciudad no desaparezca sumida en la insidia e iniquidad humana.

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