Librerías de ayer y de hoy…Librería Aguirre y Nueva
La ciudad comienza a moverse, son las 9:00 a.m., nadie conoce ni quiere saber nada sobre la noche anterior, porque los ciudadanos de la noche, ya no están en esa, la otra urbe, a esa hora. Unos hombres miran las calles, extrañando en ellas la densidad nocturna, como si quisieran hacerla hablar.
Por: Oscar Jairo González Hernández. Docente e investigador
La ciudad comienza a moverse, son las 9:00 a.m., nadie conoce ni quiere saber nada sobre la noche anterior, porque los ciudadanos de la noche, ya no están en esa, la otra urbe, a esa hora. Unos hombres miran las calles, extrañando en ellas la densidad nocturna, como si quisieran hacerla hablar.
Todavía queda de ella un aire, una especie de aroma, un perfume de extinción, una hoja que ha caído de un árbol, para liberarse, en su rebeldía de hoja de la noche. Perfume extraño se siente en la ciudad. Y así, la urbe comienza a trasladarse, a oscilar, a gravitar en ella; como que se mueve, y hace mover a los ciudadanos que también buscan como trasladarse, como oscilar, como tener gravitaciones, que les dirán hacia donde tienen que ir, como tienen que estar, donde estará su rostro dibujado, pintado, esculpido o grabado en esta historia de la metrópoli, en su condición cóncava y convexa; de mundo vertebrado e invertebrado, que por una parte, la contiene, y por otra, que está contenido en ella.

Nadie hace simulacros, todo es verdad en lo que obedece al trabajo, al tiempo y al quehacer, todos sin excusa, sin eximirse de nada, obedecen a la forma de esa mañana, porque es día laboral, y hace su tarea, tiene que trabajar en sí mismo, en hacerse a sí mismo, como esos hombres y mujeres, han de hacer lo mismo. La naturaleza les dice trabajar.
No me interesa el tiempo, dice para sí mismo, un transeúnte que devora lentamente una piña, que se consume en el placer que le causa, que se devora a sí mismo, en ese placer. Es raro verlo, como permea y penetra la calle misma, para hacerse un devorador de todas las piñas del universo, como dice Hume: No podemos formarnos una idea exacta del sabor de una piña sin haberla probado. Probamos la ciudad, como quién prueba una piña. La ciudad, para este hombre tiene la forma de una piña.

En la ciudad, las librerías, entonces están como un mundo paralelo (para leerlo), que no interfiere, que no interrumpe el mismo mundo de la ciudad, de sus intermitencias, sus fisuras, sus encuentros, sus estar con… Esa dimensión de la ciudad que se apoya, sin saberlo, en su librerías, en esos espacios esenciales, así los ciudadanos no los quieran vivir o no puedan vivirlos (de la economía). O no las necesiten en sus vidas.
Consume lo que haya, lo que le indique que consuman. Forzados a consumir, no saben que existen las librerías, para cambiar la función, y hacerlo hacia la formación.

El transeúnte (lector-a) se mueve en la ciudad, hacia donde le interesa, en esta mañana: las librerías Aguirre (Calle Maracaibo, entre Carreras Palace y Junín) y la librería Nueva (Pasaje Comercial Junín), que habían sido muy formadoras en su vida, que había vivido con ellas , si lo puede decir así, y había vivido sus muertes, sin poder hacer nada, si no observarlas como desaparecieron, sin mayor escándalo, o no, sin hacerlo, como era y había sido el lector, que adquiría allí sus libros. Quiere observar, lo que ha quedado de ellas.
Las observa ahora, y se dice para sí mismo: Es como si hubiese habido una guerra, y hubiese devastado y arrasado esas librerías. La guerra no es solamente, la que conocemos, la que evidenciamos hoy en el mundo, es también, impalpable en su implacable poder de destrucción.

Vicioso o no de los libros, quizá entonces, como si estuviese relatando su Vicio supremo (Josephin Peladán), porque sumía la resolución o no de su vida, en los libros (autores), en su lectura (experiencia). Ya no eran las mismas, quizá, cuando él no volvió a ellas, porque se había instalado en otra zona o territorio de la ciudad (en la periferia), e ir al Centro, como se decía, en otra época, no le era ya tan necesario, en el sentido de la turbulencia que la causaba la ciudad, que necesitaba para sí.
Comenzaba a percibir para él, la “decadencia” de su ciudad, que quizá, tenía la misma exuberancia de la de hoy, otra exuberancia, sin duda. Esa corrosión sistemática de la ciudad, es la misma que la del ciudadano, que tiene que cambiar, que es otro, cuando la ciudad se hace otra. Urbe camaleónica, ciudadano camaleón.
Y que vivirá con ella, moriría en ella, como quién murió en la que era antes, y la que es hoy. Y otros morirán también, a la de hoy. Una ciudad nunca es la misma, porque los ciudadanos no son los mismos. Entonces, como una realidad incontrovertible, no son los mismos hombres y mujeres las que median con ella, en su dialéctica construcción-destrucción, como consecuencia, no será nunca una misma urbe (Fantasmas, nos hacemos, de nosotros mismos, en la ciudad Fantásmatica).
Cambia la ciudad, desaparecen las librerías, la ciudad-librería muere, para dar paso a otras, a otra dimensión del libro en Medellín, del lector en la ciudad laberíntica, oculta, visible, invisible y viva en sus tiempos y en sus espacios, que son los de los lectores ávidos de más libros y más ciudades para sí mismos y para otros.
Lectores que iban a las librerías Aguirre y Nueva, y que hoy, ya no están, y por eso mismo, ellos tampoco. Como un delirio, inherente a las ciudades, a los ciudadanos que las construyen y destruyen, como lo dice Rem Koolhaas en su tratado: Delirio de Nueva York, qué quizá, más que caos la ciudad delira, nos hace delirar, es un delirio constante en todas sus formas, en todas sus relaciones, como lo denomino: “Cultura para la congestión”: (…) este libro describe un Manhattan teórico, un Manhattan como conjetura, del que la ciudad actual es una realización imperfecta y de compromiso.”).
Y así, el transeúnte, nosotros, sabemos y somos conscientes que así son las ciudades (las urbes) como lo las librerías, en las que se hayan unos y otros, para tener un momento fuera del tiempo, o recorriéndolo; el tiempo con una especie de quietud natural, insaciable por la lectura. Las librerías de la ciudad, eran como un oasis-desierto para uno mirarse a sí mismo, en la transversalidad del tiempo y del espacio, como en un Taller de Fundición. Su oxímoron.
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