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Julien Gracq (1910-2007): de una novela «Los Ojos del Bosque»

En una novela como la que aquí escribe Julien Gracq, lo que más interesa no es la verdadera historia sino lo que ella alcanza a inventar de nuevo, lo que la hace más del orden de la invocación y de la evocación.

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Redacción IFM
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Julien Gracq (1910-2007): de una novela «Los Ojos del Bosque»

Por: Oscar Jairo González Hernández. Docente e investigador

En una novela como la que aquí escribe Julien Gracq, lo que más interesa no es la verdadera historia sino lo que ella alcanza a inventar de nuevo, lo que la hace más del orden de la invocación y de la evocación.

Evocación que hace el historiador Gracq, pero al que no es la historia en sí lo que le obsesiona, sino lo que la historia le hace evocar, le hace invocar. Todo porque Gracq no se debe a la realidad misma, sino que esa realidad ha de ser transformada. Y escucha y obedece con total libertad, esa orden surrealista: Cambiar la realidad, ha dicho Rimbaud; transformar el mundo ha dicho Marx. Esa resolución de la combinación del surrealismo y de la revolución.  Este texto de Gracq, quién también hizo teatro, y como lo decía Breton, el teatro surrealista, se halla en él, es un teatro de relaciones de sentido, de relaciones simbólicas, pero también poseídas de una realidad evidente: la guerra.  

En este relato Gracq hace de la guerra el medio ideal para hablarnos del Misterio del Graal y lo más extraordinario es como realiza esa conexión, toda llena de lo maravilloso, del misterio y de lo inconsciente. Ya que no es un relato forzado, racionalizado y sin sentido real, en donde lo simbólico, no se ha introducido de esa manera, sino que es sutil, por eso mismo real. Método de lo sutil, o sea de lo que se nombra, porque se conoce, y no para conocerlo. Como quién conoce, al conocer, pero que también, es la apertura constante hacia el conocimiento, hacia la transformación de ese conocimiento en lo inmediato de la vida misma.  

Gracq nos instala de entrada en la ciudad de Charleville (esta maravillosa relación que Gracq hace aquí a la ciudad donde vivió Rimbaud), nos revela entonces que el oficial Grange, es o podría ser Rimbaud, lo romántico y lo simbolico. Un Grange-Rimbaud, en la guerra. El idealismo y el realismo. De Charleville hasta Moriarmé la ciudad hacia la que va Grange, el pondrá a prueba lo que sabe de la realidad, lo que sabe del mundo y contrariamente de lo que no sabe de la guerra, lo que además, nadie podrá decirle, sino que lo tendrá que vivir.  Grange es un romántico, que leyendo a Shakespeare y a Von Kleist resuelve su dolor. Tratado de la melancolía. Mi idealismo no para cambiar el mundo, sino el idealismo del revolucionario, que no concluye, porque lo cambia es a él. La naturaleza le hace conocer el misterio, la esencia de lo desconocido.

En la ciudad de Morirarmé el oficial Grange se presenta en la Casa Fuerte de Hautes Falizes, aquí es relevante el simbolismo, porque siendo Fuerte Militar, es también un Fuerte Espiritual.  Todo continúa siendo irreal, un sueño. Allí conoce a los soldados Hervouet, Gourcuff y a Olivon. Caballeros de la Mesa Redonda.

Todo el bosque es inaccesible. El río Mosa lo invade con su misterio. La intensidad de las lluvias. Indican lo que se destruirá o será destruido. No es una lluvia cualquiera, es una lluvia que trae la destrucción, la devastación, como la guerra, la guerra de la naturaleza. Todo ello forma un mundo maravilloso en contacto con lo sobrenatural. La lluvia, el mar, son lo simbólico. Toda lectura del mundo, no se hace en Los ojos del bosque, en la biblioteca sino en la naturaleza: el mismo se alcanza en el momento en que escucha el sonido del río, lo que dice el bosque, lo que hace transparente la lluvia.

La vida transcurre normal para el oficial Grange, nada es extraño ni nada le lleva a cambiar esa normalidad, normalidad en la que la explosión de la guerra en cualquier momento es real. Esa sensación no desaparece en medio de esa irrealidad que se percibe allí en el Fuerte. Todo es orden.

Una de las lluviosas noches, en que va hacia Halizes, en medio del bosque observa una niña. Una niña que se llama o llaman: Mona, y que es “viuda”.  Cuando él sabe esto, se inquieta demasiado. He aquí que está frente a la hermética del Graal, evocada por el historiador. O Como dice Julis Evola: “En particular, como Viuda, la mujer expresa una época de taciturnidad, es decir, la tradición, la fuerza o la potencia que ya no es poseída, que ha perdido a su “hombre” y espera a un nuevo señor o héroe”.

Ella (Mona) lo deseaba; le dice haberlo visto muchas veces desde que él se halla allí en Halizes. Ella no tiene poder porque no tiene a su señor, es pues lo que simboliza la viudez. Nuevamente ella obtiene la fuerza, el poder, cuando lo ve a él y lo hace el señor, el caballero nos diría Ramon Lull. Ella no es poseída, sino vista. Oculta y revela.

El amor ideal, como lo es en Dante con Beatriz, en Petrarca con Laura o en el Quijote con Dulcinea del Toboso. Lo ideal es la belleza intacta, transparente e inaccesible en su muerte y en su misterio.

Morir de amor, ese morir es lo ideal en el romántico, pero nadie muere de amor sino del ideal de amor. Esa misma noche se poseen, no a sí mismos (el eros desnudante), sino al misterio que los llena, que los extasía, que los lleva a los abismos del cuerpo y del espíritu. No es la posesión del poder, sino de la sensibilidad, del deseo soberano, de cada uno de ser poseído. Ya no se es propietario del otro; no es una relación económica o de intereses, sino una relación de la locura santa del amor (Julia Kristeva), Y es así como Gracq lo describe. De la iniciación en la belleza, pero también de la preparación para la melancolía. Todo dura ese instante, marcado poderosamente en esta hermosa novela, que hace contacto con la intención interior y exterior de provocar, la exuberancia y la exaltación, el ímpetu y el furor.

Y como nos dice Gracq, nueve años después de la publicación de la novela, en 1967: (…) Toda la primera parte de Los ojos del bosque se escribió con la perspectiva de una misa de gallo en Les Falizes, que tenía que ser un capítulo muy importante y habría dado al libro, al introducir en él esa tonalidad religiosa, un porte muy diferente.”  De eso que denominamos, lo normal y lo ordinario (ordinary), se puede entonces, a través de la creación, extraer lo extraordinario, lo otro, lo sublime, lo surreal, si quiere, como lo hace Gracq.

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