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Juan Carlos Vélez E.: “Los cuentos con olor a boñiga son el fiel retrato de la condición humana”

¿En qué momento, de poder concretarlo; o en y desde qué historia o historias de su vida, siente y percibe la necesidad de hacer este libro, qué lo llevó a ello, qué interés tenía y tiene, y para qué lo hizo; desde dónde se hace esencial que lo titule “Cuentos con olor a boñiga”; qué intenta hacer desde ahí con el lector, su lector; y cómo lo estructuró para desarrollarlo y contenerlo desde usted mismo, o su yo, no es básico aquí, como quien dice de la historia, y que vive en un territorio determinado y con historias que no cesan de darse; qué vive, quién vive en medio de esos movimientos constantes, y cómo los observa con esa mirada de basilisco o no, en “Cuentos con olor a boñiga”; y en qué instala usted el carácter de lo nuevo o qué es nuevo en él, y en usted tras haberlo realizado, o que se realiza todavía?

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Juan Carlos Vélez E.: “Los cuentos con olor a boñiga son el fiel retrato de la condición humana”

Por: Óscar Jairo González Hernández

Para el año 2013, el de la primera edición de Cuentos con olor a boñiga, ya había realizado 3 publicaciones relacionadas con Gonzalo Arango, la revista por el centenario del Liceo Juan de Dios Uribe, la revista de los 20 años del canal local de televisión de Andes, la recopilación de poemas de doña Pubenza Restrepo de Hoyos, una monografía del corregimiento de Buenos Aires (Andes) y diversos artículos para la prensa escrita; pero en realidad no había publicado nada que no fuera relacionado con personajes o instituciones de mi pueblo.

Un amigo me preguntó en una noche de conversaciones y cafés: “Si Gonzalo Arango no existiera, ¿usted habría publicado algo?”. Sentí en esa pregunta un reto implícito, y me di a la tarea de juntar algunos cuentos que tenía escritos, corregir otros y escribir un cuento que me andaba rondando en la cabeza hacía algún tiempo, ya que era una historia que me había contado una señora que conocí, y realmente esa historia era sobrecogedora. Hice las tareas pertinentes y junté los 13 cuentos de que consta esa primera edición.

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Por esos días me reuní con el maestro Alberto Aguirre y me tomé el atrevimiento de pedirle que le “echara una miradita a esos cuentos”. Ante mi sorpresa, el erudito me dijo que sí y a los días me estaba devolviendo el mazo de hojas que los contenían y me dijo que le habían gustado, pero que él pensaba que la “literatura de los pueblos todavía huele a boñiga”. Regresé a mi casa muy contento con el comentario y me puse a pensar cómo era que iba a titular el libro y se me ocurrió que no era tan malo que nuestra literatura, la literatura de los pueblos, oliera a boñiga y se me ocurrió el título con el que finalmente quedó el libro: Cuentos con olor a boñiga. En la segunda edición (2025) explico el porqué del nombre de la obra.

Juan Carlos Vélez E.: “Los cuentos con olor a boñiga son el fiel retrato de la condición humana”

El título, como mis intenciones con el libro en sí, busca generar curiosidad, advertir al lector que no se va a encontrar con contenidos “citadinos”, que son historias de pueblo, de territorio rural, con olor a casa viejas, a jardines recién abonados, a tradiciones montañeras. Y quiero dejar muy en claro que no me da pena que mi literatura todavía huela a pueblo, a boñiga. Los pueblos, al igual que las ciudades, tienen realidades que deben ser contadas. Colombia es todavía muy rural y como tal se deben contar las historias de esos territorios que, aparte de su belleza natural, cuentan con pobladores tejedores de historias, a veces desconcertantes a más no poder.

Una variopinta de personajes, de muchas “calañas”, desfila a lo largo y ancho de las páginas de este libro; personajes que pueden ser el prototipo de los seres que pueblan este pedazo de Antioquia, y que muchas veces, por no decir siempre, permanecen ocultos a la mirada de sus congéneres. Historias llenas de sentimientos, sentimientos llenos de humanidad, que no siempre son dignas de admiración o de ser repetidas.

Los cuentos con olor a boñiga son el fiel retrato de la condición humana de las personas de una región, igual a todas las regiones en que está dividido el país, que pasan desapercibidos porque, como dijo el maestro Aguirre, todavía huelen a boñiga. ¿Y a quién podría importarle una serie de historias de pueblo? Aunque lo confieso, me dio como un “fresquito” desembuchar estas historias, porque en ellas está implícita la propuesta de dar a conocer, al menos, parte de nuestra idiosincrasia, y me liberé, también un poco, de ese gusanito que carcome la conciencia de saber y no contar, de conocer y “comer callado”.

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