Fernando Rivillas: “(…) De esas vivencias en el Urabá, es que me debió haber sugerido la idea de pintar el cuadro horizontes
Por: Óscar Jairo González Hernández “En qué momento de su historia de formación como artista, o desde qué manera de provocación, o instalado en qué conocimiento estético de su sensibilidad, en qué sentido y perspectiva de carácter crítico, decidió y determinó usted, intervenir y mediar “Horizontes”
Por: Óscar Jairo González Hernández
“En qué momento de su historia de formación como artista, o desde qué manera de provocación, o instalado en qué conocimiento estético de su sensibilidad, en qué sentido y perspectiva de carácter crítico, decidió y determinó usted, intervenir y mediar “Horizontes” de Francisco Antonio Cano, qué intentaba hacer, qué hizo y qué proyecta con esta tarea la suya, cómo se determinan estos contenidos en los suyos, y que porque lo real de la historia, o del relato en que Cano y en la suya, cómo considera se vivió en él, ¿y cómo se vive en usted como artista, como quien relata una historia nueva, y la remasteriza; por qué y para qué?
Con respecto a la idea original de pintar Horizontes (F. A. Cano) un siglo después creo recordar lo siguiente: En el año 2023 me encontraba trabajando en una clínica de Barranquilla, pero con muchos recuerdos de la región de Urabá, donde había vivido 17 años, y en tal virtud presa de la nostalgia la estaba pintando y escribiendo.
En una de mis esporádicas visitas de retorno a Apartadó, les solicité a los encargados de la biblioteca municipal que me facilitaran la sala de exposiciones (Genaro Kintana) para realizar una exposición retrospectiva de mis acuarelas relacionadas con la región. Era que desde 1997 yo había ido a trabajar al Hospital Antonio Roldán Betancur de Apartadó en calidad de cirujano, con intención de quedarme dos años, ahorrar dinero suficiente para pagar unas deudas, y regresarme a Medellín.
Pero aconteció que los dos años se transformaron en 17 años e incluso, de lo amañado que estaba, ya no me quería regresar. Lo tuve que hacer cuando el hospital fue privatizado y, como yo había participado en la lucha sindical para impedir que lo hicieran, estaba en la lista negra de trabajadores “indeseables” para los directores del “nuevo” hospital (ya privado) y me tuve que venir -contra mi voluntad- para Medellín y luego para Barranquilla.
Como es conocido, por esos años (finales de los 1990 y principios del siglo XXI) Urabá era una zona muy peligrosa, violenta, en donde se vivía de una manera vertiginosa en la que, si no se tenía cuidado en lo que se hacía o se decía, fácilmente se podía ver uno abocado a sufrir extorsiones, órdenes de destierro “en 72 horas”, o -en el peor de los casos- ser asesinado. Lo que ocurrió con varios colegas míos, con cientos de trabajadores bananeros, con miles de campesinos (a estos para despojarlos de sus fincas, de sus tierras).
Casi cada semana ocurría una masacre o el hallazgo de cuerpos sin vida que eran traídos a la morgue del Antonio Roldán para la necropsia respectiva. En la cafetería, el médico legista de esa época nos contaba, en voz baja, el arreciamiento de la violencia en toda la región. Nosotros intentábamos (ante la desbandada de médicos y enfermeras) resistir en la zona, concentrándonos en nuestro trabajo médico, fingiendo no saber de temas políticos ni de casi nada diferente a la medicina. Yo me refugiaba además en la lectura, en la escritura, y en la pintura. Pero se vivía cotidianamente con mucha zozobra.
Era habitual que los helicópteros del ejército sobrevolaran el hospital, con frecuencia descargaban cuatro, cinco o más cuerpos de “guerrilleros caídos en combate”, algunas veces pocas traían heridos aún con vida, los cuales ingresábamos de inmediato al quirófano para intentar salvarlos.
Durante las consultas médicas, trabajadores bananeros atribulados, humildes viudas de dueños de parcelas recientemente despojadas de sus tierras (ellas debieron venderles la tierra a precio de huevo a los asesinos de sus maridos), hijos e hijas de padres asesinados ante sus ojos, sindicalistas amenazados; todos ellos nos contaban durante las consultas médicas, por otros motivos de lo que les había pasado o lo que les estaba pasando; de sus miedos y pesadillas, de sus crisis de ansiedad por el futuro de ellos y de sus hijos. Y nos pedían consejos de qué hacer, de que por favor les recetáramos algún tranquilizante, o algún consejo. Uno hacía lo que podía.

Generalmente, salían del consultorio cabizbajos, meditabundos con rumbo a sus casitas rurales, otra vez a convivir con sus depredadores. Los mismos que tenían la potestad de decir hasta cuando podían seguir habitando en las que habían sido sus tierras (colonizadas por sus abuelos y bisabuelos), o si debían “desalojar” de un día para el otro, so pena de perder la vida si no les hacían caso. De esos recuerdos, de esas vivencias en el Urabá, es que me debió haber surgido la idea de pintar el cuadro Horizontes (F. A. Cano) un siglo después. Yo, como todos los amantes de las bellas artes en Antioquia, había admirado el cuadro Horizontes que el maestro Cano había pintado por primera vez en 1913.
Lo admiré mucho desde la ocasión que, en unas filminas de la época, nos lo presentó el maestro Jorge Cárdenas, de manera que permanecía muy presente en mi memoria. Por otra parte, las fotografías de Abad Colorado sobre las masacres y desplazamientos ocurridas por esos años me habían impresionado mucho. Y puesto a la tarea de completar los cuadros para la exposición en la biblioteca, se me ocurrió mostrar lo que había ocurrido con los desplazamientos de los bisnietos y choznos de aquellos colonizadores primigenios que inmortalizara F. A. Cano en su cuadro; de cómo era que se había pasado de esos rostros tan optimistas de la pareja de jóvenes campesinos antioqueños observando (plenos de ilusiones) esas tierras tan bellas y fértiles, tan promisorias, que estaban ante sus ojos (de ahí el gesto del hombre con el brazo izquierdo elevado señalando lo que veía, imaginando “crear” para su familia un mundo mejor (el gesto de los dedos de la mano que F. A. Cano pintó, a propósito sin duda, similar al de “La creación del hombre” de Miguel Ángel); en contraste con ese mismo brazo izquierdo que yo pinto en declive, ya desilusionado al contemplar los horrores de lo que, en esas mismas tierras, un siglo después, estaba ocurriendo.
O sea, a principios del siglo XX todo eran esperanzas para los primeros colonizadores, de ir a desmontar con el hacha árboles para formar parcelas de tierra cultivable, sembrar maíz, caña o banano, cosechar, bregar, progresar, levantar los hijos; hijos que a su vez levantaban a sus hijos y nietos en la misma tónica, y les heredaban esas tierras de generación en generación.
Seguramente ni F. A. Cano ni los colonizadores de principios de siglo vislumbraron lo que les ocurriría a su quinta o sexta generación: que por esos mismos caminos por donde se habían ido a colonizar sus mayores, deberían ellos regresarse -de prisa y con miedo- dejando atrás todo lo que con tanto esfuerzo habían podido lograr; dejando atrás no solo su tierra, sus casas, sus animales de corral, sus parcelas, sino sus arraigos e ilusiones. De ahí que en la versión que me propuse pintar ya las figuras de los campesinos no aparecen en colores variados, sino en un color sepia-terroso, un color crudo, amargo; como cruda y amarga era su realidad; y ya el brazo izquierdo del colono primigenio no aparece, pues, levantada, optimista; sino en declive, desilusionada al contemplar años después a sus bisnietos o a sus choznos siendo desterrados despiadadamente, so pena de ser asesinados.

Con respecto a la técnica y mi formación en la pintura, debo decirte que soy autodidacta, ya que no he tenido estudios formales en la pintura; no soy, pues, un artista plástico como tal. Me gusta mucho tomar los pinceles, y los lápices para bosquejar, y “manchar” papeles, puesto que he sido desde que me conozco un gomoso por la pintura, una actividad que no solo me desestresa, sino que me saca de la realidad cotidiana, a veces tan aciaga.
Mis primeras nociones sobre pintura, las recibí -por los años 70s, en el Liceo Antioqueño- de labios de los maestros Marco Tulio Castaño (“Matuca”) y Jorge Cárdenas. En especial le debo mucho a este último, quien nos inculcó a sus alumnos de esos años un fuerte amor al arte en general, más que todo a la pintura; entre eso a los acuarelistas ingleses (Turner, Gainsborough, John Constable y otros), y a los trabajos de la Escuela de Acuarelistas Antioqueños (Pedro Nel Gómez, Rafael Sáenz, Eladio Vélez, Humberto Chávez, Débora Arango y demás). Desde ese tiempo me atraía esa técnica, pero no fue sino hasta que terminé los estudios de medicina que me inscribí en el Taller de acuarela del maestro Antonio Echavarría, quien me enseñó las bases y rudimentos de esa técnica tan delicada y exigente.
Él era seguidor de los impresionistas (nos tenía prohibido utilizar el color negro, por ejemplo). Volviendo al cuadro Horizontes (F.A. Cano), un siglo después, luego de haberlo terminado, sentía temor de exponerlo en la biblioteca pública de Apartadó porque su temática podría eventualmente indisponer a algunos actores involucrados en el conflicto, aun con mucho poder e influencia en la región.
De modo que, en principio no pensaba exponerlo en Urabá, dejándolo para hacerlo en Medellín, pero un crítico de arte en Barranquilla me dijo que el cuadro valía la pena y, por lo tanto, me animó a exponerlo allá. La intención y el deseo es que las nuevas generaciones no olviden tan fácil nuestra historia.
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