Estadios
Y me quedé en el rincón vomitando pájaros sobre un mundo que tiene más cabezas que un demonio antiguo. Pienso: yo que fui todas las cosas, no fui árbol. Fui el río, y la sombra de la ciudad flotando en el río, o fui el silencio subiendo por la piel de la joven violada por su hermano. Me detengo. Miro. Ahora soy la más absurda creación, o pasos hacia atrás, hacia la lluvia. En mi ignorancia busqué la pasa entre las llagas.
Por: Juan G. Ramírez (1979-)
RIMBAUD O LA EMBRIAGUEZ
Días. Cárceles. Todos los hombres nacen tristes, lo sé; preguntan la hora o suben estaciones. No hay esperanza, lo sé. El grito del niño en la oscuridad anuncia la hora del sacrificio. Insulto, lloro, vigilo altares. Ah, el dolor crece con mis uñas, mi madre es apuñalada en su vientre de perra vieja y las estatuas ocultan la ciudad con pensamientos dormidos.
Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de VerdadUnirmeMis manos son alas; voy a arrancar la raíz donde sepulté mi cadáver: ahí está el secreto para ser planta, ave y curva en el camino. Quiero callar con la dignidad de las piedras. Respiro, toco una puerta. ¿Aquí comienza la eternidad?, pregunto. Quizá en la puerta siguiente: en esta nacen ríos y mujeres preñadas dan forma a las montañas. La vida comienza hoy a las dos de la tarde, me dicen, y lo que creyó la vida fue apenas un espejismo.

BAUDELAIRE O EL MAL
Soy un dios, soy un hombre, soy un perro.
Como dios voy a un mismo tiempo (por ubicuidad o descuido) por el camino y no por los lados del camino. Lo sé todo; solo ignoro la forma de mi cara. La imagino a veces mientras contemplo la vasta creación: quizá aparezca reflejada en la cumbre de las montañas o en la transparencia del cielo.
Quizá tenga la forma del toro engendrado por Zeus, de ave de rapiña o de pez. Quizá, como una de las caras del anciano Proteo, sea un árbol; quizá sea blanda, ancha y ágil como el mar; quizá tenga la forma de los rostros de aquellos que fueron creados con el barro fresco de los ríos, o quizá, como las nubes, cambie continuamente y adquiera formas inverosímiles, e intentar imaginarla en un albur, como un albur es adorar al verdadero Dios: cada quien adora a su modo, y pueden estar adorando a un cerdo u otra bestia que se arrastra por los abismos de tierra.
Como hombre prefiero olvidar las disquisiciones metafísicas y ocuparme de la realidad del mundo observable: hay seres orgullosos y egoístas como si la muerte los hubiera olvidado. Son detestables. Como perro busco la verdadera esencia de la vida (lo que heredan los soñadores al mundo); voy entonces a los basureros o desciendo hasta el cauce de los ríos: hay fetos todavía palpitando como su tierno corazón de niño. Hay piernas y brazos amputados en limpios hospitales. Hay hojas y ramas con hojas, ilusiones deshechas, pájaros muertos. Por el puente los viajeros cruzan sin percatarse que bajo sus pies un mundo más oscuro se arrastra. Ignoran que algún día serán esa carroña que mueve al asco y al olvido.

APOLLINAIRE O EL MITO
Me acusan injustamente de ser bueno, porque fui, en apariencia, la risa y la montaña, porque abrí los muros de la muerte o el deseo y en cada verso gané una batalla, porque insté a los hombres a buscar caminos diferentes, pues apliqué según el sentido común la justicia. Pero yo no soy bueno. En mí crece el mar y la tristeza, y crece (en vez de un castillo con espléndidas moradas) una ciudad de viejas calles y húmedas plazas, con voces, gritos, prostíbulos e iglesias, morgues y hospitales. Soy una ciudad que avanza sigilosa hacia el caos.
Vi morir de inanición niños y pájaros, y lloré por ellos en silencio, con miedo, mientras culpaba a Dios, a la patria y su paisaje. ¿Acaso hay en el mundo lugar para los sueños de todos? No, no lo creo: la alegría es apenas otra mueca de dolor. Y las rabias que no tenemos que tragar (contra lo que no admite venganza: una avalancha, un terremoto, una inundación), sería mejor descargarlas sobre una espalda o sobre un rostro. Cuando lo pienso tiembla mi corazón, y es como si todas las montañas temblaran, es como si los pájaros alzaran a una el vuelo hasta ocultar el sol, como si el monótono canto de los ríos creciera, creciera, en armonía, hasta formar un concierto infinito.
El niño corre desafiando las estrellas; blanca es la noche, azul el silencio de los ciegos. La fiera solitaria huye por los caminos del bosque y se refugia en la orilla. El extranjero anhela entrar en la monotonía de la eternidad, repasa sus largos y olvidados años y no encuentra palabras con la profundidad para contarlos. Bien lo dijo el poeta: “Nada es comunicable por el arte de la escritura”.
Convirtamos pues el vino en agua (ya hay agua convertida en vino) y bebamos hasta que se embriague la razón: ignoramos el camino del Bien (lo intuimos apenas), somos la hoja llevada por el viento, el campesino que labra la tierra con amor, la bendice, la riega, para que en ella germine a tiempo el mal. Los dioses desde el principio urdieron para el hombre la locura; por eso en el cielo o en el infierno nos esperan hoy, mañana, siempre.
Estadios. Bogotá. El Taller Blanco Ediciones. 2019. Pág. 17, 23, 25.
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