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De un club de lectura sobre la disposición arbitraria del lector

No sabía nada más que relacionarse en su mundo, con el mundo de los libros, aunque resultara todo esto un poco pesado para las personas que lo conocían o decían conocerlo, pues ellos nunca les han interesado los libros, o leer, ni un solo libro en su vida.

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De un club de lectura sobre la disposición arbitraria del lector

Por: Óscar Jario González Hernández

Eran vidas sin libros, como también, no lo duda ni le problematiza, conoce bien los intereses de ciertos seres humanos, por los que no puede hacer absolutamente nada, aunque hace constar que lo ha intentado, pero no hay que salvar a la gente Brecht, como creen los que hacen teatro o quieren hacerlo, con los otros. Como tenía que caminar al mediodía para mantenerse en forma, le dicen, pues es una nueva manera de hacer que nosotros (as) podamos continuar vivos en forma; todo es en forma o para la manera, ¿qué diría Gombrowicz?

Ese mediodía le dio por caminar. Tuvo que decidir hacia dónde ir, por dónde ir, cómo ir, si a paso lento, o si muy rápido, o caminar simplemente como lo hace en casa, de su cuarto a la cocina cúbica, sin tener que atravesar montañas solitarias o calles transitadas, o encontrarse con quien no quiere encontrarse, o separarse de todos (as) llevando puesta su camisa de fuerza preferida. Dice de camisa de fuerza, porque él mismo decide qué camisa llevar en ese mediodía.

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Nadie le dice cuál, ni por qué; siente una inmensa sensación sincrónica y diacrónica de libertad, como de la semántica de la libertad, que tanto le conmueve, especialmente cuando va a caminar. Camina, entonces, de manera natural. Nada de esfuerzo. Nada de danzar, o mostrar que danza. Podría hacerlo, pero no tiene deseos. Camina. Va hacia la clínica odontológica, ya que le están haciendo un tratamiento en unas muelas que se han deteriorado con el paso del tiempo; le examinarán sus dientes. Abrirá la boca. Gesto teatral. Quiere hacerlo; es como caminar con la boca abierta. Nadie se la haría abrir nunca, si no está en sus proyectos abrirla o mantenerla cerrada (de su rostro circunspecto).

En la clínica, se topa (como era topo en otra vida) con una biblioteca en medio de la sala de espera. ¿Qué hace una biblioteca allí, en ese espacio, y no en el club de lectura? Nada, un lector no necesita de eso. Los libros están por ahí, sin que nadie los perciba. Viven y se leen entre ellos mismos. No necesitan lectores. Y se convocan y se presentan; sienten una rara inclinación por ser convocados y presentados, pero solo, por ellos mismos. Por eso se ocultan de vez en cuando, y otras, les atrae exhibirse, que los vean, como si se tratara de un desfile de modas híbridas o exposición de pinturas aleatorias, eso es.

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Y observa entre los libros, interesantes temas, y su mirada de basilisco cae inmediatamente sobre un autor, Emmanuel Carrère, “Bravura”, el título de su libro. Dice: Es una novela. Y examina sus lecturas de Carrère, pero no conocía “Bravura”. No sabía de ella. Cree que lo ha leído todo, pero no es así, todavía le quedan muchos libros por leer. No se desespera por ello ni entra en crisis como ilustrado decadente. Y entra en un estado de emoción schilleriano (1), porque allí mismo ante sí se ha presentado el encuentro con lo desconocido, con aquello que no conocía, que no tendría nunca cómo leer en su club de lectura, porque en su club no leen sino novelas y cuentos de cierto realismo consecuente, como de escritores que buscan hacer historia o tener éxito comercial inmediato, lo que no es lo de él, como lector quimérico, aunque, a veces, se atreve (fatalmente) a leerlos.

No tiene carácter de censor o inquisidor, ni quema sus libros. Tiene todavía cierta tranquilidad en ese sentido. O se la hace tener. Como lector masoquista que puede ser. Estética del lector masoquista de un club de lectura, así titularía un ensayo que prepara sobre los lectores a sueldo, que requeriría a futuro inmediato la producción de novelas y cuentos con IA. Y se dice a sí mismo, mientras espera que lo llamen para pasar a una nueva escena, abrir la boca: ¿Quién leerá aquí en esos momentos de espera? Cree que nadie. Dice más: esa biblioteca es innecesaria aquí. No tiene sentido. Pues no, es así: una muchacha se para de su asiento, como con la intención de demostrarle lo contrario, o como diciéndose: la cara de ese señor dice: aquí nadie leería. Yo le demostraré que sí. Y hace movimientos de una bailarina del reino de las hadas, toma uno de los libros y se sienta en su silla a leer. ¿De qué club de lectura será, cómo se llamará su club de lectura? ¿Será un cabaret, en la noche, como el del movimiento neopatético en la Berlín de 1911?

1.Schiller, Friedrich: “Khalias o de la educación estética del hombre”. Madrid. Anthropos. 1990.

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