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De la relojería como la librería (AUTOAYUDA)

Toda reflexión (meditación) debería comenzar para él (yo exclusivo e inclusivo), desde o por medio de los sueños, como que los sueños fueran los vasos comunicantes por los que se deslizará esa reflexión, o desde allí. No lo sabe bien. Tiene que decírselo de esa manera. Podría ser de otra. No lo duda, pero para él es así. No es radical de nada. O nunca ha sentido la radicalidad expresionista en su vida. O de una estética del expresionismo radical.

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De la relojería como la librería (AUTOAYUDA)

Por: Óscar Jairo González Hernández

No la toleraría en él, dado que es un intolerante en ciertas cosas. Los sueños son, pues, el medio para la reflexión o el conocimiento de las cosas. Y dice: de los otros seres humanos. Considera que el sueño le revela el ser de otros para que se pueda relacionar con ellos. Es como la manera de medirse ante la evidencia de los otros en su mundo. Y desde allí dice conocerlos. O que los conoce. No trata con nadie con el que no haya sido revelado en su sueño. Por eso nunca hace relaciones de poder con nadie. Extraña manera de vivir, pero es la de él.

Y en la noche (sueña también al mediodía) sueña que, dice él, que esta en una ciudad (Praga), que camina por ella, que mira detenidamente las baldosas de las calles, como quien quiere leer la historia de la ciudad en las baldosas mismas. Que busca cómo extraer la historia desde allí. Que lo miran raro los otros transeúntes (turistas, la mayoría), sin que él sienta que lo miran. Ya él conoce su técnica de la mirada que no mira, sin causar escándalos. Ya que no quiere escandalizar a nadie.

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Y el sueño es quien le dice y le hace saber que lo llevan a una montaña. Conoce a quien lo lleva. No tiene miedo por ello. «No sabe qué es el miedo», le dicen los que lo han conocido. Y se ríen de él. No lo sabe. En la montaña (la depresión de unas montañas), comienza a llover (recuerda al artista Turner en medio de la tormenta, lo siniestro de Freud), y se cubren en medio de los árboles. Y quien lo conduce hasta allí le dice: «A esta lluvia la llamamos “la lluvia Goethe”». Graniza. De esa forma le habla la naturaleza; en el sueño, le dice de sus mundos misteriosos. Es la dimensión de la naturaleza lo que le conmueve; lo inasible de sus elementos, y que le causan excesiva turbación. Como una turbación melancólica.

De la relojería como la librería (AUTOAYUDA)

Ya en otro sueño, que se yuxtapone, que es la realidad, o la realidad como otro sueño, en el que puede ser o no ser, estar o no estar; nadie lo sabe. Ni él mismo, ni quiere saberlo. Quisiera ser transparente, para acceder a los dos mundos, al del sueño como al de la realidad. Y aparecer en uno y en otro cuando quisiera hacerlo. En esa realidad, la de la vida, se sienta en un bar; quiere observar lo que allí ocurre mientras bebe un licor místico, para él, tras el sueño goethiano.

Tarea de la observación masoquista. Tiende a ella de vez en cuando. Cede a esa temperatura. Y observa que también allí, dentro del bar, hay una relojería. «Es raro eso», se dice. No sabe por qué, como casi todo en la vida, lo que se da en la realidad, nunca del todo se sabe por qué ocurre. Es excesiva esa dimensión, de lo excesivo que le muestra la realidad. Extenúa, lo extenúa. Pero la relojería, sin necesidad de tener visiones o ser vidente rimbaudiano, la relojería es también una librería; no es que, por el método de alucinación, se transforme en una librería, sino que lo es. La relojería es una librería.

Nadie lo sabe en el bar. Ni creo que la relojera sea consciente de que es así. Y se para a observar los libros que hay en una de las vitrinas de la relojería librería, que se le desnuda de manera intempestiva, por lo de la desnudez necesaria de la vida, ya que uno necesita decir quién es o qué hace, o qué lo hace ser o no. Nada de disquisiciones truculentas o turbias, sino la desnudez de la verdad de la vida. Y allí los libros se le muestran: son libros de autoayuda. Nadie los observa, nadie se interesa por ellos. Nadie más que él.

De la relojería como la librería (AUTOAYUDA)

Y cada que va a ese bar, ocurre lo mismo. Tiene una medida de esa relojería-librería, como solo él la puede tener. No lee nunca libros de autoayuda, dice no necesitarlos, pero sabe que están entre su sueño y su realidad, y que pueden ser necesarios para otros, o que los lleven a cambiar sus vidas, como cuando él soñó con el poeta Novalis (como condición del pedante), y este le decía que leyera su libro «Los discípulos en Sais». Decía, era del decir. Realizó su sueño realidad, leyó el libro, y su vida alcanzó momentos de frenesí que todavía hoy, se dice él, se mantienen intactos. Es así como lee en el sueño y en la realidad, camina y observa el mundo entre las relojerías y las librerías.

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