De la formación por el arte o la vida estética (no estática)
Como él tenía lo que llama problemas, y los tenía una condición inherente e inmanente a su vida, que era de poner, propiciar y proponer problemas, los que se le ocurrieran, o no, todo lo hacía o lo llevaba a problematizarlo, por lo que todo era un problema que no tenía cómo resolverse o que lo resolvía como problema; quería decirse que el problema es lo que no se resuelve para él, porque es como un uroboros. Y sentía que eso le proponía una natural estética que inyectada en su vida, la hacía extraordinaria para él.
Por: Óscar Jairo González Hernández
Que él sentía un imán poderoso hacia el problema (la pregunta), que mantenía con el movimiento hacia lo extraordinario. Y que lo que problematizaba le era extraordinario. Como decía el artista dadá Francis Picabia: El arte es ante todo buena voluntad de la ilusión. Hemos de crear por nosotros mismos; ¡vaya fenómeno, lo extraordinario!; lo extraordinario solo debe compararse con el que pinta, ya que lo extraordinario se halla lejos de lo común, de lo vulgar y de lo banal; entonces ya no se trata de la eterna deformación, la eterna imperfección que pintamos con el automatismo del porvenir (…)”
Y de la vida como un problema, contenía entonces la forma de su drama. Del drama que resultaba de la necesidad de teatralización de su vida. Tenía que hacerla así, para que los problemas, que tanto proponía, que tanto le obsesionaban, que tanto lo escindían de la relación con los otros, provenían de la observación de la vida, de sentir lo insaciable hacia ella, y de tenerse como mediador con y en la realidad, su realidad, que se realizaba desde las mismas coordenadas de lo extraordinario que menciono, conectado con las trombas del azar, la turbulencia destructiva de la tromba, las que hacía suyas, en su naturaleza.
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Problema como trombas que lo dramatizaban de esa realidad. Pero consideraba que le daban un sentido a su vida, a la vida que quería llevar, que había decidido llevar, conociendo las consecuencias de eso que había decidido o que lo decidía ante sí mismo y ante los otros. Contenía él en sí mismo el carácter de quien decide; lo mostraban como un hombre de carácter, lo que no tenía mucha trascendencia en su mundo o su visión del mundo, porque podía en cualquier momento no ser hombre de carácter, no tenerlo. Y destruirse a sí mismo, sin mediación de nadie, dado que se mantenía en el drama, en el problema de su dramatización estética, como Saturnino, el patafísico personaje de la novela “El problema” de Queneau. Quería ser como él.
El arte o la vida estética, como estaba dentro de sus ideales concretos, cosa rara, eso de los ideales concretos, pero él los concebía así, los había construido para sí, desde lo ideal concreto (no como el idealismo mágico de los románticos alemanes, no lo era, no lo sería nunca, sino que sería al revés de ellos; porque como decía de él, siempre quiere llevar la contraria), para contener los excesos demenciales del realismo, que dominaba y sometía a todo el mundo que conocía, a todos (as), con los que tenía relacionarse.

No era demasiado dado a tener relaciones con otros (as), por su mismo carácter, no por nada más. Nada de odios o miedos, o prevenciones o discriminaciones, o lo que sea. O mediocre imitación. Como entonces esa vida estética le proponía nuevos problemas, como el de la formación de sí mismo, pero también, entonces, como formación de los otros, en el medio en que vivía, en que se hacía vivir, pues no se examinaba desde ahí, desde el mundo estético, del arte por el arte, como lo decía en sus dramas que representaba, sin que nadie lo hiciera evidente o se hiciera consciente de los dramas que él representaba sin más, sin medios, sin escenario, sin teatro, sin vida teatral, como debía ser para él. Era un esteta del cinismo (recordaba sus lecturas de Peter Sloterdjik, sobre la “razón cínica”).
En ese problema de la formación de otros, haciendo un trayecto en una sala de exposiciones, observa que entran a la misma, allí donde estaba solo, tres empleadas de oficios varios, que inmediatamente, en su mirada, transformó, para su goce y gusto, en las “Tres Gracias” de Boticelli (“La Primavera”), para sus “meditaciones estéticas”. Todo eso ocurría mientras él estaba allí, haciendo su tarea de formación desde su autodidaxis, ya que todos (as) somos toda la vida formados por nosotros mismos, desde la inquietud problemática y la inquietud dramática, y que hace obcecadamente, porque es obcecado en su carácter, como lo es de la irritación el otro, que es su otro yo.

Observo que ellas ya miraban la muestra y hablaban entre ellas: ¿qué dirían, qué harían después, a quién le contarían que estuvieron allí? ¿Y con quién tratarían sobre ella, cómo sería su relato alrededor de eso que hicieron dentro de ese mundo de un escultor? ¿Qué es un escultor para ellas tres? ¿Qué tratado escribirían sobre la askésis del arte, o no decir nada, reírse burlonamente? O quizá, cómo comenzarían, entonces por sí mismas, su formación, su preparación para la vida estética. Cómo irían a hacer esto. O nunca ocurrirá nada, puede ser, sin duda.
Deduce entonces, qué la formación proviene del interés de cada uno en el comienzo, y que después podría sentir o no necesidad de formarse más, por lo que querría saber de lo que él hace con su vida como esteta melancólico, y lo buscarían para tener contacto con él. La vida estética lo es, porque problematiza todo, para expandir la certeza de que el arte, la vida estética es un exorbitante problema que no se resuelve nunca. Y que por eso lo obsesiona, por eso se instala en él, como en una instalación de arte, como por decir, en una de las de Allan Kaprow. ¿De quién, por qué?
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