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Daniel Jiménez Bejarano: “Cielos de Caña Dulce”

¿Qué lo llevó a usted a hacer este libro, cómo lo hizo, en dónde se instaló para ello; quiénes viven en este libro como historia, como misterio indecible o decible; qué lo hizo llamar este libro: “Cielos de caña dulce”; cómo forma y estructura su haikú, su naturaleza para usted y cómo lo relaciona c

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Redacción IFM
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Daniel Jiménez Bejarano: “Cielos de Caña Dulce”


Por: Óscar Jairo González Hernández

¿Qué lo llevó a usted a hacer este libro, cómo lo hizo, en dónde se instaló para ello; quiénes viven en este libro como historia, como misterio indecible o decible; qué lo hizo llamar este libro: “Cielos de caña dulce”; cómo forma y estructura su haikú, su naturaleza para usted y cómo lo relaciona con su mundo de las sensaciones, y cómo hace usted para poseer la palabra o las palabras como haikú o haikúes, en su realidad e irrealidad, de una mística o de un ascetismo?

Son demasiadas cosas por las que indagas. Intentaré abordarlas desde la memoria anterior al libro, desde mi primer contacto con esta forma poética y sus ecos, sus evocaciones y sugerencias. Comencé a entrenar karate- do en el año 1982, más influenciado por las películas de Chuck Norris y de Bruce Lee, que porque tuviera un interés especial en el oriente y su cultura.

Tenía doce años y mis inquietudes no eran precisamente filosóficas. Dejé de entrenar en el 86, pero quedé irremediablemente enamorado del Japón, del Bushido, de las leyendas de monjes guerreros y de samuráis honorables. Y fue justamente en el año 1986 que leí mi primer haikú: “Césped de verano:/de valerosos guerreros plácidamente sueña la segunda ciega.” Basho, por supuesto, en una traducción horrible, pero hasta el día de hoy resuenan en mí esos versos poderosos y enigmáticos, una extraña epifanía hecha de música e intuiciones inasibles.

Desde esa época soñé con hacer haikú, hasta que la ocasión llegó en el 2021: confinamiento, pánico, engordé 19 kilos, no salí de mi departamento en esos dos años de pandemia, y curiosamente no escribí poemas o prosa más allá de algunas reseñas: me asombraba el hecho de que en un mundo confinado, continuaran las desapariciones, las masacres, los genocidios, en una palabra, la insensatez. Por debajo de la solidaridad, germinaba una crueldad innombrable, cobijada por la cobardía de los que no salimos, de los que, como yo, solo miraban el cielo desde la ventana, al atardecer, antes de que empezara la locura.

Creo que los atardeceres más bellos del mundo se ven en el Valle del Cauca, y en concreto acá en Palmira: esos atardeceres, fueron los donantes del título del libro, aquí el cielo se junta con los cañadulzales en una danza prodigiosa. Y confinado, oía y veía noticias, la muerte continuaba su festín como si el virus solo fuera un aperitivo. De ahí un libro de haikús para nombrar esos desplazamientos, esas fosas comunes, esos asesinatos selectivos.

La verdad, solo leo haikú clásico, y le tengo prevención a leer haikú contemporáneo, me aburren las sombrillas de papel, las flores de cerezo, los arroyos y las lunas, nombrados por gente que solo quiere imitar a Shiki o a Issa. Pero consideré que era el haikú la forma que necesitaba para nombrar ese miedo, esa decepción de humanidad, ese dolor de patria, pues me mantenía lejos de la poesía “social”, de la poesía “comprometida”, tan llena de sensiblería sangrante y panfletaria, a la vez que posibilitaba el enigma, la sugerencia, el presagio de algo que podía revelarse, más allá, y más acá de la violencia. Durante la pandemia escribí unos 400 haikús de los que solo sobrevivieron, los que aparecen en “Cielos de caña dulce”. Espero haber honrado la tradición del haikú, desde una voz, que no sé si sea valiosa o capaz, pero que es mi voz, y la honro.

Selva y montaña, destino de los cuerpos que el miedo siembra.

Nombres perdidos; en murales de pena, la ausencia vive.

Sombras de fuego, gritan en sus recuerdos sin apagarse

Brilla su risa aun entre las ruinas destella la vida

Lluvia y silencio, sueña que tiene un techo dentro del agua.

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