Cuaderno del Bosque de Pino (1947)FRANCIS PONGE (1899-1988)
Nada más que un libro desprevenido, desprevenido pero prevenido de sí mismo, de los bosques de pinos
Por: Óscar Jairo González Hernández. Docente e investigador
Para Ángela Inés, que ha vivido en este libro con nosotros.
Nada más que un libro desprevenido, desprevenido pero prevenido de sí mismo, de los bosques de pinos. Y uno como un bosque pinos, observándose, sí, como un bosque de pinos y el bosque pinos observándolo a él. Distribución del sentido, distribución del sentir. En la observación de sí mismo, está el bosque de pinos. Y lo descubre, lo cubre también. Ya que lo intencional aquí, está dado por la tensión que se provoca del observarse de sí mismo.
Nadie se conoce a sí mismo, se podría decir, pero al contrario, hay muchos o ha habido quienes si se conocen a sí mismos, así sea, en la diseminación derribada o en la inclinación exaltada, no necesitan pues, corroborarlo, sino sentirlo, eso ha hecho Francis Ponge, en este libro. Definitivamente, es preciso que vuelva al placer del bosque de pinos. ¿En qué consiste este placer? Principalmente en esto: el pintar es una pieza de la naturaleza, hecha de árboles todos de una especie netamente definida; pieza bien delimitada, generalmente bastante desierta, donde uno encuentra refugio contra el sol, contra el viento, contra la visibilidad; pero no refugio absoluto, no aislamiento. ¡No! Es un refugio relativo. Un refugio no disimulado, un refugio no mezquino, un refugio noble.
La mismidad del yo, que se busca provocadoramente, que se inquieta obsesivamente, que se reclama, insistencialmente (esa terminación en mente, que tanto detestaba Borges), que se invade del bosque, que lo reconoce como él se reconoce a sí mismo, en la tarea de la introyección que lo mueve, que lo sitúa, que lo hace membrana sustancial, sin saberlo, siendo medido, reservado, tímido, va extrayendo del bosque su misterio; es el pino, pero también es el bosque. No hay más.
Él, los pinos, el bosque, la mirada va haciendo su trabajo de alimentarse, no de extraer nada, no de devorar nada sino de mirar, quedarse mirando eso es, fija en lo que ocurre en la naturaleza del bosque, en su naturaleza de mirada, que se fascina en sí misma.
Y una rama le dice de lo que sabe, la rama le habla, pero de la misma manera lo hace la hoja que ha caído al suelo, que forma, lo estructura de otra manera (no es que los bosques de pinos sean estructuralistas), dado que ese incidente sobrenatural, transforma el bosque, lo hace otro, como al mismo Ponge.
Eso es lo que dice en este relato del bosque de pinos: Es maravilloso: estos tapices de jade, en estas comarcas donde hubiera parecido que todo interés vegetal se desprendiera, donde todas las ramas bajas se derribaran, muertas en masa.
Masa que lo encandila, lo hechiza, lo conmueve. Y así el bosque mismo es encandilado, hechizado, conmovido por quién lo mira; porque entonces es aquí en este libro como un animal vivo, un animal que vive. Instinto animal en el bosque, allí se mueve así la tierra, la lluvia cuando cae, la tormenta cuando se va, lo que queda, lo que es, lo que está siendo, y que percibe el que observa, el que se mete allí con todos sus sentidos trabajando.
El trabajo dinámico de los sentidos. Ejercicio de los sentidos. Cada bosque de pinos es como un sanatorio natural, también un salón de música… una cuarto, una vasta catedral de meditación (una catedral sin púlpito, por suerte) abierta a los cuatro vientos, pero con tantas puertas que es como si estuvieran cerradas. Pues ahí vacilan ellos.
Nombrar el bosque, es incendiarlo para que por medio de la combustión sea percibido de otra manera. No se trata aquí de un incendio que quema, al contrario, es un incendio que desnuda los secretos inconmensurables de la naturaleza, de la contracción que hace en él lector del bosque, que se interviene así mismo, pues en él, lo dice, también hay bosques, inventa de ser necesario los bosques que hay entre los huesos de su cráneo, su masa ósea y los músculos del tórax, su masa muscular.
Ya que nada desean saber los bosques de los hombres que no se conocen a sí mismos como naturaleza. No les da miedo, desconocerlos.
Y eso lo hace hacerse naturaleza a sí mismo. No se da una contradicción entre lo uno y lo otro, se forma una mixtura, una mezcla, inescindible. Eso es lo que intenta Ponge. Y lo alcanza. Todo está ahí dispuesto, sin exceso, para dejar al hombre a solas. Ahí vegetación y animación son relegadas a las alturas. Nada que distraiga la mirada. Todo para adormecerla, a través de esta manipulación de columnas similares. No hay anécdota. Todo desarma la curiosidad. Pero todo esto casi sin quererlo y en el medio de la naturaleza, sin separación tajante, sin voluntario aislamiento, sin grandes gestos, sin colisiones.
Es de la melancolía de la que se trata, el bosque de pinos lo es, así es observado, así es intervenido, sutilmente, sin estrujarlo, sin constreñirlo, sin asustarlo. Y por eso la escritura del bosque se hace pues, con las raíces mismas del bosque, con los hilos naturales, se escribe con las hojas, con los tallos, con las ramas, con las raíces de los árboles que forman el bosque de pinos, de allí deviene con su misterio.
Inalterado, tranquilado, intimo, sereno en sus turbulencias, en su misterio explicable e inexplicable, visible e invisible, como es un bosque de pinos, o como nos los transmite desde sus percepciones insólitas y herméticas, Francis Ponge. Y como nos lo hace saber y ya de esta incursión imantada: “18 de agosto de 1940. En agosto de 1940 gané la confianza de los bosques de pinos. En esta época, estas especies particulares de hangares, galpones y cobertizos naturales tuvieron la suerte de salir del mundo mudo, de la muerte, de la irrelevancia, para ingresar en el de la palabra, de la utilización por el hombre para sus fines morales, en fin en el Logos o, si se prefiere, y por analogía, en el Reino de Dios.
La vida de poeta (Robert Walser), vivir como poeta, es lo que lleva a Ponge, hacia la naturaleza, lo hace realizar movimientos de inclinación intensa desde sí mismo, lo concentra en la realidad misma de la naturaleza, aquí del bosque de pinos para decirla, para decirse en ella.
Libro íntimo que intimida por su reflexión provocadora, resultado del éxodo (otro libro) que hace por el bosque de pinos, éxodo del que hace la exhortación del bosque, del bosque de CHAMBON-SUR-LIGNON, o sea, su camino de bosque (M. Heidegger). Inventario de los bosques, escritura de los bosques, es el libro de Ponge; su fascinado trayecto por entre los oquedales. Exigencia y rigor literario, enmarcan la prosa fluida y fluyente, porque hace fluir, en la que nos hace deslizar Ponge, constituyen uno de sus mayores atributos y méritos como poeta y escritor, como lo decía Sartre: Ponge considera al habla una verdadera concha que nos envuelve y protege nuestra desnudez, una concha que hemos segregado a la medida de nuestros cuerpos tan blandos. El tejido de las palabras tiene para él una existencia real, perceptible: ve las palabras a su alrededor, alrededor de nosotros.

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