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Bairo Martínez: “Hoy siento que mi mundo estético está formado, pero no clausurado.”

Por: Óscar Jairo González Hernández ¿Qué lo movió, que lo llevó y como decidió, en qué momento, realizar este trayecto hermoso y turbulento sobre sí mismo; dónde radico esta necesidad de hacer su historia, de indicarla y mostrarla; qué tensiones se causaron en usted para resolverse como artista y de

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Redacción IFM
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Bairo Martínez: “Hoy siento que mi mundo estético está formado, pero no clausurado.”

Por: Óscar Jairo González Hernández


¿Qué lo movió, que lo llevó y como decidió, en qué momento, realizar este trayecto hermoso y turbulento sobre sí mismo; dónde radico esta necesidad de hacer su historia, de indicarla y mostrarla; qué tensiones se causaron en usted para resolverse como artista y decir aquí, en este libro “El oficio de perderme”, de su formación estética, de las sensibilidades que mueven su yo, hasta extremos provocadores, o qué medida le da ese mundo formado y que está en formación; y por qué lo tituló así, qué es el oficio, y por qué perderse, qué busca decir al lector y espectador en este proyecto nuevo, y relación extracto de la relación pintura y escritura y cómo se dio, que catarsis hizo o hacía, del método?

Quizás la mayor motivación para escribir «El oficio de perderme» fue responder una pregunta que me venía persiguiendo desde hacía años: ¿por qué terminé en el mundo del arte?, ¿Dónde está la génesis de esa decisión? Quise revisar en mi infancia, en mi entorno familiar, en mis ancestros, para entender si se trataba de algo heredado, genético o puramente circunstancial. Esa búsqueda se convirtió en un ejercicio de memoria, pero también en una exploración íntima de los hilos invisibles que tejen una vocación.


Aunque en mi obra plástica la palabra siempre ha estado presente —en títulos, fragmentos, inscripciones o textos de sustentación conceptual—, este libro nació como una necesidad paralela. No como un complemento de la pintura, sino como un espacio propio para condensar una parte esencial de mi vida, con todas las limitaciones y las traiciones que la memoria puede producir, y con los pequeños desvíos que la ficción concede para alcanzar una verdad más honda.

Hubo, sin duda, un punto de inflexión. Tal vez llegó con los años, con la conciencia del tiempo recorrido y la necesidad de hacer balance: de mirar hacia atrás y asumir, sin rubor, lo duro que ha sido el camino. No fue sencillo llegar a ser artista, ni sostenerse en esa decisión. El libro nace precisamente de ese impulso: de reconocer el trayecto, con sus vicisitudes, sus pérdidas y aprendizajes, y de intentar comprender quién soy hoy, aunque todavía no lo tenga del todo claro.

Creo que, en el fondo, había una necesidad de reconciliarme con mi pasado, con mis orígenes, y de preservar la memoria de todo aquello que me formó. Pero más allá de eso, sentí el impulso de tener el coraje de develar con honestidad una realidad que en algún momento de mi vida me resultó incómoda, incluso vergonzante. El mundo del arte está lleno de apariencias, de máscaras, de discursos elaborados que muchas veces esconden fragilidades. En ese contexto, hablar desde la verdad —con sus heridas, sus carencias y sus contradicciones— se convierte casi en un acto de resistencia.

El oficio de perderme surge, entonces, como una forma de poner en palabras lo que muchos prefieren ocultar: los comienzos humildes, las renuncias, las derrotas necesarias. Escribir fue para mí una manera de no olvidar, de asumir que el origen no es una carga, sino un territorio que nos pertenece. Y al mismo tiempo, comprendí que esa experiencia personal podía tener un valor literario: podía transformarse en relato, en prosa, con ritmo, con cadencia, con la dosis de poesía que la memoria concede.

Más allá de contar mi historia, deseaba escribir un texto ameno y humano, que reflejara las peripecias que tantos artistas hemos debido atravesar para llegar a ser lo que somos. En el fondo, el oficio de perderme es eso: un pretexto para hacer literatura desde la vida misma, para mirar atrás sin nostalgia ni artificio, y para decir, sin miedo, que todos los caminos —incluso los más difíciles— dejan huellas que merecen ser contadas.

Las principales tensiones que enfrenté no fueron tanto académicas como vitales. Venía de un origen humilde, y eso implicaba convivir con la incertidumbre de la precariedad, con el miedo al futuro y con la duda de si sería posible sobrevivir en un medio tan exigente, tan clasista y, en ocasiones, tan snobista como el del arte. Comprendí muy pronto que el camino no sería fácil y que, para sostener mi decisión, debía asumirla casi como un acto de fe. Las mayores batallas se libraban dentro de mí. Eran mis miedos, mis zonas grises, mis contradicciones.

Llevaba conmigo la carga de querer salir de un entorno desfavorable, pero también la necesidad de no traicionarlo, de no olvidar de dónde venía. Entendí, con el tiempo, que el mundo del arte que soñaba no existía tal cual, que era yo quien debía ir dándole forma, construyendo mi propio territorio desde la búsqueda, el error y la experiencia.

Escribir El oficio de perderme fue, en parte, una manera de liberar esas tensiones. No sé si las resolví, pero sí las comprendí mejor. La escritura se convirtió en una forma de catarsis, un espacio donde podía mirar mi historia con distancia y ternura. Como me dijo alguna vez mi esposa, mientras revisaba el manuscrito: “El texto es ameno de leer, y de paso te estás ahorrando lo del psicoanálisis”.

Quizás tenía razón: escribir fue una forma de reconciliarme conmigo mismo, sin necesidad de buscar respuestas definitivas. Mi formación fue un proceso diverso y enriquecedor. En Medellín tuve la oportunidad de vivir distintas formas de enseñanza artística: desde una formación eminentemente técnica y no formal, hasta programas universitarios sustentados teórica y conceptualmente.

Aunque el propósito final era el mismo, descubrí diferencias sustanciales entre las instituciones, en su manera de concebir la práctica artística y en la relación entre el hacer y el pensar. Esa multiplicidad de enfoques me permitió construir una mirada crítica, más amplia y consciente de lo que implica ser artista en un contexto como el nuestro.

Madrid representó otra dimensión. No tanto por las diferencias académicas —la academia, al final, habla un lenguaje universal—, sino por los recursos, las oportunidades y, sobre todo, el contraste cultural. Estar inmerso en otro entorno, con otra historia y otro ritmo, amplió mi horizonte. Poder visitar con frecuencia los grandes museos, ver en vivo la historia del arte occidental, fue una experiencia decisiva.

Ese contacto directo con las obras, con la tradición y con la contemporaneidad, transformó mi manera de mirar y de comprender el arte. En cuanto a las sensibilidades que mueven mi obra, diría que son las de corte existencial las que más me convocan: la condición humana, la libertad, la responsabilidad, el propósito de la vida, la autenticidad, la angustia y la muerte. Me interesa explorar el absurdo, la alienación, la búsqueda de significado y esa libertad radical que tenemos para construirnos y dotar de sentido nuestra existencia. Hoy siento que mi mundo estético está formado, pero no clausurado.

Cada texto, cada obra, cada pérdida o hallazgo lo transforma. La creación es un territorio en movimiento: una identidad que se reconfigura con cada pregunta, con cada duda, con cada intento de volver a nombrar el mundo. Elegí el título El oficio de perderme como una metáfora de la vida misma.

“El oficio” alude a aquello que se ejerce día a día, con disciplina, con fragilidad y con constancia. Pero en mi caso, no se trata solo del oficio del artista, sino del oficio de vivir, de buscarse, de rehacerse una y otra vez. Es una práctica cotidiana, a veces no del todo consciente, pero sí reiterativa: la de quien intenta comprender su propio trayecto y darle sentido al desorden de la existencia.


“Perderme” es, a su vez, una forma de decir que busqué. Que mi búsqueda fue obsesiva, persistente, casi incesante. Me perdí en aulas, en ciudades, en países, en paisajes, en experiencias, en libros y en museos. Pero, sobre todo, me perdí en un viaje interior, tratando de encontrarme.

El extravío, en este caso, no fue una caída, sino una forma de descubrimiento: la única posible para comprender quién soy y de dónde vengo. Quisiera que el lector entendiera que la formación del carácter de un artista no depende únicamente de lo académico o lo estético, sino de todo aquello que la vida impone: las frustraciones, los miedos, las pérdidas, los hallazgos, las preguntas, las contradicciones. Ser artista, en última instancia, es una condición existencial, una manera de estar en el mundo y de responder a él desde la sensibilidad.

El oficio de perderme no busca reconocimiento. Es, más bien, un acto de honestidad: la voluntad de compartir, con humildad, el tránsito de un artista que ha hecho de su vida una materia de exploración. Una forma de decir que perderse, a veces, es la única manera posible de encontrarse. La palabra ha estado presente en mi obra desde el inicio. En mis años de formación ya escribía ensayos, textos académicos y algunos cuentos que hice completamente a mano y que hoy se perdieron, como me he perdido yo en algunos de mis viajes. La escritura también se manifestó en los títulos de mis obras y, de manera fundamental, en la sustentación conceptual de cada serie que he desarrollado. Desde 1994 y hasta hoy, la palabra ha sido una presencia constante dentro de mi práctica artística, una forma de acompañar y, a veces, de expandir la imagen. La pintura y la escritura se relacionan íntimamente.

En muchas ocasiones recurro a palabras o frases que se integran de manera orgánica en la obra; otras veces, la literatura que leo y las reflexiones personales se transforman en detonantes visuales. Ambos lenguajes se nutren y se complementan: la palabra fortalece el pensamiento plástico, y la pintura le da cuerpo a la intuición poética. En conjunto, conforman una misma búsqueda: la de dotar de sentido a lo vivido a través de diferentes medios de expresión.

Cuando escribo, siento que también pinto. Que las palabras son pigmentos que busco combinar hasta crear imágenes en la mente del lector. La escritura me permite comunicar, pero sobre todo, imaginar; es un ejercicio de visualidad interior. Y quizás por eso ambos oficios —el de pintar y el de escribir— me resultan inseparables: porque, en el fondo, los dos nacen del mismo impulso de mirar y de decir.


El oficio de perderme nació, ante todo, de un deseo interior de escribir, de construir un relato que me permitiera emprender un viaje hacia mi propio interior. En ese proceso se entrelazaron varias dimensiones: una liberación emocional, una comprensión profunda de mi historia y, sin duda, una forma de sanación. Escribir fue abrir una puerta hacia atrás y adentrarme en los pasillos de mi memoria, no para quedarme allí, sino para entender cómo cada experiencia, incluso las más difíciles, había modelado mi sensibilidad y mi vocación. Cuando empecé, no sabía con claridad a dónde iba a llegar. Pero en la medida en que avanzaba, el texto fue encontrando su propio cauce. Se fue configurando como una narración casi cronológica, anclada en lugares concretos y en un tiempo convulso de mi vida. Esa claridad espacial y temporal facilitó el proceso de escritura y me permitió ir organizando el relato como quien arma un mapa de sí mismo, paso a paso, hallazgo tras hallazgo.

En lo personal, el libro me dejó un deseo profundo de seguir escribiendo. De hecho, ya he avanzado en un nuevo proyecto literario. En lo artístico, reafirmó mi vocación y el sentido de mi paso por esta dimensión: entendí que escribir y crear son gestos que se retroalimentan, que ambos surgen del mismo impulso de búsqueda. Y sí, me dejó una sensación de alivio, pero también de continuidad.

Este libro, cuyo germen principal es mi propia vida, fue escrito para mí; sin embargo, fueron mis seres queridos, mis confidentes y mis amigos quienes me animaron a compartirlo. Ese acto de entrega, de sacar a la luz lo íntimo, me llena de un orgullo sereno.

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