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(Análisis) El quinterismo y su apuesta presidencial. Entre la rebeldía calculada y la sombra de la corrupción

La renuncia de Esteban Restrepo a su cargo en Ecopetrol para asumir la jefatura de campaña presidencial de Daniel Quintero volvió a poner en el centro del debate el alcance real del quinterismo y la manera en que este movimiento ha sabido instalarse en entidades estatales estratégicas, pese al recha

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Redacción IFM
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(Análisis) El quinterismo y su apuesta presidencial. Entre la rebeldía calculada y la sombra de la corrupción

La renuncia de Esteban Restrepo a su cargo en Ecopetrol para asumir la jefatura de campaña presidencial de Daniel Quintero volvió a poner en el centro del debate el alcance real del quinterismo y la manera en que este movimiento ha sabido instalarse en entidades estatales estratégicas, pese al rechazo ciudadano que acompaña a su líder.

Restrepo, mano derecha de Quintero desde la alcaldía de Medellín y candidato derrotado a la Gobernación de Antioquia, ocupaba hasta hace pocos días un cargo clave como secretario privado bajo las órdenes de Ricardo Roa, presidente de Ecopetrol, también cuestionado por presuntos hechos de corrupción en la campaña de Petro Presidente de la que fue gerente. El salto inmediato de Restrepo hacia la campaña de Quintero confirma que, lejos de la narrativa “antisistema” que se intenta proyectar, el quinterismo se ha beneficiado de espacios privilegiados dentro del propio Estado.

Quintero y la estrategia del ruido

El exalcalde de Medellín ha cimentado su identidad política en medio de polémicas y rechazos públicos en medio de la sombra de ser un ícono de la corrupción. Abucheado en distintos escenarios cuando era alcalde, la tendencia no solo continúa, sino que crece. Las manifestaciones de repudio, ahora como precandidato, se han dado desde el Congreso Nacional de la ANDI en Cartagena, con los empresarios más destacados del país; hasta el Festival Petronio Álvarez, donde confluyen las clases más populares y modestas. En todos estos escenarios, recientes, le han gritado “ladrón”. Quintero parece convencido de que la visibilidad, incluso en negativo, le suma protagonismo en la escena nacional, pese a ser quien representa la corrupción que el país ha rechazado y sigue rechazando.

Para sus seguidores, su estilo confrontacional lo muestra como un político que desafía a las élites y rompe con lo tradicional. Para sus críticos, se trata de un cálculo que confunde notoriedad con respaldo popular. La etiqueta de “ladrón” que lo persigue en manifestaciones públicas refleja más un rechazo masivo que un capital electoral consolidado, en donde quien se engaña, es el propio Quintero.

La red más allá de Ecopetrol

El caso de Restrepo no es aislado. Ecopetrol es solo una de las entidades en las que se han instalado figuras vinculadas al círculo político de Quintero, muchas de ellas, tan cuestionados como el mismo exalcalde. El quinterismo, bajo el paraguas del petrismo, al que han logrado permear; ha logrado hacerse un lugar en instituciones como la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), el SENA, ISA, la Agencia Nacional de Tierras y el Departamento Nacional de Planeación, entre otras; en donde han encontrado refugio para continuar con su tendencia de oscuro proceder. En estas entidades continúan “franquiciando” la contratación y los puestos como en una subasta, replicando el modelo ensayado en Medellín, para usar los recursos que obtienen, en la financiación del proyecto político. Varios de estos episodios vienen siendo investigados por los entes de control, pero su modelo, cada vez más refinado, comienza a realizarse sin dejar rastro

Lejos de ser un reflejo de poder popular, esta presencia quinterista en las entidades del Estado, obedece más bien a cuotas burocráticas y favores políticos que bien han sabido cobrar, en muchos casos, en contra de izquierdistas pura sangre, quienes son sus más férreos enemigos dentro del gobierno. Carrillo, Bolívar, De Francisco, Muhamad; han sido algunos de los que lo han confrontado.

Lo paradójico es que, mientras en las calles y escenarios públicos el rechazo hacia Quintero se hace evidente, en los despachos estatales su círculo de confianza, “cae parado”, accediendo a posiciones estratégicas desde donde se alimenta su proyecto político y la capacidad de financiarlo, con “vueltas” que ya probaron en la Alcaldía de Medellín, en procesos que han ido refinando para evadir el control y la justicia.

No por nada el quinterismo ya cuenta 43 imputados del círculo cercano al hoy precandidato del Pacto Histórico. Estos imputados cayeron por sus actos de corrupción, en modo prueba, que realizaron en Medellín. Hoy, en el aparato estatal nacional, evolucionaron los métodos y resultados.

Este contraste revela la naturaleza del quinterismo: un movimiento que se presenta como rebelde frente al sistema, pero que ha encontrado en el sistema mismo, el terreno fértil para sostenerse y proyectarse, cada día logrando más impunidad, o al menos, lograr pasar desapercibido.

Restrepo, pieza clave en la campaña

La llegada de Esteban Restrepo a la jefatura de campaña de Daniel Quintero, busca dotar al Exalcalde de Medellín, de un operador experimentado, de confianza y sin prejuicios éticos. Su rol será articular lo que hasta ahora ha sido más un experimento mediático que un proyecto político coherente. Sin embargo, su salida de Ecopetrol alimenta la percepción de que el quinterismo se vale de conexiones dentro del Estado para asegurar estructura y logística.

Restrepo, recordado por su intento fallido de llegar a la Gobernación de Antioquia, es también símbolo de un círculo de lealtades que se mueve al ritmo de la conveniencia política. Su cercanía con Roa, y la permanencia de otros quinteristas en cargos públicos nacionales, sugieren que la campaña presidencial de Quintero se sostiene sobre una red aceitada en las entrañas del Estado.

Ideología líquida, pragmatismo absoluto

Si algo caracteriza al quinterismo es su falta de definición ideológica. Quintero ha transitado por diferentes partidos y colectividades, acomodándose a coyunturas políticas del momento y alianzas sin ética. Así, Quintero ha pasado por la derecha más representativa en el partido conservador, yendo al liberal moderado, acomodado también en el partido de la U siendo santista, creó su propio movimiento del Tomate, saltó en algún momento al liberalismo de Humberto de la Calle y fue su gerente de campaña a la presidencia, aterrizó en el partido liberal oficial de Gaviria, hizo guiños a Cambio Radical en Antioquía y terminó en la izquierda más radical del Pacto Histórico a través de su movimiento Independientes, que se quedó sin personería jurídica.

Hoy, bajo el ala del Pacto Histórico, que logró permear, inicialmente comprando renglones en las listas de congreso y luego con lobby y acuerdos con Petro; busca proyectarse como parte de una izquierda con la que nunca se había identificado. Es más, miembros ideólogos tradicionales de la izquierda, lo reconocen como un “aprovechado que aterrizó en paracaídas”, como alguna vez lo expresó Gustavo Bolivar y por eso, no solo no lo reconocen, sino que lo rechazan.

Entienden que la única ideología del quinterismo es la que da el dinero, venga de donde venga. Señalan que ni Quintero ni sus aliados, saben qué es y qué significa realmente ser de izquierda. Por eso personas como Susana Mohamed, le recriminaron la “cosificación utilitarista” de la bandera de Gaza en la Andi. Para los que saben que es ser de izquierda, eso tiene un sentido que Quintero no conoce. Y se lo recordaron cuando le demostraron que cuando era alcalde, era el más “pro Israel” de todos en Colombia. Así, pues, aunque su trayectoria y prácticas políticas reflejan más bien un pragmatismo absoluto, lo único que demuestra que le importa, es el acceso a recursos y espacios de poder, que aprovecha.

Este rasgo le permite moverse con flexibilidad, pero también lo despoja de legitimidad ideológica. A diferencia de movimientos que han defendido históricamente banderas de izquierda, el quinterismo parece centrado exclusivamente en la oportunidad burocrática y económica, sin importar los principios políticos que queden en el camino. “Quintero quiere llegar a la presidencia, no defendiendo ideas, porque no tiene; sino ambicionando el dinero que el Estado maneja”, señalan desde las propias toldas del Pacto Histórico, donde curiosamente, tiene a sus más fuertes enemigos.

Entre la rebeldía y el clientelismo

La contradicción es evidente. Mientras Quintero insiste en presentarse como un líder rebelde, perseguido por las élites y señalado por enfrentarse al poder, su entorno más cercano aprovecha las estructuras estatales como plataforma para consolidar su proyecto y financiarlo.

El ingreso de Restrepo a la campaña y la presencia de quinteristas en entidades como Ecopetrol, UNGRD, SENA, Agencia de Tierras, ISA y Planeación Nacional, reflejan no tanto un poder popular en ascenso, sino un aprovechamiento sistemático del Estado, disfrazado bajo el relato de outsider.

Quintero propone lo que a todas luces es imposible, como lo es “resetear” el Estado. Pero la contradicción es que hoy, sobrevive gracias a lo que supuestamente quiere acabar: las instituciones del Estado. El nivel de “reseteo” que plantea va más allá de un simple sofisma dentro del discurso populista y pasa por la fantasía de la ingenuidad, en una propuesta que no se logra ni con una dictadura, cómo lo señalan los expertos en análisis político. “Es la metodología del engaño populista”, apunta un experto académico de la Universidad Nacional en Medellín.

¿A qué juega el quinterismo?

La pregunta inicial sigue vigente. ¿Es Quintero un político que apuesta a consolidar un movimiento antisistema o, por el contrario, un pragmático que utiliza la narrativa de la rebeldía como fachada para acceder al poder?

El hecho de que cargue con múltiples imputaciones judiciales a sus espaldas, a parte de la suya propia, con 43 exfuncionarios y contratistas de su administración procesados más los investigados; y que continúe rodeándose de personajes vinculados a investigaciones por corrupción, refuerza la percepción de que el quinterismo se mueve entre la retórica de cambio y las prácticas tradicionales de clientelismo y manejo opaco de lo público.

La incorporación de Restrepo a su campaña no solo busca darle estructura y experiencia, sino también blindar al proyecto político con alianzas y saberes adquiridos dentro del propio Estado, algo que contradice el relato de independencia frente al sistema.

El quinterismo se mueve en una paradoja: dice representar la rebeldía y el cambio, pero opera mediante las lógicas más tradicionales de la política colombiana y bajo la sombra de la corrupción que representa. Daniel Quintero, imputado y con más de 40 exfuncionarios procesados de su administración en Medellín, insiste en que figurar en los titulares, aun por hechos negativos, es una forma de crecer políticamente.

La realidad, sin embargo, muestra otra cosa, un movimiento que no logra conquistar legitimidad popular, pero que sí sabe ubicarse dentro del Estado para mantener su vigencia. La incorporación de Esteban Restrepo a la campaña es un eslabón más en esa estrategia. Por el proyecto de Quintero, es claro que sí habrá votantes, aquellos que viven como sanguijuelas desangrando el Estado, los megacotratistas, los cárteles de la contratación, los delincuentes de cuello blanco, los mafiosos, los que compran las franquicias de la contratación estatal, los que pagan coimas para obtener contratos, los que actúan como parásitos del erario.

Ese nicho, lastimosamente es grande en el país, está enquistado en los sistemas públicos, mueve votos desde Itagüí hasta La Guajira, desde Cauca hasta Caquetá y Putumayo, desde Arauca hasta Coveñas, desde Córdoba hasta Bogotá, desde las cárceles hasta las calles. Por esta razón, el peligro está es en que el proyecto político del quinterismo, sí se hace viable, pues en esa ideología, solo manda el dinero.

No obstante, el desafío para Quintero no será solo revertir la percepción de corrupción que lo persigue, sino demostrar que su proyecto trasciende el ruido mediático y el aprovechamiento burocrático. De lo contrario, su aspiración presidencial corre el riesgo de ser percibida como un ejercicio de oportunismo político más, sostenido en el rechazo popular que dice combatir, pero del que en realidad se alimenta.

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