(ANÁLISIS) El M-19: De las armas al poder presidencial en Colombia. Dos lecturas de Gustavo Petro en el poder
El Movimiento 19 de Abril (M-19), que comenzó como un grupo guerrillero y terminó por integrarse a la vida política colombiana, es quizás uno de los ejemplos más complejos y debatidos en la historia reciente de Colombia.
El Movimiento 19 de Abril (M-19), que comenzó como un grupo guerrillero y terminó por integrarse a la vida política colombiana, es quizás uno de los ejemplos más complejos y debatidos en la historia reciente de Colombia. Su recorrido, desde la más cruel lucha armada hasta la Presidencia de la República con Gustavo Petro, refleja dos posibles lecturas que dividen las opiniones sobre la evolución del grupo y su impacto en el país.
Del combate armado a la política
Fundado en 1970, el M-19 surgió como una respuesta a las denuncias de fraude electoral en las elecciones presidenciales de ese año, que llevaron a la victoria del conservador Misael Pastrana. El grupo, adoptando un discurso de reivindicación social, optó por la lucha armada como medio para alcanzar el poder y “transformar” el país. A lo largo de las décadas de 1970 y 1980, el M-19 protagonizó una serie de acciones violentas insurgentes que lo colocaron en el centro del conflicto colombiano, como el robo de armas en el Cantón Norte, la toma de la Embajada de la República Dominicana y, tristemente, la sangrienta toma del Palacio de Justicia en 1985.
No obstante, el M-19 fue también pionero en la búsqueda de alternativas a la guerra en un contexto donde la lucha armada era vista como el único camino para muchos movimientos insurgentes. En 1990, tras un proceso de diálogo y negociación con el gobierno colombiano, el M-19 se desmovilizó y se transformó en un movimiento político legal, dentro del concepto de “todas las formas de lucha” para alcanzar el poder. A diferencia de otras guerrillas que se mantuvieron en la vía de las armas, el M-19 dio un salto significativo hacia la política institucional, participando en la Asamblea Nacional Constituyente que redactó la Constitución de 1991.
La primera lectura: El triunfo de la democracia
La desmovilización del M-19 y su paso a la política pueden interpretarse como una victoria de la democracia sobre la violencia. El hecho de que Gustavo Petro, antiguo militante del grupo, se convirtiera en Presidente de Colombia en 2022 representa, para muchos, el éxito de la transición democrática. Petro llegó al poder por la vía electoral, dentro del marco legal, en un país que ha vivido décadas de conflicto armado, demostrando que la política democrática es una opción viable para aquellos que alguna vez tomaron las armas.
Para quienes defienden esta visión, el caso del M-19 y Petro es un ejemplo para otras guerrillas que aún persisten en la violencia como método para alcanzar sus objetivos. Muestra que el diálogo y la participación política pueden ser caminos exitosos para impulsar cambios sociales y políticos sin recurrir a la violencia.
La segunda lectura: ¿El poder como plataforma para una nueva revolución?
Por otro lado, la presidencia de Gustavo Petro también ha despertado preocupaciones entre ciertos sectores que ven su gobierno como una plataforma para apoyar indirectamente la revolución armada. Esta lectura se basa en el concepto de “todas las formas de lucha” que algunos críticos atribuyen a Petro y su equipo, sugiriendo que, aunque ahora dentro de la legalidad, su gobierno podría estar impulsando políticas que beneficien a otros grupos armados ilegales. En esta interpretación, la Presidencia de un exguerrillero como Petro sería una forma de legitimación de las luchas armadas pasadas y presentes, promoviendo indirectamente la continuación de la revolución desde otros frentes.
Este temor se refuerza con la cercanía de Petro a sectores de la izquierda radical y la percepción de que su gobierno podría estar intentando socavar las instituciones democráticas en favor de una consolidación del poder apoyada por grupos armados que aún operan en el país.
El dilema entre la paz y la revolución
La historia del M-19 y su transición hacia la política plantea un dilema importante en la historia contemporánea de Colombia: ¿Es posible que un grupo guerrillero deje completamente atrás la violencia al ingresar a la política? ¿O siempre existirá el riesgo de que quienes alguna vez empuñaron las armas busquen, desde el poder, nuevas formas de fortalecer movimientos armados?
El caso de Gustavo Petro, como presidente que una vez fue guerrillero, es un reflejo de las tensiones que persisten en la sociedad colombiana respecto a la manera en que se construye el poder y se logran las transformaciones sociales. Su gobierno representa tanto una esperanza de que la política democrática triunfe sobre la violencia, como una preocupación sobre el potencial retorno de formas no democráticas de lucha bajo una nueva justificación.

La historia del M-19 y su impacto en Colombia sigue siendo un tema abierto a interpretación, un espejo en el que se reflejan las luchas y aspiraciones de un país que aún busca una paz completa y duradera.
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