Érase una vez un pueblito
Por Álvaro Ramírez González Las informaciones que llegan de Cali son dantescas. El saqueo brutal que están sufriendo las Empresas Municipales de Cali, no tiene antecedentes. Los órganos de control naturalmente no sirven, porque pertenecen a la misma calaña de saqueadores. Ellos los eligen. Las pregu

Por Álvaro Ramírez González
Las informaciones que llegan de Cali son dantescas. El saqueo brutal que están sufriendo las Empresas Municipales de Cali, no tiene antecedentes. Los órganos de control naturalmente no sirven, porque pertenecen a la misma calaña de saqueadores. Ellos los eligen.
Las preguntas obligadas son: ¿y dónde está Cali? ¿Dónde la clase dirigente caleña? ¿No se les ocurre nada distinto que observar cómo les saquean a Emcali? ¿Y donde está entonces el empresariado caleño? ¿Jugando golf? Me produce más vergüenza la pasividad de los caleños, de su clase dirigente y de su empresariado, que el saqueo mismo de Emcali.
Ya era hora de que le hubieran hecho una manifestación multitudinaria a Jorge Iván Ospina y a todo ese cartel que arrasa con Cali. O un paro empresarial; ¿qué tal que todas las empresas caleñas dejen de pagar los impuestos municipales y los servicios públicos? ¿Qué tal esa ralea de ladrones sin un centavo, producto de una sociedad que se les paro firme? Pero no veo más que pasividad, y cuchicheo cobarde en los clubes. ¿Se van a amarrar los calzones los caleños o se van a dejar saquear su ciudad en sus narices?
Les voy a contar un cuento, para que les sirva de ejemplo. En un pueblito cafetero del centro del país cuyo nombre me abstengo de dar por obvias razones, ganó las elecciones un joven hijo de ese pueblo. Un joven carismático pero muy ambicioso. En unos tragos, ese nuevo alcalde se le soltó la lengua y les dijo a algunos amigos, que el «no iba a desaprovechar esa oportunidad». Que, como fuera, él saldría rico de la Alcaldía.
Uno de los contertulios soltó la lengua y se supo muy rápido en todo el pueblo de las negras intenciones de ese joven y ambicioso alcalde. Pero en ese pueblito sí había líderes con pantalones. Pues promovieron unas reuniones y acordaron que la única manera de atajar la voracidad corrompida de ese nuevo alcalde era dejando todos al tempo de pagar sus impuestos. Así lo hicieron.
Muy rápido ese alcalde se dio cuenta de que las arcas municipales estaban vacías y que los puntuales contribuyentes, de un momento a otro se habían vuelto morosos y no pagaron sus impuestos.
Desesperado convocó una reunión con los empresarios, comerciantes y finqueros del pueblo. «Nos enteramos de sus negras intenciones, alcalde, y no vamos a pagar un centavo más de impuestos hasta que usted no se vaya. Bien pueda, embárguenos a todos. Pero no le vamos a dar dinero para que usted se lo robe en la contratación».
Arrinconado, el joven alcalde logró, después de mucho trabajo, que un Comité Cívico integrado por algunos contribuyentes y líderes empresariales del pueblo, vigilara y aprobara previamente el desembolso de cada centavo. En esas condiciones todos acudieron a pagar sus impuestos y el pueblo vio como esos dineros se convirtieron en obras para la comunidad.
Y ese joven y ambicioso alcalde terminó su mandato, amarrado y vigilado hasta el cogote, y no pudo lograr su propósito de salir rico. Este cuento fue real.
¿No les da pena a los caleños que en sus narices, los ladrones ya conocidos por todos, les saqueen la ciudad? 75.000 contratos adjudicados directamente por un valor de $2.8 billones no son suficientes para armar una pelotera de marca mayor?
Todo Cali sabe que Mauricio, hermano del alcalde Jorge Iván Ospina es quien maneja toda la contratación desde una oficina en Chipichape. ¿Y entonces? ¡Amárrense los calzones y enfrenten esos pillos! ¿Un empresariado lleno de plata y no hace nada por su ciudad?
¡Caleños indolentes y cobardes!
alragonz@yahoo.es

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