Virginia Woolf y Vita Sacksville: En la inmersión de la relacionalidad estética de (Orlando)
De “Cartas a mujeres” (1) de V. Woolf, hemos decidido extraer y relacionar las que indican y tratan sobre Vita Sacksville, para mostrar cómo la forma en que se dieron esas relaciones, el sentido de las mismas y en qué dimensión cada una de ellas ha alcanzado a realizarse desde lo que llamamos: Relac
Por: Óscar Jairo González Hernández
De “Cartas a mujeres” (1) de V. Woolf, hemos decidido extraer y relacionar las que indican y tratan sobre Vita Sacksville, para mostrar cómo la forma en que se dieron esas relaciones, el sentido de las mismas y en qué dimensión cada una de ellas ha alcanzado a realizarse desde lo que llamamos: Relacionalidad estética. Es aquí esencial indicar que lo que nos interesa proponer es el trayecto llevado a cabo por V. Woolf, desde la escritura misma. No nos interesa la forma, sino la escritura.
Y podemos decir que esta relación entre V. Woolf y Sacksville, tiene y se sostiene sobre la intensidad de la escritura; es de la escritura como se disemina la construcción de esa relación. Y son relaciones escriturales; ese es su carácter y principio. Evidentemente, que allí se trata de la vida misma, de lo que vive la Woolf alrededor de sus “mujeres”, con las “mujeres”, que es sin duda, desde y por medio de la escritura.
La escritura es y tiene una intención; por ello mismo, decimos que es y se trata de escritura sin interesarnos la forma. Toda relación se basa en el interés y la necesidad, interés de lo que el otro tiene en sí para uno, con quien trata. Y la necesidad se incrusta en el deseo, de ser tratado y observado. Tanto interés y necesidad, cuyo sentido se hace evidencial, desde el deseo. Desearse desde lo femenino, es donde se concentra y radica está relación, medida poderosamente desde la escritura.
No es escritura feminista, sino escritura femenina insertada en los excesos del deseo. No es un deseo medido, sino excesivo, lo que se dice en la escritura de V. Woolf, cuando le escribe a Vita. Y la manera de constituir su relación no concierne en nada ni para nada a los dos hombres con los que viven; no interesan a esa relación. No porque no lo quieran, sino porque no deben ni han de intervenir su escritura. Es la escritura la que buscan preservar, liberarse de ella. Ocultarse, inclusive, de ellos dos.
Leonard Woolf y Harold Nicolson, cada uno vive a su manera esa tormentosa o no relación. Cada uno vive su vida, tiene que vivirla, sin tener que dominar ni someter a una ni a la otra. En la maniobra hermosa del deseo, ni el uno ni el otro caben en la vida de V. Woolf ni de Vita. La escritura de la una y la otra, de la una en la otra, las hace libres. Y esa libertad de escritura, en la escritura entre ellas mismas, es la que hace realizable lo que llamamos: Relacionalidad estética, ya que esta relacionalidad es creadora, para una y para otra. Como lo es el sexo.

Tanto que lleva delirantemente a Woolf a inventar desde la Sacksville un personaje, sí, un personaje para su novela Orlando (1927). Y ese personaje es Vita Sacksville, por ello le dice: Estoy escribiendo a gran velocidad. Empiezo por tercera vez una frase. La verdad es que estoy tan inmersa en Orlando, que no puedo pensar en nada más. Ha desplazado al romance, la psicología y todo el resto de aquel libro odioso. Mañana comienzo el capítulo que describe el encuentro sobre el hielo entre Violet y tú.
Es necesario repasarlo bien todo. Estoy rebosante de ideas. Dame alguna pista del tipo de peleas que teníais. Y también, ¿por qué cualidad específica te eligió ella? (…) Orlando es Vita, Vita es Orlando en esa dimensión de la relacionalidad transformadora de la realidad, provocadora de la realidad.
No se tienen relaciones para tratar de las vacuidades de la vida, de la vida ordinaria, sino que ellas deben contener una condición transformante, creadora para una y para otra, para unos y otros. No son relacionismos inerciales, sino provocantes de nuevas incitaciones. De la incitación como una estética. Y una posición estética sobre uno mismo, sobre el mundo de la naturaleza del deseo. Construir relatos con la vida en el sentido de la necesidad de la tensión creadora. Cuando no se da la tensión creadora en la dimensión de la relacionalidad estética, ese relato resultará mediocre, cliché. Entonces, para que no sea así, V. Woolf le hace saber a Vita cuál es la estructura del libro sobre ella: Orlando sería un libro breve, con dibujos o uno o dos mapas. Lo escribo por la noche en la cama, mientras camino por la calle, en todas partes.
Quiero verte a la luz de la lámpara, con tus esmeraldas. En realidad, creo que nunca he deseado verte… solo para sentarme y mirarte y hacerte hablar y después, rápida y secretamente, corregir ciertos puntos dudosos (…) De esa manera (manierismo), en cada mirada sobre Vita, se hace la extracción de lo que ella es, para darle el carácter a su personaje, a Orlando. Orlando, que es hombre y después es una mujer, en el relato. Escritura del hombre y escritura de la mujer: ¿Quién es el hombre y quién la mujer en la vida de las dos, en sus relaciones, para qué decirlo, por qué decirlo? Es desde lo masculino y lo femenino desde donde son, en Orlando, la una y la otra.
No es necesario determinarlo. Nunca se sabe realmente nada, aun cuando lo determinemos, que sería la obsesión del determinista; en el arte no es así, en lo que V. Woolf llama: El arte de la literatura, que es lo que queda, entonces, de una vida, de sus relaciones, y es lo que le dice a Vita. Es eso: el arte, a nuestra manera, es el de la relacionalidad estética. Con su caos e inquietud necesarios. Como si se tratara de una manera de vivir en la insubordinación e insumisión, dado que la vida del arte transforma por su rebelión lo que se rebela. Y le da otra forma y otro sentido.

Vita entonces le escribe ante esa intensa visión de lo que es ella, de lo que intenta ser, de sus locuras inquietantes y de su constante relación con otras mujeres, que oscurecían el trato que le daba V. Woolf, y le dice: “Por el momento, lo único que puedo decir es que estoy aturdida, embrujada, encantada, como bajo un conjuro. Me parece el libro más hermoso, sabio, rico que he leído nunca… superior incluso a Al faro.
Virginia, en realidad no sé qué decir. ¿Tengo razón?, ¿me equivoco?, ¿soy parcial?, ¿estoy en mis cabales? Me parece que has conseguido encerrar en un libro esa “cosa pura y rara”, que tiene una visión totalizadora y que, cuando se trató de la tarea sobria de construirlo, en ningún momento lo perdiste de vista ni vacilaste en su ejecución.
Las ideas se me ocurren a toda velocidad, que tropiezan unas con otras y las pierdo antes de haberles podido echar sal en la cola. Hay tanto que quiero decir y sin embargo, solo puedo recurrir a mi primera declaración de que estoy embrujada. Las vidas de V. Woolf y de Vita Sacksville, están, pues, relacionadas por la escritura; es la base y el principio irreductible; no obstante las contradicciones que hubiesen tenido, las turbulencias que se hubiesen suscitado, los equívocos a las que estaban sometidas tanto ante ellas mismas como ante los otros, se mantuvieron intactos, porque entre ellas mediaba el libro: Orlando.
O sea, el relato escritural era lo esencial, no los burdos relacionismos, que no llevan a nada en la construcción de la vida (como dice Robert Nozick en Meditaciones sobre la vida) o de una vida. Y cada escritura se proyecta en el estilo (estética) de V. Woolf y Vita Sacksville, que tienen sentimientos que en su naturaleza, la de la escritora, son “los mismos”.
El estilo es un asunto sencillo: todo es ritmo, le escribe Woolf a Vita. Y entonces, como todo es escritura, todo ha de decirse desde la tensión de un estilo y su forma.
1. Woolf, Virginia. Cartas a mujeres. Selección y prólogo de Nora Catelli. Barcelona. Editorial Lumen. 1993.

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