Santiago Londoño: “Del roce de la tensión palpitante con la realidad”
¿Cómo y desde dónde, el momento mismo, en dónde comenzaron a concebir y estructurar esta historia vaciada en “Las tres muertes de un sol”, qué lo hizo hacerla, qué deseo se movió en ustedes, y por qué le dieron esta estructura, en la que están los seres humanos, la naturaleza, la vida, la muerte y e
Por: Óscar Jairo González Hernández
¿Cómo y desde dónde, el momento mismo, en dónde comenzaron a concebir y estructurar esta historia vaciada en “Las tres muertes de un sol”, qué lo hizo hacerla, qué deseo se movió en ustedes, y por qué le dieron esta estructura, en la que están los seres humanos, la naturaleza, la vida, la muerte y el caos, como relevantes personajes de la misma, y qué carácter real y simbólico, le incrustaron e instalaron en ella; qué intenciones de formar conciencia histórica tienen, porque y para qué; y por qué ocurrió, o cómo se dio, en que momento teatral de la observación, esta escena (la del gallinazo), y que les causó dentro de la membrana de toda la historia, como la determinó, porque sí o no?
Las Tres Muertes de un Sol se concibe, se transita y se transforma con Yojan, su protagonista. El encuentro con él es el detonante y el hallazgo que inspira la no ficción que contamos juntos. Surge también de la apertura sostenida de la mirada, y sobre todo del corazón de la vida misma; del roce con la tensión palpitante de la realidad.
La historia nos encontró. Su estructura fue revelándose ante nosotros mientras caminábamos con Yojan; por eso, en esta película su protagonista es también su autor: somos tres soles –Yojan, Nicolás y yo – que descubrieron juntos una herida, la misma que atraviesa la memoria de muchos campesinos colombianos, que como Yojan, han vivido la pérdida, la rudeza y el caos desde la niñez, sin que se apague en su interior el fuego crepitante de la energía vital y su voluntad de convertir el dolor en fuerza, de seguir transformándose.
Estar detrás de la cámara en esta película fue buscar la unificación con ella: tejer un puente entre máquina, hombre y naturaleza; desvelar el misterio que late en las señales del pulso incesante del acontecer. Nosotros también somos la película. Dejar que la vida nos viva fue uno de los principios que usamos en la creación de Las Tres Muertes de un Sol. No solo por el azar que hizo parte, sino porque entendíamos que la atención y el devenir son un dúo poderoso cuando hay una intención clara. Allí estaba nuestro deseo: descubrir, a través de la presencia, la forma de ese tejido del cual éramos una hebra más, y hallar la manera más leve de acercarnos al peso de la realidad.
“La vida es una variedad de la muerte, pero es una variedad muy rara”. La muerte está presente todo el tiempo; la vida es la que hay que hacer constantemente. En ese pulso continuo, en medio de esa dualidad, nace la belleza. Lejos de la perfección, la belleza es hija del caos, de lo humano que cambia y es temporal, parte de una totalidad mayor; la naturaleza misma. En los destellos del sol sobre el agua, en el cielo que mira Yojan mientras flota, no hay un orden establecido ni una sola forma de aprehenderlo. Es en la unión en el vínculo, en lo indisoluble entre lo observado y el observador, donde surge el misterio de la creación. “La respuesta la hallarás en la flor, en cuyo interior se encuentra el secreto de todo el universo”.
Así, la realidad no deja de ser representación y viceversa. La realidad está en constante contacto con la ficción; el símbolo es la aguja, y vivir poéticamente es saber enhebrarla. Las Tres Muertes de un Sol hundían sus raíces en lo real y extienden sus ramas hacia lo simbólico, como un ensueño que se fue presentando ante nosotros y pedía ser recordado.
Las imágenes son lo más real que queda de esta experiencia de contar con y a través de otros; materia prima del ensueño, memoria viva. Desde ahí surge una conciencia histórica que nace del cuerpo y del territorio, entre ambos se establece un diálogo. En ellas reside también la intención última de contar la historia de Yojan, de transformarnos junto a él en estos cuatro años de creación conjunta, y de tender lazos entre lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos ser; pues en esta película y en sus imágenes, así como en el presente, confluyen todos los tiempos para dar forma a lo que está siendo y dejando de ser. La vida revelándose frente a nuestros ojos.
Una escena cargada de la esencia de Las Tres Muertes de un Sol ocurrió en el cementerio. Un gallinazo, posado en la cabeza de un ángel, alza vuelo. Hay en el gallinazo un poder que transmuta lo muerto en vida, la podredumbre en banquete, une en su presencia, la vida y la muerte y las lleva consigo en su elevado vuelo. Como el árbol que transforma sus hojas caídas en tierra fértil.
Ahí comprendimos cómo se contienen la una a la otra, vida y muerte, realidad y símbolo. Y que lo opuesto a la vida no es la muerte, sino lo inerte: la efigie, tan real como simbólica. Llegó por azar y atención (atención azarosa), tensó el hilo narrativo, confirmó el tono, ordenó silenciosamente el montaje y acentuó nuestra premisa: todo se transforma. En Yojan, en nosotros y en quien mira.

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