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(OPINIÓN) Esfuerzo y aprendizaje. Por: Santiago José Castro Agudelo

Por alguna extraña razón, hoy vivimos en un escenario en el que muchos rechazan la angustia propia del esfuerzo. Lo grave es que esa corriente ha penetrado los ambientes de aprendizaje, muchas veces a través de resoluciones o decretos ministeriales, cuyos efectos son nefastos para la formación de la

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Esfuerzo y aprendizaje. Por: Santiago José Castro Agudelo

Por alguna extraña razón, hoy vivimos en un escenario en el que muchos rechazan la angustia propia del esfuerzo. Lo grave es que esa corriente ha penetrado los ambientes de aprendizaje, muchas veces a través de resoluciones o decretos ministeriales, cuyos efectos son nefastos para la formación de las nuevas generaciones. Pocos leen con atención los proyectos educativos y solo recurren a los sistemas de evaluación o al manual de convivencia, cuando su hijo pierde el año o enfrenta una situación grave de convivencia.

Los rectores tenemos que lidiar con papás y mamás que con urgencia tienen que hablar del caso del “niño” y al revisar el historial vemos que se trata de un ciudadano de 18 años, por ejemplo. También, es común ver a familias enteras tratando de entender una tarea que ha sido asignada, mientras el estudiante juega los treinta minutos de videojuegos que le permiten, porque “es que si no se altera profe”.

Recuerdo la historia de un estudiante de primaria que pidió llegar temprano al colegio para terminar una tarea, solo para encontrar, al abrir su cuaderno, que su mamá ya la había realizado, tratando de copiar su caligrafía. Lo encontré llorando en una esquina y juntos conversamos sobre cómo abordar la situación de la mejor manera. Hay una noción de entregar lo que se pide, sin importar el objetivo de aprendizaje que se busque. Es la diferencia entre hacer una tarea y entregar una tarea.

Muchos colegios privados, además, enfrentan situaciones difíciles en las que las familias se asumen como clientes y afloran las frases de tipo “yo no pago un colegio tan caro para que a mi hijo le pongan malas notas”, o incluso la nefasta “usted me atiende ya mismo porque para eso pago”. Olvidan que la educación es un derecho y un servicio público esencial por el que responden la sociedad, la familia y el estado. Tres actores que deben estar articulados y ofrecer cada vez más alternativas para que impere la libertad y así cada uno defina el tipo de educación que quiere para sus hijos, bajo un marco que garantice unos estándares mínimos.

El aprendizaje siempre requiere esfuerzo para ser perdurable. Cuando es fácil suele ser como escribir en la arena, como bien lo sugerían Brown y sus colegas en 2014. Es algo que familias, docentes y líderes educativos debemos asumir con firmeza y evitar caer en corrientes que hacen de los colegios un parque de diversiones que termina siendo la raíz de tantos problemas en la educación técnica, superior o en las primeras experiencias laborales.

¿Cuántas empresas cargan con alta rotación de personal, a pesar de paquetes compensatorios y condiciones cada vez más favorables para los colaboradores, porque estos alegan que el trabajo es muy difícil? ¿Cuántos estudiantes que obtuvieron las mejores notas en el colegio, o altos puntajes en las pruebas saber 11, terminan sufriendo al momento de redactar su primer informe o ensayo en la universidad o en el instituto, porque les exige pensar críticamente y crear?

No se trata de hacer de los colegios y universidades centros penitenciarios o reclusorios, como añoran aquellos que insisten en que no tienen traumas por los correazos y reglazos que recibieron cuando niños; sino de garantizar que sean ambientes que motiven el esfuerzo, el trabajo en equipo y la construcción colectiva, con altos estándares de exigencia, acompañados siempre de estrategias para promover el bienestar y la salud mental de la comunidad, soportadas en una clara apropiación del papel que juegan las emociones en el aprendizaje.

Miss Clarita, mir profesora de primero de primaria, atendió alguna vez la queja de mi mamá sobre las tareas, pues no las entendía, y sobre el hecho de que yo no estuviera leyendo como otros de mis compañeros. Su respuesta: “el que tiene que entender las tareas es Santiago, pues es el que viene al colegio, y si usted lee y sus hijos la han visto leer, le garantizo que será un lector”. Ese año, y por esa única vez en mi vida, recibí el reconocimiento como mejor estudiante. Sobre la preocupación por la lectura… estudié historia en la universidad y tengo un hermano que pronto recibirá su título como Doctor en Literatura…

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