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(OPINIÓN) Qué frío hace en el escaparate. Por: Manuela Correa Poveda

O cómo aprendimos a negociar con la hipotermia antes que con nosotras mismas

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(OPINIÓN) Qué frío hace en el escaparate. Por: Manuela Correa Poveda

La primera vez que pensé seriamente en esto tenía 19 años, vivía en Barcelona y aún no sabía que a muchas mujeres nos enseñan antes a ser vistas que a estar a salvo.

Era mi cumpleaños, el primero en aquella ciudad. En diciembre, con ese frío catalán que parece empeñado en poner a prueba cada centímetro de piel que decides enseñar. Tenía un casting y me pasé media hora frente a mi armario lleno, en ese ritual femenino que tantas conocemos, y con la sensación de no tener absolutamente nada que ponerme, elegí una falda. Falda y medias, ambas negras. La clásica decisión de intentar parecer guapa mientras tus piernas piden derechos humanos. Y que, por lo visto, fue suficiente para convertirme en lectura pública.

Volviendo a casa, en unas escaleras mecánicas medio vacías saliendo de mi parada de metro, un hombre corrió hasta alcanzarme para informarme, como si me estuviera concediendo una distinción académica, de que llevaba rato observándome las piernas. Que qué bonitas. Que qué sexis. Y que si le daba mi número de teléfono. Mientras iba sacándose el suyo del bolsillo del pantalón, con la absoluta certeza de quien no pregunta, sino ejecuta una expectativa.

Me encantaría escribir que le solté una de las mías, así, en modo kamikaze, y que me fui con la cabeza en alto mientras él se quedaba allí, ridículo y sin mi teléfono.

Pero la verdad es que se lo di. No por deseo, ni por educación. Por miedo. Se lo di por esa vieja y agotadora pedagogía que tantas conocemos bien. La de evaluar, en apenas segundos, qué puede resultar más peligroso, si herir el ego de un hombre desconocido o regalarle una mentira temporal para llegar viva a casa.

Minutos después, y antes incluso de que pudiera bloquearlo, que era mi única opción real en cuanto terminé de recitar aquel “seis, dos, ocho…”, el imbécil me escribió. Decía que debía hablarle solo a partir de las nueve de la mañana del día siguiente, cuando llegara al trabajo, antes no. Porque estaba de camino a casa con su mujer e hijas.

Recuerdo quedarme mirando la pantalla del móvil mientras subía a mi apartamento, donde me esperaba una tarta, compañeros de piso cantando cumpleaños feliz en otro idioma y una versión bastante más amable de la humanidad. Y pensé, con esa lucidez furiosa que a veces solo concede la juventud cuando todavía no ha perfeccionado el arte de tragarse ciertas cosas, aunque debe de ser que sigo siendo joven en ese aspecto porque todavía no he terminado de aprenderlo, que aquello me estaba enseñando un par de cosas.

La primera: que algunos hombres confunden acceso con derecho.

La segunda: que si el patriarcado iba a convertirme en personaje secundario de una fantasía cutre de metro, al menos yo iba a reescribir el guion.

Así que, en lugar de bloquearlo, hice algo bastante más instructivo. Empecé a mandarle mensajes escalonados, cuidadosamente diseñados en menos de diez segundos para dinamitarle la paz doméstica: “Gracias por esta tarde”, “Yo también me lo pasé increíble”, “Dime cuándo repetimos”.

No me malinterpretéis. Digamos que decidí colaborar, humildemente, con el equilibrio kármico para que la incomodidad cambiase de domicilio, sin necesidad de cambiar de código postal.

Y no sé si fue a raíz de esto que empecé a sospechar que la moda femenina, al menos gran parte de la que históricamente se nos vendió como deseable, no siempre estuvo diseñada para nuestro confort, sino para nuestra correcta exposición. Es revelador a la par que insultante, comparar cómo se construye la respetabilidad estética de hombres y mujeres. Cuando un hombre quiere impresionar, normalmente se cubre: chaqueta, estructura, camisa con seguro, es decir, corbata, reloj, pantalón con raya, cinturón, calcetines altos, zapatos cerrados. Se viste como quien va a una negociación con el poder. Cuando una mujer quiere “arreglarse”, demasiadas veces se le sugiere justo lo contrario: menos tela, más pierna, más encajes, más altura, más escote, más frío y, si es posible, cierta capacidad para parecer funcional después de pactar con la hipotermia. A ellos se les enseñó a vestirse para imponer respeto. A nosotras, para merecer atención.

Ellos solo tuvieron que aprender a anudarse bien la corbata. A nosotras, en cambio, se nos convirtió en alumnas obligatorias de un máster no remunerado en arquitectura visual, geometría corporal y gestión estratégica de la mirada ajena: aprender qué corte “favorece” según si eres reloj de arena, pera o rectángulo; qué escote compensa cuál; que si no enseñas delante quizá conviene enseñar espalda; que si el pantalón ensancha, estiliza con tacón; que si la falda es corta, aprende a sentarte cruzando las piernas con elegancia. Ellos se visten, nosotras somos entrenadas para corregir, equilibrar, compensar, mostrar y disimular al mismo tiempo. Como si arreglarse no significara prepararse, sino convertirse en un proyecto visual y deseable para ser mirada, pero sin parecer que llevas toda la vida preparándote exactamente para eso.

Y ahora, la verdadera muestra de la hipocresíaesía cultural. La misma sociedad que durante décadas convirtió la feminidad en un sofisticado teatro de visibilidad administrada, conserva intacto el descaro de preguntarse, después, por qué una mujer fue leída como disponible o provocadora. Primero te entrenan para el escaparate y luego te juzgan por haber sido vista a través del cristal que ellos mismos fabricaron. La minifalda como símbolo de libertad cuando vende, como irresponsabilidad cuando conviene y como límite de valores para imbéciles cuando hace falta. La eficiencia del sistema es brillante, convierte la exposición en aspiración estética y luego, si algo sale mal, actúa como si hubieras diseñado tú sola el uniforme.

Hace apenas unos días, en mi restaurante, este tema volvió a estar encima de la mesa. El día llevaba horas anunciando desastre con un cielo gris y el frío propio de un clima que no sugiere decisiones textiles optimistas. Llegó una familia de tres y cuarto. Padre, madre, una hija de unos dieciocho años y un bebé. La chica llevaba un top diminuto, de esos que cubren lo imprescindible y delegan cualquier consideración meteorológica en la fe estética. Cuando terminaron de comer y fueron a salir, cayó un diluvio universal. Entonces mi padre, observando la escena con esa lógica masculina tan clásica de quien mira el resultado pero no siempre el entrenamiento, dijo: “Definitivamente, las mujeres soportáis mucho mejor el frío que nosotros”.

Pero no. No es que las mujeres soportemos mejor el frío. No recibimos entrenamiento térmico avanzado ni meditación escandinava. Aprendimos, antes de preguntarnos si teníamos frío, que la estética femenina muchas veces implicaba negociar con él. Es probable que si a aquella chica le hubieran preguntado únicamente qué quería ponerse para estar cómoda, habría mirado por la ventana, elegido manga larga, una chaqueta de su gusto y habría lamentado no haber llevado bufanda.

Hoy, doce años después de aquel episodio en Barcelona, tengo una certeza nueva: las mujeres sufrimos más resfriados que los hombres. No lo he consultado científicamente. Pero si algún día existiera una prueba estadística de ello, me costaría mucho mirar primero a la biología antes que a siglos de inviernos decorativos empeñados en enseñarnos a resultar impecables bajo códigos donde enseñar pierna en diciembre podía interpretarse como estilo. Sería incluso cómico, si no fuera tan obsceno.

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