(OPINIÓN) ¿Por qué preferimos tener razón a ser felices? Por: César Bedoya
A veces parece que en Colombia nos graduamos con honores en la "culpa del otro".
A veces parece que en Colombia nos graduamos con honores en la "culpa del otro". Si el autobús no pasa, es culpa del alcalde; si el negocio no prospera, es por la envidia del vecino; y si la relación se acaba, es que "me tocó alguien sin sentimientos". Vivimos señalando hacia afuera con un dedo tan rígido que hemos olvidado cómo doblarlo para apuntar hacia nosotros mismos. Esa falta de autocrítica no es un rasgo inofensivo; es el ancla silenciosa que mantiene a muchos sumergidos en una infelicidad profunda, convencidos de que el destino se las tiene montada.
El drama real comienza cuando convertimos nuestra vida en un guion de víctima. Es esa sensación de ser una "hoja al viento", donde nada de lo que pasa en el hogar o en la oficina depende de nuestra voluntad. Si usted cree que no tiene arte ni parte en sus fracasos o errores, automáticamente se está quitando el poder de construir sus éxitos. Es como sentarse en el puesto del conductor de un autobús escolar y soltar el timón esperando que el vehículo llegue solo a su destino; cuando se estrella, usted culpa al pavimento, pero el vacío en el pecho nace de saber, muy en el fondo, que usted dejó de manejar hace rato.
Esta mentalidad de víctima genera una espiral tóxica que se siente como un domingo eterno de lluvia: gris, frío y desalentador. Al sentirnos indefensos, dejamos de esforzarnos. "Para qué me voy a arreglar si nadie me mira", "para qué voy a camellar duro si el jefe no valora". Ese descuido personal y profesional termina provocando que, efectivamente, la gente se aleje y las oportunidades se cierran. Es una profecía que nosotros mismos escribimos y luego leemos con lágrimas en los ojos, quejándonos de que "estamos malditos" cuando solo estamos siendo negligentes con nuestra propia existencia.
Lo más doloroso de este círculo vicioso es la zona de quietud que se crea en la miseria. Hay gente que prefiere quedarse en el fango porque aceptar que las cosas pudieron ser distintas —si tan solo hubieran pedido perdón a tiempo o trabajado con más disciplina— duele más que la propia derrota. Se vuelve una adicción tener la razón: "Vio que yo tenía razón, que la gente es mala". Preferimos ese pequeño triunfo moral de decir "se los dije" antes que la alegría de ver una vida transformada. Es cambiar la felicidad por el amargo placer de decir que el mundo es un lugar injusto.
Sin embargo, el cambio radical no llega con un golpe de suerte o ganándose el Baloto, sino con la confianza que nace de la responsabilidad. La confianza no es creer que todo saldrá perfecto, sino saber que, pase lo que pase, usted es el dueño de sus reacciones. Cuando usted deja de ser el "saco de boxeo" de las expectativas ajenas, el aire empieza a sentirse más ligero. Ya no importa si la tía crítica o el vecino chismoso tienen una opinión sobre su vida; sus decisiones dejan de ser una reacción a los demás y empiezan a ser una acción propia.
Vivir como siempre hemos querido requiere una valentía que pocos se atreven a cultivar: la de mirarse al espejo y admitir los errores propios sin que se nos caiga la cara de vergüenza. La verdadera libertad no es hacer lo que uno quiera, sino hacerse cargo de lo que uno hace. Es entender que, si la relación falló, quizás yo también puse mi granito de arena de orgullo; que, si el trabajo está estancado, tal vez me faltó proactividad. En el momento en que usted acepta su parte de la culpa, recupere también su parte del control.
Hoy le hago un llamado a la acción, a que tire la toalla de la victimización, pero no la de sus sueños. Deje de buscar culpables en el árbol genealógico o en el noticiero y comience a buscar soluciones en sus propios hábitos. La próxima vez que sienta que "la vida es injusta", pregúntese: "¿Qué estoy haciendo yo para que sea diferente?". No sea de los que mueren con la razón, pero con el corazón vacío. Rompa el ciclo, asuma el timón y entienda que, aunque el viento sea sople fuerte, es usted quien decide hacia dónde apunta las velas.
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