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(OPINIÓN) Colombia vive en campaña permanente, pero discute poco su futuro. Por: Laura Mejía

En Colombia casi no hay pausas. Apenas termina una elección y comienza la siguiente. Acaban de pasar las elecciones de Congreso y el país ya mira hacia las presidenciales que se elegirán en dos meses. No es nuevo. Desde hace años Colombia se acostumbró a vivir en campaña permanente. Durante largos periodos discutimos candidatos, alianzas, …

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Colombia vive en campaña permanente, pero discute poco su futuro. Por: Laura Mejía

En Colombia casi no hay pausas. Apenas termina una elección y comienza la siguiente.

Acaban de pasar las elecciones de Congreso y el país ya mira hacia las presidenciales que se elegirán en dos meses. No es nuevo. Desde hace años Colombia se acostumbró a vivir en campaña permanente. Durante largos periodos discutimos candidatos, alianzas, estrategias y encuestas. Pero cada vez dedicamos menos tiempo a discutir algo más importante: el país que queremos construir.

Las campañas ocupan la conversación pública. Los nombres llenan titulares. Las cifras de intención de voto se vuelven tema diario. Sin embargo, mientras la política gira alrededor de candidaturas, las preguntas de fondo parecen quedarse sin espacio.

Las recientes elecciones legislativas son un ejemplo claro de esa distorsión. El debate sobre el Congreso, que es una de las decisiones más determinantes para el rumbo institucional del país, terminó relegado a un segundo, e incluso a un tercer plano. Las candidaturas presidenciales se robaron la conversación. Los nombres que aspiran a la Casa de Nariño opacaron una discusión que debió ser central: quiénes van a legislar, qué visiones de país representan y qué tipo de Congreso necesita Colombia.

La prueba está en las cifras. Una vez más, casi la mitad del país decidió no votar. La abstención volvió a rondar niveles preocupantes. Y eso también es una señal de alerta sobre la distancia que existe entre la política y los ciudadanos.

Mientras tanto, las preguntas verdaderamente importantes siguen esperando respuesta.

¿Dónde están los debates sobre el modelo de país?
¿Dónde las conversaciones sobre las reformas que Colombia necesita?
¿Dónde la discusión seria sobre el rumbo económico, institucional y social de los próximos años?

Lo preocupante es que esta ausencia no es solo responsabilidad de los políticos. En las recientes elecciones legislativas también se sintió el silencio de actores que históricamente han tenido un papel importante en la deliberación pública. Hubo pocos espacios promovidos desde los gremios, pocas discusiones abiertas desde la academia y escasos escenarios de conversación colectiva sobre las ideas que deberían estar en juego. Y entonces uno inevitablemente se pregunta cuál es la razón. ¿Miedo? ¿Flojera? ¿Desinterés? Tal vez un poco de todo. Pero en un país como el nuestro, atravesado por desafíos profundos y decisiones trascendentales, el peor error que podemos cometer es la indiferencia. Porque cuando la sociedad guarda silencio, el debate público se empobrece y la democracia pierde uno de sus pilares más importantes: ciudadanos dispuestos a pensar, a preguntar y a participar.

Porque la democracia no se reduce a votar. La democracia necesita conversación, contraste de ideas, debate público. Necesita preguntas incómodas y argumentos sólidos. Necesita espacios donde el país piense en voz alta.

Ahora que nos acercamos a una nueva elección presidencial, la conversación vuelve a concentrarse en los nombres. En quién sube en las encuestas, quién se une con quién, quién entra o sale de una coalición.

Pero la pregunta central no debería ser solamente quién aparece en el tarjetón.

La pregunta también debería ser quién es esa persona. Qué valores la definen. Qué visión tiene de Colombia. Qué propuestas plantea para enfrentar los desafíos del país. Y, sobre todo, qué tipo de liderazgo está dispuesto a ejercer.

Porque gobernar un país no es ganar una campaña. Gobernar exige carácter, principios y grandeza. Esa grandeza que se expresa en la capacidad de escuchar, de dialogar con quienes piensan distinto, de construir acuerdos y de poner el interés del país por encima de cualquier cálculo político.

Colombia tampoco está para los egos. No está para proyectos personales ni para la obsesión de convertirse en un nombre resonante en la historia del país. Colombia necesita liderazgos que entiendan que la política no es un escenario para la vanidad, sino una responsabilidad con millones de ciudadanos.

Y tampoco está para lealtades temporales. La lealtad no puede aparecer solo en campaña y desaparecer cuando llegan las diferencias o cuando cambian los intereses. La lealtad, como la ética, debería ser un principio que atraviese la política incluso en los momentos más difíciles. Porque cuando la política pierde la lealtad y se rinde al ego, lo que termina debilitándose es la confianza pública.

Las campañas pasan rápido. El país queda.

Tal vez Colombia necesita empezar a salir de la lógica de la campaña permanente y recuperar algo que hoy parece escaso: espacios reales para el debate, la conversación y la reflexión colectiva sobre su futuro.

Porque al final, más que elegir un nombre, lo que realmente está en juego es el país que vamos a ser.

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