(OPINIÓN) Amenazados por convivencia. Por: Jaime Honorio González
Leí que el presidente de la República había dicho que la CIA tenía información sobre un inminente atentado contra el candidato Iván Cepeda. Terrible.
También he leído las denuncias del candidato Abelardo De La Espriella sobre inminentes atentados contra su vida y he visto los impresionantes despliegues de seguridad que hacen los encargados de esa tarea para evitar alguna tragedia.
Y leí también sobre la amenaza de muerte contra la candidata Paloma Valencia, en forma de una miedosa corona fúnebre, y sus reclamos contra el actual Gobierno, a quien culpa de la peligrosa situación en la que se encuentra. Una verdadera tristeza.
Tampoco es que sea tan extraño que eso suceda. En este país de infinitos odios, amenazar es casi que un deporte. Literal, diría el adolescente.
Y tampoco es que los candidatos estén exagerando o cosas así. Después de lo de Miguel Uribe, muerto a tiros de pistola por un menor de edad en un parque cualquiera de Bogotá, dentro de un plan orquestado por un malandro vendedor de armas al detal, pues lo mejor es tomarse esas amenazas en serio.
Estamos hartos de magnicidios. Y también deberíamos estar hartos de señalamientos, de acusaciones, de injurias, de calumnias, de mentiras completas y de verdades a medias.
Petro le escribe a sus 8,4 millones de seguidores en tuiter: “una extrema derecha que usa el estado para matar unus (sic) la muerte para buscar votos”. Ahí, cada uno entiende lo que puede. O lo que quiere.
A las dos horas, Uribe responde a sus casi 5 millones de fieles: “La Paz Total de Petro y Cepeda asesinó a Miguel Uribe, cuidemos a Paloma”. El mensaje es claro.
Son la misma vaina. No me vayan a decir que no. Deberíamos estar hartos de los incendiarios virtuales, de los provocadores de oficio, de los señaladores profesionales, de los bomberos que apagan fuegos con gasolina.
Pero, no. No lo estamos. Por el contrario, les creemos sus tesis. Las apoyamos. Las divulgamos. Las repetimos a pie juntillas. Peleamos por ellas. Las defendemos con argumentos, así toque inventárselos. O las defendemos sin argumentos, porque para eso están los insultos. Del argumento al insulto es como del amor al odio: un solo paso, uno solo, uno que —por cierto— damos con frecuencia, con los amigos del chat, con los viejos vecinos y con los vecinos viejos, con los taxistas sabelotodo, con los profetas del dólar a cinco mil y la venezolanización de este país, con los que nos prometieron un cambio para al final dejarlo todo igual. O peor, que es más grave.
Estamos dispuestos a morir por ellos, eso sí, sin ir a la batalla, a esa que vayan los pobres, los negros, los indios, yo no. Estamos dispuestos a morir por sus ideas. Sin ninguna duda. Al fin y al cabo, es palabra de Dios. O de Mesías, que es la misma vaina. No me vayan a decir que no.
Y de ahí para abajo, todo el país tratándose divinamente. ¡Ay! de quien ose no participar en esa escupidera nacional. Pobre de aquél que quiera tirárselas de imparcial porque de ellos será el reino de la ignominia, pobres de espíritu, buenos para nada, muertos en vida, apátridas, esquiroles, fariseos, abyectos que deberían arder en las hogueras virtuales, encendidas por nuestros responsables líderes, alimentadas por sus ovejas fogoneras y aupadas ciegamente por sus hordas de fanáticos delirantes que sólo quieren que alguna de esas amenazas se concrete, para bien de la patria, para salvar a este pueblo de sí mismo, para satisfacer la sed de venganza por años de ruina, o porque no pudimos volver a la finca, o porque siempre nos han oprimido, o por cualquier frase de cajón que sirva para atizar esta hoguera nacional en la que nos estamos consumiendo.
Señores participantes:
Esta semana, los amenazados serán todos Ustedes (y yo también, yo me autoamenazo), todos sin distingo de estrato, porque todos somos pobres de corazón. Todos somos indiferentes. Todos pasamos rápido la página de la desgracia ajena mientras observamos enajenados las miserias humanas en tiempo real de la casa de los famosos, las diatribas contra Lucho porque sólo le metió dos goles al Madrid y otra vez las amenazas de los unos y las amenazas de los otros: fue usted, instigador, fue usted, viejo paraco, fue usted, maldito guerrillero, fue usted, usted, usted.
Yo, nunca, nunca jamás yo. Siempre usted.
Yo los amenazo por convivencia, a ustedes. Hasta que todos queden eliminados. O hasta que la hoguera se apague.
Lo que primero suceda.
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