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(OPINIÓN) Alineando los chakras de la estupidez. Por: Manuela Correa Poveda

En medio del auge de las rutinas de bienestar, los discursos sobre hábitos “correctos” y la creciente industria del desarrollo personal, emergen voces que cuestionan la estandarización de prácticas asociadas al equilibrio emocional. A partir de una narración cotidiana, Manuela plantea una reflexión sobre la presión social por cumplir con modelos de vida que prometen orden, sentido y crecimiento constante, en contraste con experiencias reales marcadas por la improvisación, el desorden y la ausencia de respuestas absolutas.

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(OPINIÓN) Alineando los chakras de la estupidez. Por: Manuela Correa Poveda

~ Meditando por aquí y siendo lo de siempre por allá ~

Esta mañana me levanté. No soy del club de las cinco de la mañana, así que me levanté a las siete, con menos épica de la que parece exigir ahora cualquier rutina medianamente respetable. No encendí ninguna vela con intención ni hice respiraciones controladas antes de mirar el móvil, tampoco tuve que salir a buscarlo fuera de la habitación porque no restrinjo su uso dos horas antes de dormir, como recomiendan ahora con convicción los nuevos manuales de higiene mental. No me bebí un vaso de agua con vinagre de manzana ni hice hipopresivos antes de meterme en la ducha, ni nada que se le pareciera a esa sensación de estar empezando el día con una ventaja espiritual sobre el resto.

Nada más levantarme estuve a punto de abrirme la cabeza con la ventana porque, efectivamente, estaba abierta. La disposición de los muebles de mi casa no se rige por el feng shui, como se puede comprobar a primera hora de la mañana sin demasiado esfuerzo, y sospecho que, de hacerlo, me ahorraría más de un golpe innecesario. Pero no, de momento sigo confiando en métodos más tradicionales, como aprender a mirar por dónde voy, cosa que, por lo visto, tampoco termino de dominar.

Al salir de la ducha abrí el cajón de la ropa interior y encontré un jersey entre los sujetadores, lo cual no sé exactamente qué dice de mí, pero desde luego no parece estar alineado con ninguna filosofía de orden que prometa paz interior. Tampoco me he leído a Marie Kondo, así que no tengo muy claro qué se supone que debería conservar y qué no, aunque intuyo que ese jersey no estaba donde debía.

Mientras me arreglaba hablé por videollamada con uno de mis mejores amigos. Saltamos de un tema a otro sin terminar ninguno, nos reímos a carcajadas y en algún momento la conversación se torció lo justo como para que a los dos se nos saliese el brillo de los ojos, pero hablamos como siempre, sin intentar convertir lo que le pasaba en una lección de vida ni en una señal del universo, porque ya era bastante sin añadirle un significado extra.

No desayuné, no porque fuera a romper ningún ayuno intermitente ni por seguir algún método especialmente sofisticado, sino porque no me dio tiempo a organizarme, que es lo que de forma irremediable ocurre cada vez que intento llegar puntual a algún sitio. Y termino llegando tarde y con el estómago rugiendo con una intensidad que tiene mucho más de selva que de calma interna, recordándome además que hay cosas que no se resuelven ni con propósito ni con narrativa.

Y aun así, o quizá precisamente por eso, no tengo la sensación de estar haciendo nada mal. No sé si soy una buena persona, es probable que eso no se decida en una mañana ni en una rutina como parece creer mucha gente, pero sí tengo claro que no soy una mala persona por no hacer todas esas cosas que ahora parecen imprescindibles para serlo.

En cambio, hay gente que sí lo hace. Que sí es del club de las cinco de la mañana, entre otras cosas porque, de no ser así, no les daría tiempo a empezar el día con la cantidad de decisiones correctas para existir bien; el café de especialidad, o en su defecto el matcha, que se preparan como si fueran importantes, el ritual del palo santo por todas las esquinas de la casa y en sentido de las agujas del reloj y, por supuesto, la ducha de agua fría con su inevitable pérdida absurda mientras el cuerpo intenta entender qué carajo está pasando a esas horas de la mañana. Para rematar con la parrafada de todo lo que agradecen y decretan, con una claridad sobrenatural que imagino solo se tiene a esas horas por la luz del sol.

Me produce especial aversión la evolución en el lenguaje de este tipo de gente, se les vuelve impecable, equilibrado y consciente, sobre todo eso. Tienen el poder de convertir cualquier cosa que pasa en algo que, de alguna manera, tiene que estar bien. Todo es aprendizaje, todo tiene un sentido y todo es parte del proceso que algo nos estará enseñando. En definitiva las cosas pasan por una razón que conviene no cuestionar demasiado y tienen una explicación rápida donde no tenemos que admitir que hay episodios de la vida que no enseñan absolutamentenada, soloocurrenyyaestá.Ahíesdondeseempiezaanotarquenoestanto una forma de entender lo que pasa sino una forma de no tener que enfrentarse a ello.

Este tipo de autoconocimiento siempre es más sencillo cuando puedes permitirte que lo sea. Porque para estar en proceso continuo hace falta tiempo, dinero y la tranquilidad de que nada importante va a perderse mientras uno está intentando encontrarse meditando. Algunos lo llaman crecimiento, yo prefiero llamarlo tiempo libre bien explicado y pocas ganas de mirarse por dentro.

Pero al final todo esto funciona, claro que funciona, por eso está de moda. Funciona lo justo como para poder seguir siendo una persona poco admirable pero sin tener que reconocerlo, y mucho menos si alguien está mirando. Así se compensa la balanza por un lado con lo que no se quiere tocar por el otro, todo parece que está alineado cuando lo importante no se ha revisado.

Y si aún así las cosas no salen como uno quiere, siempre queda mirar hacia arriba, a ver qué está pasando ahí fuera, qué planeta se ha descolocado o qué energía no está fluyendo como debería. Porque, al final, siempre es más cómodo culpar a Mercurio retrógrado que asumir que, en ocasiones, simplemente somos gilipollas.

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