(NOS ESCRIBEN) Reflexión metafórica
El problema no es el cáncer es (Gustavo Petro), sino la metástasis (Iván Cepeda). Por un psico-oncólogo que hoy no escribe desde la psiquiatría, sino desde la oncología. Hoy escribo desde la oncología, donde uno aprende una lección sencilla y brutal: a la mayoría de los pacientes no los mata el tumor original. Los matan …
El problema no es el cáncer es (Gustavo Petro), sino la metástasis (Iván Cepeda). Por un psico-oncólogo que hoy no escribe desde la psiquiatría, sino desde la oncología. Hoy escribo desde la oncología, donde uno aprende una lección sencilla y brutal: a la mayoría de los pacientes no los mata el tumor original.
Los matan las metástasis. Gustavo Petro fue el tumor primario. Ahí empezó todo. Un cáncer ruidoso, mal diagnosticado por una parte del electorado y tratado con consignas, aplausos y mucha negación. Pero Iván Cepeda es otra cosa. Iván Cepeda es la metástasis. Y cualquier médico sabe que cuando el cáncer se riega, el problema deja de ser manejable.
Petro gobierna como habla: improvisando, llegando tarde, diciendo frases que suenan profundas hasta que uno las piensa dos segundos. Un día quiere cambiar el idioma para acabar con el delito y al otro se pelea con medio mundo. Es caótico, errático y, a ratos, hasta caricaturesco.
Cepeda, no. Cepeda no improvisa. Cepeda cree. Y cuando alguien cree de verdad, con fe ideológica, deja de escuchar, deja de dudar y deja de frenar. Petro divaga. Cepeda ejecuta. Petro habla. Cepeda avanza. Elegir a Cepeda después de Petro sería como decir: “El tratamiento falló, el paciente está peor… probemos ahora con una versión más agresiva de la misma enfermedad».»
Porque no nos digamos mentiras: Cepeda no es el fin del petrismo, es su versión destilada. Sin desorden, pero con más dogma. Sin payasadas, pero con más sectarismo. Es la ideología sin freno, con más odio, sin autocrítica y sin límites claros entre el poder y la obsesión.
Colombia ya muestra síntomas que no son imaginarios: más inseguridad, legalidad convertida en plastilina, instituciones cada vez más débiles y un discurso oficial que siempre encuentra culpables afuera mientras el país se descompone por dentro. Y frente a ese cuadro clínico, la propuesta es continuidad. Pero no una continuidad torpe, sino una más eficiente y peligrosa.
El error sería creer que “peor que Petro no puede haber nada”. En medicina, ese pensamiento mata pacientes. Petro fue el inicio de la enfermedad. Cepeda es la propagación. La fase en la que el daño deja de ser localizado y empieza a comprometer órganos vitales: la justicia, la propiedad privada, la libertad de expresión y el derecho a pensar distinto sin ser tratado como enemigo.
Y cuando aparece la metástasis, ya no sirven los discursos emotivos ni las excusas morales. Hay que decidir si se actúa o si se acepta el desenlace. Colombia todavía está a tiempo de entender que sobrevivir a un tumor no significa entregarse a su expansión. Porque una cosa es aguantar una enfermedad… y otra muy distinta es votar para que se vuelva terminal.

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