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En agosto nos vemos. Por: Jaime Honorio González

Antier fui al médico.

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En agosto nos vemos. Por: Jaime Honorio González

Me senté en la sala de espera realmente enfermo, me dolía todo, hormigueos en el pie izquierdo, somnolencia permanente, incomodidad en el costado derecho del abdomen, dolor de cabeza, mal dormir, pérdida de apetito, en fin, un panorama poco halagador.

Van 102 días de este año y ya he ido a ese edificio cinco veces, en promedio una cada tres semanas. Terrible.

El viernes pasado, a las seis y veinte minutos de la noche, en punto, la muy amable doctora me hizo seguir a su consultorio. Es una mujer joven (definición de joven: cualquier persona menor que uno), delgada (definición de delgada: aplicar la misma de joven) y con una suave dulzura que poco a poco se le va notando a medida que avanza la consulta (definición de dulce: cualquiera menos amargado que uno).

No es fácil encontrar a alguien así. En estos tiempos médicos modernos, en los cuales predominan las citas contra reloj, las cortesías de manual, los consultorios despersonalizados y las frases hechas, ella ha sido para mí todo un oasis en el desierto (una de las más terribles frases hechas que conozco).

Con los años he ido superando mi irracional miedo a preguntar lo debido a los médicos. A muchos de ellos los rodea un impresionante halo de conocimiento y superioridad que acentúan a propósito a la hora de sus diagnósticos, sus formulaciones y sus recomendaciones. En realidad, en muchos de ellos, es solo halo. Y nada más.

Pero, mi doctora no es así. Ella es harina de otro costal (también frase hecha, aunque diluible).

Lo increíble de lo anterior es que me gano la vida haciendo preguntas, muchas veces preguntas difíciles, casi siempre intencionadas, dirigidas a mostrar mi ignorancia para obtener las más sinceras respuestas, en fin, el preguntar como esencia del oficio de reportero, el mismo que se congela cuando asume el rol de paciente, o de familiar de paciente, que es peor. Bueno, se congelaba porque, con los años, he ido mejorando.

Al menos, en ese aspecto, aclaro.

La doctora abrió mi historia clínica en su computador, que no es de ella, y yo fui directo al grano (más muletilla que frase hecha):

  • Doctora, vengo para que revise los exámenes de sangre y los otros que me ordenó, le dije con suficiencia.

  • Y, ¿Cómo le ha ido? ¿Cómo se ha sentido? Me preguntó suavemente.

Yo, ahí dudé. Bueno, y esas preguntas, ¿por qué? ¿Habrá visto algo preocupante en los exámenes y me estará preparando? Y, ¿esa amabilidad? Y, ¿ese tono? En una milésima de segundo recordé un par de episodios que padecí con médicos informando las malas noticias de la forma más fría posible, rebuscada para que resulte inentendible, inexpresiva, de afán, casi infame.

Pero, mi doctora no es así.

Yo iba enfermo y supongo que, como mecanismo de defensa, me alenté en un santiamén y le respondí con total entereza:

  • Bien, doctora.

Ella pareció sorprenderse, me clavó una enternecedora mirada y me dijo:

  • ¿De verdad? Ah, qué bueno. Pues lo felicito.

Sudé por dentro.

Entonces, me informó sobre los resultados: en resumen, me dijo que todo estaba divinamente, sí, un poco alto el colesterol malo y un poco bajo el colesterol bueno (no sabía que había bueno y malo, pero tampoco le pregunté y apenas llegué a casa, lo consulté con el doctor Google); y me felicitó tres veces.

Quedé totalmente alentado. Ni siquiera me di cuenta cuando —como colofón— me recordó que debía ir al urólogo (para lo del examen de la infamia). Yo me sentía exultante pero, no se lo demostré, tengo mi orgullo.

Hace 50 años voy al mismo médico, el de la familia, el doctor Guerrero. Atendió a mis abuelos, a mis papás, a mis hermanos y a mis hijos. El consultorio queda en la misma parte, en el otrora barrio residencial que ya perdió su guerra contra el comercio. Es un hombre maravilloso, sabio, cálido, que apunta a mano sus conclusiones en las historias clínicas perfectamente organizadas en hojas cuadriculadas y legajadas en fólderes AZ. Voy a visitarlo una que otra vez, cuando la extrema frialdad del actual sistema de salud me agobia. Las consultas con él no tienen límite en el tiempo.

Justo hoy 12 de abril cumplo 57. Sí, sin pena les cuento. Y también, sin gloria. Ella me recomendó que celebrara sin límite, pero que el martes debía retomar las buenos hábitos que aún no tengo. Le dije que sí, que claro, que por supuesto. Mentiras piadosas (clásica frase hecha, apenas para finalizar), lo sé.

Por eso es que siento que —sin buscarlo— me encontré un tesoro con esta doctora. Porque ella es, un poquitico, como él.

  • Y, ¿Cuándo vuelvo, doctora?

  • En agosto nos vemos, me dijo.

Como la floja novela.

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