(OPINIÓN) Colombia y Estados Unidos: menos ruido, más diplomacia. Por: Andrés Gaviria
La relación entre Estados Unidos y Colombia debería volver a un terreno elemental: diplomacia, sensatez y normalidad. El reciente encuentro entre Donald Trump y Gustavo Petro sirvió, al menos en lo formal, para bajar la temperatura de una relación que venía cargada de tensiones innecesarias. Celebro
La relación entre Estados Unidos y Colombia debería volver a un terreno elemental: diplomacia, sensatez y normalidad. El reciente encuentro entre Donald Trump y Gustavo Petro sirvió, al menos en lo formal, para bajar la temperatura de una relación que venía cargada de tensiones innecesarias.
Celebro que se haya retomado el diálogo directo, porque a Colombia no le conviene una relación fría con su principal socio estratégico. He dicho públicamente que me gusta Donald Trump y que simpatizo con varias de sus posturas. Eso no significa asumir una defensa automática de todo lo que hace o dice. Tener convicciones no implica perder el criterio propio ni caer en liderazgos incuestionables.
En 2025, Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de Colombia. En 2024 el intercambio bilateral superó los 30.000 millones de dólares y la balanza comercial fue desfavorable para el país, ya que Colombia importó más de lo que exportó, sobre todo en bienes manufacturados, maquinaria e insumos industriales. En una economía con bajo crecimiento y problemas de empleo, cualquier deterioro en esa relación se traduce en costos reales para la producción, la inversión y la gente.
En materia de seguridad, Washington continúa siendo un aliado clave. La cooperación en 2024 y 2025 ha rondado los 400 a 450 millones de dólares anuales, enfocada en lucha contra el narcotráfico, fortalecimiento institucional y seguridad rural. Sin embargo, los resultados no acompañan el esfuerzo. Colombia cerró 2024 con más de 250.000 hectáreas de cultivos de coca, una de las cifras más altas registradas. Ese contexto explica por qué Estados Unidos presiona y por qué esta relación no puede manejarse a punta de discursos ideológicos ni confrontaciones retóricas.
Aquí el lenguaje importa. Los calificativos despectivos entre jefes de Estado no fortalecen la posición de ningún país. Las diferencias se pueden y se deben exponer, pero con respeto y cálculo político. Petro ha mostrado una tendencia a provocar y luego a presentarse como víctima cuando recibe respuestas duras. Trump, fiel a su estilo, responde de manera frontal desde una posición de poder evidente. En política internacional no basta con tener razón; hay que saber cuándo hablar, cómo hablar y desde dónde negociar. La diplomacia no se improvisa.
Al final, los políticos pasan. Las naciones permanecen. A Estados Unidos le interesa que Colombia garantice elecciones libres y confiables en 2026, estabilidad institucional y cooperación efectiva en seguridad. A Colombia le conviene preservar una relación pragmática que permita mejores condiciones comerciales, atraer inversión extranjera y mantener canales de cooperación que en el pasado dieron resultados concretos.
No se trata de inclinarse ante Washington, pero tampoco de jugar a la confrontación simbólica. Se trata de defender los intereses del país con cabeza fría, diplomacia seria y visión de largo plazo.

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