(OPINIÓN) Colombia se juega hoy en sus niños y jóvenes. Por: Laura Mejía
En Colombia solemos repetir que los niños y los jóvenes son el futuro. Esa frase, tan usada como vacía, desconoce una realidad urgente: no son solo el futuro, son el presente. Están aquí, ahora, viviendo en un país que necesita mirarlos, escucharlos y actuar con ellos en el centro de las decisiones.
En Colombia solemos repetir que los niños y los jóvenes son el futuro. Esa frase, tan usada como vacía, desconoce una realidad urgente: no son solo el futuro, son el presente. Están aquí, ahora, viviendo en un país que necesita mirarlos, escucharlos y actuar con ellos en el centro de las decisiones.
La política, los programas de gobierno y los discursos de poder rara vez se piensan en clave de infancia y juventud. Se habla de cifras macroeconómicas, de reformas, de coyunturas, pero pocas veces de lo esencial: cómo construir un país en el que los niños crezcan seguros, los adolescentes sueñen sin miedo y los jóvenes encuentren aquí, y no fuera, sus oportunidades.
La democracia no se edifica solo en los debates o en las urnas. Se levanta también en las aulas, en la casa, en el barrio. Se fortalece cuando enseñamos a los niños y a los jóvenes a reconocer sus emociones, a entender que la vida no siempre es ganar, que también se aprende en la derrota, que un corazón roto no es el fin, que perder una batalla no significa perder la dignidad. Una democracia plena es aquella que educa para la vida, no solo para el éxito.
Pero educar también significa enseñarles que la hiperproductividad no es el camino. Que está bien aburrirse, que el ocio es necesario, que descansar también construye. Significa mostrarles que la vida tiene matices, luces y sombras, y que aprender a habitar esa complejidad es parte de crecer como seres humanos y como ciudadanos. Porque solo quien entiende la realidad en su diversidad puede transformarla con sentido, con una mente sana y con responsabilidad.
La educación tampoco puede recaer únicamente en los colegios o en las universidades. Desde las casas tenemos la responsabilidad de ser ejemplo: mostrar con nuestras acciones lo que significa respetar, dialogar, escuchar y construir. Los niños y jóvenes reflejan lo que somos como sociedad: repiten lo que ven, aprenden de lo que vivimos frente a ellos. No basta con hablar de esperanza, hay que practicarla en lo cotidiano, en cómo tratamos al otro, en cómo enfrentamos las dificultades y en cómo nos levantamos después de una caída.
Colombia vive un momento complejo, atravesado por crisis económicas, sociales y políticas. Pero el verdadero desafío está en cómo decidimos actuar frente a esos problemas. ¿Pensamos en las próximas elecciones o en las próximas generaciones? ¿Diseñamos políticas de paso o construimos proyectos de país, que transformen la vida de quienes hoy están en las aulas, en los parques, en los barrios?
Necesitamos un país que enseñe a sus jóvenes que la política no es sinónimo de corrupción ni de violencia, sino de participación, respeto y construcción colectiva. Un país en el que los niños aprendan que la democracia también es escuchar, aceptar la diferencia y reconocer que nadie tiene la verdad absoluta. Para eso, hay que escucharlos más, no solo buscarlos cuando es conveniente; hay que incluirlos como protagonistas de las decisiones que los afectan.
Si no pensamos el presente en función de ellos, hipotecamos cualquier posibilidad de futuro. No son espectadores de lo que pasa en Colombia; son protagonistas, quienes sienten de manera más directa las decisiones que tomamos.
El país que soñamos para los niños y los jóvenes debe ser un país en el que se pueda perder sin vergüenza y ganar con humildad; un país en el que se pueda amar sin miedo y disentir sin violencia; un país que valore también el ocio, la pausa y la reflexión; un país que no solo se piense en ellos, sino que se construya con ellos. Porque más que el futuro, son el presente de Colombia. Y ese presente exige un compromiso político y social: escucharlos, protegerlos e incluirlos en cada decisión. De eso depende el rumbo de nuestra democracia.

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