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(OPINIÓN) Soy de profundidades, no de superficialidad. Por: Laura Mejía

Siempre me han dicho: “Eres muy seca”, “No expresas”. Se equivocan, he pensado para mis adentros. Siento profundamente. Esa es la verdad, la que poco se ve a simple vista. La superficialidad se ha vuelto el centro de nuestras interacciones diarias; desde las redes sociales hasta las conversaciones i

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Soy de profundidades, no de superficialidad. Por: Laura Mejía

Siempre me han dicho: “Eres muy seca”, “No expresas”. Se equivocan, he pensado para mis adentros. Siento profundamente. Esa es la verdad, la que poco se ve a simple vista. La superficialidad se ha vuelto el centro de nuestras interacciones diarias; desde las redes sociales hasta las conversaciones informales. Sin embargo, algo en mí se resiste a esta tendencia. Yo soy de profundidades, no de superficialidad. No se trata de una falta de expresión, sino de una forma diferente de sentir, de procesar el mundo que nos rodea. Hay quienes se quedan en la superficie, cómodos con lo inmediato y pasajero, y estamos quienes buscamos ir más allá, a ese espacio donde las conexiones tienen raíces más profundas.

Es curioso cómo, en ocasiones, las personas que sienten profundamente son etiquetadas como «distantes o frías». La razón es simple; en una sociedad llena de ruido, de estímulos inmediatos, lo profundo suele incomodar. Nos han enseñado a esperar respuestas rápidas, reacciones inmediatas y emociones a flor de piel. Pero, para aquellos que habitamos en las profundidades, la expresión no en todas las ocasiones es inmediata, pero siempre es auténtica. Sabemos que hay mucho más que lo que se ve en la superficie y, por eso, nos tomamos el tiempo necesario para procesar, para reflexionar. Eso no nos hace menos, sino más conscientes de la importancia de lo que sentimos.

Siento profundamente porque me he dado cuenta de que es ahí, en esa profundidad, donde realmente se encuentra el sentido de la vida. En las conversaciones que nos incomodan, en los momentos de vulnerabilidad, en el tiempo invertido para escuchar realmente al otro y no solo para esperar nuestro turno para hablar. Lo superficial no me descresta, porque no hay nada que se construya en la superficie que perdure. La belleza, la sabiduría, el amor genuino, todo eso se encuentra en lo que no se ve a simple vista. Se descubre en los gestos, en los silencios, en las palabras que cuestan y que, al mismo tiempo, son las más necesarias.

Entendemos los diferentes lenguajes del amor. Todos sentimos, aunque no siempre lo hagamos de la misma manera. El amor no se limita a una sola expresión; tiene muchas caras, muchas voces. Permitámonos, entonces, relacionarnos con gente que siente, independientemente de la forma en que lo haga. No hay una única manera correcta de experimentar la vida, ni un solo camino para vivirla. Lo que importa es la profundidad con la que conectamos, la autenticidad con la que nos entregamos a nuestras relaciones, sin importar cuán diferentes sean las maneras en que cada uno lo expresa. Esa es la magia de las emociones humanas; son tantas y diversas como la vida misma.

Por otro lado, hoy más que nunca, nuestra sociedad necesita un cambio radical en la manera en que nos relacionamos. Necesitamos reflexiones profundas, no solo para comprender el mundo que nos rodea, sino también para entendernos a nosotros mismos. Estamos tan absorbidos por lo inmediato, lo visual y lo superficial, que nos olvidamos de la importancia de las conversaciones que realmente nos nutren, que nos permiten cuestionarnos y crecer. Nos hemos acostumbrado a consumir contenido que no deja huella, a entablar diálogos que no enriquecen, a construir relaciones basadas más en la apariencia que en la autenticidad.

Requerimos cambiar de perspectiva. Necesitamos un giro hacia lo profundo, hacia lo que realmente importa. La envidia, esa enfermedad silenciosa que nos consume, debe ser sustituida por la admiración. En lugar de fijarnos en lo que otros tienen o hacen, debemos aprender a valorar sus logros, sus esfuerzos, su autenticidad. No se trata de compararnos, sino de admirar lo que cada uno tiene para ofrecer, reconociendo que la grandeza no está en tener más, sino en ser más.

Lo superficial es tentador, lo profundo es transformador. Nos encontramos en un momento crucial para elegir el tipo de sociedad en la que queremos vivir. Si decidimos sumergirnos en las profundidades, si abrazamos las reflexiones profundas y fomentamos conversaciones que nos lleven más allá de lo evidente, entonces podremos empezar a construir una sociedad más consciente, más humana y más auténtica. Porque al final, es lo profundo lo que perdura, lo que realmente nos cambia y nos conecta de manera significativa.

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