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(OPINIÓN) Rememos juntos. Por: Laura Mejía Sanín

Colombia atraviesa un momento crucial. Nuestras diferencias, en lugar de enriquecernos, parecen haberse convertido en abismos que nos separan. Se odia desde la comodidad de una pantalla, desde el anonimato de las redes sociales, sin siquiera conocer al otro, e incluso en nuestras interacciones cotid

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Rememos juntos. Por: Laura Mejía Sanín

Colombia atraviesa un momento crucial. Nuestras diferencias, en lugar de enriquecernos, parecen haberse convertido en abismos que nos separan. Se odia desde la comodidad de una pantalla, desde el anonimato de las redes sociales, sin siquiera conocer al otro, e incluso en nuestras interacciones cotidianas. Parece ilógico, lo sé, pero seguimos repitiendo una y otra vez la materia que lleva por título «la importancia del diálogo». Y, además, ¿qué ganamos odiando? nada.

«Odiar es para flojitos», escuché algún día; requiere poco esfuerzo y no nos lleva a ningún lado; es un tema casi que de mediocridad. Amarnos y respetarnos, por el contrario, nos reta a ser mejores. Nos invita a construir, a comprender, y a ver el mundo con otros ojos. Tender la mano a quien está al otro lado de las ideas, es lo que realmente nos desafía. Y eso sí que es bonito, porque al final del día, todos estamos luchando por lo mismo: un país mejor, un futuro más digno, ¿no?

Es fácil dejarnos llevar por el discurso del odio, que divide y convierte al otro en enemigo. Pero el verdadero desafío está en remar juntos. Construir algo más grande a partir de nuestras diferencias, no a pesar de ellas. Un país no se levanta con ideas homogéneas, sino con la suma de experiencias y puntos de vista diversos. Podemos, y debemos, estar en desacuerdo, pero siempre recordando que, aunque haya diferencias, compartimos el mismo sueño: una Colombia mejor.

Hoy, nuestro país no necesita más rivales. Requiere de jugadores que entren a la cancha con el mismo objetivo; ese que lleva tatuadas las palabras «transformación», «creación» y «construcción». No importa tu ideología ni el lado en el que estés. Lo que verdaderamente tiene valor es que tus acciones se alineen con la ética y el bien común. La verdadera fortaleza no está en destruir a quien piensa diferente, sino en hallar puntos de encuentro y generar puentes donde antes había muros.

Este sueño de país no se alcanzará con resentimientos ni divisiones. No avanzaremos si seguimos atrapados en la lógica del “nosotros contra ellos”. Pensar distinto no solo es válido, es esencial. Nos enriquece y nos obliga a replantear nuestras certezas. Si aprendemos a valorar esas diferencias, estaremos dando el primer paso hacia la verdadera transformación. Yo creo que sí es posible.

En este camino hacia la construcción de una sociedad mejor, es fundamental hacer pausas y recargar energías. No hay nada mejor para ello que el arte, la cultura y el ocio. Estas experiencias nos permiten desconectar del ajetreo diario que, en ocasiones, nos agobia o nos saca de quicio. Además, nos conectan con nuestra esencia humana, esa que tanto necesitamos hoy. El arte es una fuerza capaz de transformar sociedades desde sus cimientos, porque nos inspira, nos educa y nos recuerda lo que significa ser verdaderamente humanos.

Y en este proceso, la lealtad es indispensable. Seamos amigos leales. No es estar de acuerdo en todo, es estar presente. Ser el apoyo incondicional en los momentos difíciles. Un amigo leal no te defiende por obligación, sino porque cree en ti. Esa misma lealtad debemos ofrecérnosla a nosotros mismos y a nuestro país. Es un compromiso con nuestros valores y nuestras convicciones, incluso cuando el mundo parece ir en otra dirección. Ser fieles a nosotros mismos es un acto de resistencia. Al mantenernos auténticos, podemos ser verdaderos amigos y compañeros, incluso cuando no siempre pensemos igual.

Colombia está pidiendo a gritos aliados; personas dispuestas a unirse, porque todos deseamos lo mismo: un país donde nuestras familias crezcan en paz, un lugar más equitativo y sano para las nuevas generaciones, y un espacio en el que podamos ser nosotros mismos sin temor a ser juzgados. Sin embargo, ¿saben? Ese país no se construirá desde el odio, sino a partir de la empatía, el respeto y la voluntad de valorar nuestras diferencias.

Así que, hagámonos pasito. Rememos juntos, dejemos de lado las divisiones y recordemos que la verdadera fuerza está en la unidad. Amemos más, odiemos menos. Aprovechemos esos momentos de arte y cultura que nos transforman y nos recargan. Construir la Colombia que soñamos no se trata de ganar discusiones o de llevarnos el punto, sino de aprender a convivir. Seamos amigos leales, ciudadanos comprometidos, personas que se respetan. Solo así podremos hacer realidad el país que todos queremos.

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