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(OPINIÓN) O nos unimos o perdemos el país. Por: Laura Mejía

Hay momentos en la historia de una nación en los que la política deja de ser un ejercicio normal de competencia entre candidatos y se convierte en algo mucho más serio. Momentos en los que la discusión deja de ser quién gana una elección y pasa a ser si el país que conocemos seguirá existiendo …

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) O nos unimos o perdemos el país. Por: Laura Mejía

Hay momentos en la historia de una nación en los que la política deja de ser un ejercicio normal de competencia entre candidatos y se convierte en algo mucho más serio. Momentos en los que la discusión deja de ser quién gana una elección y pasa a ser si el país que conocemos seguirá existiendo bajo las reglas de la democracia.

Colombia está viviendo uno de esos momentos. Y, sin embargo, pareciera que muchos todavía no lo han entendido.

Uno escucha debates, ve discusiones en redes sociales y observa a campañas enfrentándose como si esta fuera una pelea de egos. Como si el objetivo fuera demostrar quién grita más fuerte, quién es más contundente en un discurso o quién logra convertirse en el nombre más resonante del momento.

Pero estas elecciones no son para eso. No son para decidir quién pelea mejor. No son para definir quién se impone en la arena mediática. Y tampoco son un concurso de popularidad para que cada candidato defienda su propio protagonismo.

Estas elecciones son, en esencia, un examen ético para el liderazgo y el futuro de Colombia.

No se trata de derecha, centro o izquierda. Esa discusión, que es legítima en una democracia, hoy parece quedarse corta frente a lo que realmente está en juego. Lo que está en juego es algo más elemental: la defensa misma de la democracia, de las instituciones y de las reglas que permiten que un país funcione.

Por eso preocupa ver cómo, mientras el país atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente, algunos sectores parecen más interesados en demostrar quién es el héroe de la película y quién será el villano del relato político.

Ese no es el debate que Colombia necesita.

Por eso esta columna es también una invitación. Y ojalá sea escuchada con serenidad y con sentido de país.

Es una invitación a los electores de Abelardo De La Espriella y a los de Paloma Valencia. A quienes creen en sus ideas, a quienes trabajan en sus equipos, a quienes defienden sus candidaturas con convicción.

Bajen los guantes. Mírense con un objetivo en común. Porque si algo debería quedar claro en este momento político es que esta no es una guerra entre ustedes. No es una competencia para ver quién derrota al otro dentro del mismo espectro democrático.

El adversario es otro. Y a veces pareciera que estamos perdiendo el foco.

También quiero extender esta invitación con respeto, al candidato Sergio Fajardo. A que considere, con serenidad y con visión histórica, la posibilidad de entender el momento político del país más allá de las aspiraciones individuales. La política también exige grandeza cuando el contexto lo demanda.

Colombia no necesita más fragmentación entre quienes creen en la democracia. Necesita todo lo contrario. Necesita inteligencia política. Necesita generosidad. Necesita capacidad de entender que hay momentos en los que el país está por encima de los proyectos personales.

La historia está llena de ejemplos de naciones que perdieron su rumbo porque quienes podían defender la democracia estaban demasiado ocupados compitiendo entre ellos.

Sería una tragedia que Colombia repitiera ese error.

Todavía hay tiempo de entenderlo. Todavía hay tiempo de actuar con responsabilidad histórica. Todavía hay tiempo de recordar que la política no es solo una disputa de poder, sino también un acto de conciencia frente al país.

Porque si algo debería quedar claro en este momento es que la decisión que se aproxima no es simplemente electoral. Es una decisión sobre el futuro de Colombia.

Y frente a eso, la conclusión es inevitable: O nos unimos, o perdemos el país.

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