(OPINIÓN) La democracia se defiende con ideas, no con violencia. Por: Laura Mejía
Colombia duele. Duele en en la memoria, en la conciencia. Y duele más cuando ese dolor se parece a un pasado que prometimos no repetir. Un pasado de miedo, de ausencias, de incertidumbre. Un país donde salir a la calle era un acto de fe y regresar, un milagro. Hace una semana, Miguel Uribe Turbay, [
Colombia duele. Duele en en la memoria, en la conciencia. Y duele más cuando ese dolor se parece a un pasado que prometimos no repetir. Un pasado de miedo, de ausencias, de incertidumbre. Un país donde salir a la calle era un acto de fe y regresar, un milagro.
Hace una semana, Miguel Uribe Turbay, senador, precandidato presidencial, padre, esposo, amigo, fue víctima de un atentado mientras ejercía su derecho a la palabra. Mientras hablaba de democracia. Mientras se dirigía a los ciudadanos. Hoy, él lucha por su vida. Y con él, muchos luchamos por no perder la fe en un país que parece estar retrocediendo a sus sombras más oscuras.
Yo nací en 1987. No me tocó de frente esa Colombia rota que vivieron mis padres y abuelos. Era muy pequeña cuando las bombas hacían parte del paisaje, cuando el reloj del país marcaba más muertes que minutos. Tenía 6 años cuando mataron a Pablo Escobar, y recuerdo perfectamente ese momento que marcó para siempre la historia de Colombia.
Vivía en una urbanización muy cerca de donde solían poner explosivos. Cada vez que explotaba una bomba, los vecinos salíamos a la unidad. Nos reuníamos para ver que todos estuviéramos vivos.
Yo era la más chiquita. Me abrazaban. Y en esos abrazos entendí el miedo colectivo, pero también la fuerza de estar juntos.
Años más tarde, viviendo en Europa, me preguntaban si en Colombia había casas con techo. Si las balas sonaban más que los pájaros. Si la violencia era nuestro idioma cotidiano. Y ese dolor me encendió la necesidad de contar nuestra historia completa. Porque sí, hemos sufrido, pero no somos solo eso. También somos un país que ha resistido, que ha creado, que ha amado profundamente a pesar de todo.
Por eso decidí ser periodista. Para contar. Para servir. Para no olvidar. Para construir. Para denunciar cuando toca, pero también para recordar que hay otra Colombia posible.
Me enteré del atentado contra Miguel mientras acompañaba a mi hijo en una clínica. Mi hijo de 10 años, hospitalizado, vulnerable, y yo intentando consolar su dolor… y también el mío, al ver a Miguel debatirse entre la vida y la muerte.
Pero me dolió más lo que vino después. Me dijo: “Mamá, ¿por qué alguien querría matarlo? ¿Fue alguien de la corrupción, como el presidente, como el de Venezuela? ¿Qué van a hacer con su hijo? ¿A los niños también nos matan?”
Se llenó de preguntas. Y yo me llené de miedo. No porque no tuviera respuestas, sino porque, una vez más, me enfrentó a la pregunta que más me duele: ¿qué país estamos construyendo para ellos?
Hoy quiero hacer un llamado, desde lo más profundo de mi corazón:
A los políticos, que bajen el ego, que se encuentren desde las ideas, que se reconozcan humanos, que comprendan que no estamos para ganar peleas, sino para construir país.
A los empresarios, que no dejen de creer. Que se mantengan firmes, que inviertan en esperanza, que lideren con ética y propósito.
A los ciudadanos de a pie, que no nos rindamos. Que no repitamos sin pensar los discursos del odio, que volvamos a saludarnos en la calle, a escucharnos, a entendernos.
A los periodistas, que no permitamos que nuestra voz sea usada como arma. Que sigamos informando con rigor, con responsabilidad, con amor por la verdad.
A todos, que volvamos a mirarnos con respeto, incluso cuando no estemos de acuerdo. Que aprendamos a convivir con la diferencia sin necesidad de destruirnos.
Nos estamos volviendo expertos en tirarnos odio. Nos insultamos con ligereza. Nos cancelamos, nos saboteamos, nos deseamos el mal. En redes sociales es más peligroso tener enemigos que en la calle. Y eso no puede seguir siendo así. No podemos dejar que el mundo digital se convierta en un campo de guerra, donde lo único que importa es quién grita más fuerte.
Volvamos a conversar de frente. Volvamos a mirarnos a los ojos. Volvamos a escucharnos sin el veneno del rencor. Dejemos de buscarnos la caída y empecemos a construir puentes para levantarnos.
Porque sí, se vale no estar de acuerdo. Se vale que no nos caigamos bien. Pero no se vale ponernos zancadillas. No se vale apagarle la luz al otro para brillar más. No se vale querer borrar al que piensa distinto.
Esta Colombia necesita un respiro. Necesita compasión. Necesita líderes que dejen de hablar solo para los suyos y empiecen a hablar para todos. Necesita ciudadanos que no se traguen el cuento del odio como si fuera verdad. Necesita volver a creer.
Lo que pasó con Miguel Uribe no puede pasar nunca más. Ni con él, ni con nadie. Lo que pasó con tantos en nuestra historia no puede seguir ocurriendo.
Esta vez no. Esta vez tenemos que unirnos. Esta vez tenemos que elegir el respeto. Esta vez tenemos que luchar juntos.
Porque si no es ahora, ¿cuándo?
Porque si no somos nosotros, ¿quiénes?

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