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(OPINIÓN) La democracia no se mide en likes. Por: Laura Mejía

En un mundo donde la visibilidad digital parece dictar valor y liderazgo, las redes sociales se han convertido en un filtro para juzgar relaciones, opiniones y hasta candidatos políticos. Cuando la apariencia y el número de seguidores pesan más que las ideas y la coherencia, la calidad del juicio ciudadano, y con ella la democracia, empieza a erosionarse.

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(OPINIÓN) La democracia no se mide en likes. Por: Laura Mejía

¿En qué momento empezamos a confundir lo visible con lo verdadero?

Hoy no solo juzgamos relaciones por lo que aparece, o no aparece, en redes sociales. También estamos formando opiniones, tomando decisiones e incluso definiendo liderazgos desde una vitrina que, por definición, nunca muestra la historia completa.

Las redes sociales nos conectan, sí. Han abierto conversaciones necesarias y han democratizado la voz. Pero también han instalado una distorsión silenciosa: la idea de que lo que no se muestra no existe, y que lo que más se ve es lo más valioso.

Y ahí empieza el problema.

Porque cuando empezamos a confundir lo visible con lo verdadero, no solo se distorsionan nuestras relaciones personales. También se debilita algo más profundo: la forma en la que construimos criterio como sociedad. Y sin criterio, no hay democracia que se sostenga.

Empezamos a medir la solidez de una relación por su nivel de exposición. A confundir conexión con visibilidad. A creer que lo público es más auténtico que lo íntimo. Y, sin darnos cuenta, trasladamos esa misma lógica a otros ámbitos.

También estamos confundiendo riqueza con valor, poder con mérito e influencia con liderazgo. En ese cruce peligroso, dejamos de preguntarnos por las ideas, la coherencia o la formación, y empezamos a fijarnos en cifras: seguidores, alcance, interacción.

Y esto no es un asunto menor.

El problema va más allá de un momento electoral. Una democracia no se define únicamente en las urnas, sino en la calidad del juicio de sus ciudadanos. Y cuando ese juicio empieza a construirse desde métricas superficiales, seguidores, alcance, interacción, lo que está en riesgo no es solo una elección, sino la capacidad misma de elegir bien.

Estamos eligiendo "influenciadores" en lugar de líderes. Mirando más el engagement que las propuestas. Más la capacidad de comunicar que la capacidad de pensar. Más la exposición que la profundidad.

Y una democracia que decide así, es una democracia que se debilita.

La política, como las relaciones, no debería sostenerse en la apariencia, sino en la profundidad. No en quién logra imponerse, sino en quién es capaz de construir. No en quién genera más ruido, sino en quién tiene algo que decir.

Pero hay otro síntoma que también preocupa: la forma en la que nos estamos relacionando.

Se ha vuelto más común de lo que debería que alguien intente acercarse desacreditando lo que el otro ya tiene. Sembrando dudas, cuestionando, hablando mal. Como si construir implicara primero desmontar.

Y eso no habla de interés genuino. Habla de inseguridad. De falta de respeto. Y, sobre todo, de falta de altura.

Las relaciones, como el liderazgo, no deberían construirse desde la comparación ni desde la conveniencia, sino desde lo que cada quien es capaz de ofrecer: coherencia, respeto y autenticidad.

Lo demás no es conexión. Es estrategia. Y una bastante pobre.

Esto no se trata de estar en contra de las redes sociales. Sería absurdo. Son una herramienta poderosa, necesaria y, bien usadas, profundamente valiosa.

El problema no está en lo digital. Está en delegarles el criterio.

Cuando lo que vemos en una pantalla pesa más que lo que conocemos en la vida real, algo se desordena. Cuando validamos personas, relaciones o ideas por su nivel de exposición y no por su profundidad, algo se pierde.

Esto no va de redes sociales.

Va de criterio.

Y sin criterio, cualquier decisión, personal o colectiva, deja de ser una elección consciente para convertirse en una reacción.

Ahí es donde empiezan los errores que después terminan costando más que una mala percepción.

Y, sin embargo, todavía estamos a tiempo.

A tiempo de volver a mirar más allá de lo evidente. De no tragar entero. De exigir más que una buena puesta en escena. De elegir, en lo personal y en lo público, desde la profundidad y no desde la apariencia.

Porque el criterio no se pierde de un día para otro. Pero también se puede recuperar.

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