(OPINIÓN) Colombia y el mundo al revés. Por: Laura Mejía
En Colombia, quienes deberían dar explicaciones se victimizan y terminan siendo «los buenos», los violentos se presentan como salvadores, los ciudadanos que madrugan a trabajar son tildados de privilegiados y los que cumplen la ley deben justificar su decencia. Qué incoherencia. Bienvenidos al mundo
En Colombia, quienes deberían dar explicaciones se victimizan y terminan siendo «los buenos», los violentos se presentan como salvadores, los ciudadanos que madrugan a trabajar son tildados de privilegiados y los que cumplen la ley deben justificar su decencia. Qué incoherencia. Bienvenidos al mundo al revés, donde lo absurdo se volvió rutina y el cinismo parece gobernar la conversación pública.
Hoy vivimos una realidad en la que el mérito molesta y la preparación es tratada con desconfianza. Se celebra la improvisación como símbolo de autenticidad y se desprecia el conocimiento como si fuera sinónimo de élite. En este país al revés, los que cuestionan se convierten en enemigos y los que aplauden sin preguntar son promovidos. Paradójico, ¿no creen?
Mientras tanto, los discursos que alguna vez prometieron justicia social se acomodan en las lógicas del poder que decían rechazar. El cambio que muchos anhelaban se ha transformado en una mezcla de caos, acusaciones cruzadas y decisiones sin rumbo. No se trata de una diferencia ideológica, sino de una incoherencia sistemática que nos termina afectando a todos.
¿Desde cuándo empezamos a aceptar que todo se vale si viene de los “nuestros”? ¿Por qué, en medio de tanto ruido, cuesta tanto encontrar voces sensatas que no hablen desde el cálculo sino desde la responsabilidad?
En este mundo al revés, las redes sociales también se han convertido en escenarios donde se confunde agresividad con valentía. Le aplaudimos al que grita más fuerte, al que lanza odio como si fuera un acto de heroísmo, al que se burla, descalifica y señala, creyendo que eso es defender una causa. La conversación pública se ha vuelto una batalla campal, donde el insulto tiene más eco que el argumento. Es urgente elevar el nivel del debate.
Nos estamos acostumbrando a vivir en un país donde lo evidente se pone en duda y lo inaceptable se normaliza. Un país en el que la culpa siempre es de otro, y la solución es siempre más polarización. Un país en el que las instituciones son debilitadas desde adentro y la democracia se pone en riesgo no por golpes, sino por discursos que erosionan su legitimidad.
Y aquí una advertencia necesaria: pilas con la indiferencia. El silencio, en algunos casos, no es prudencia, sino complicidad. No podemos mirar para otro lado cuando los hechos nos interpelan. No se trata de estar en permanente confrontación, pero sí de tener criterio, de no celebrar lo que está mal solo porque lo dice alguien que nos cae bien, o de callar por miedo a ser señalados.
Pero no todo está perdido. En medio del desconcierto, todavía hay empresarios que empujan la economía y generan empleo, políticos que hacen su trabajo con decencia y ética, ciudadanos que creen en el valor del trabajo honesto, del debate informado, del respeto a las diferencias y del compromiso con el país más allá de las banderas. No son pocos. Solo que no hacen tanto ruido.
Hoy más que nunca, Colombia necesita recuperar el sentido común. Volver a poner las cosas en su lugar: que ser decente no sea una rareza, que gobernar implique responsabilidad, que hacer bien las cosas no sea motivo de sospecha.
Y también necesita que todos, desde el lugar que ocupamos, elijamos la sabiduría por encima del impulso. Que no nos dejemos arrastrar por el ruido. Que aprendamos a tramitar nuestras emociones con sabiduría, a cuestionar sin agredir, a defender sin destruir. Porque de nada sirve cambiar las formas si perdemos el fondo. Y de nada sirve ganar una discusión si perdemos la posibilidad de convivir.
La esperanza no puede depender de las ideologías, ni estar en el ruido, ni en el odio. Está en quienes construyen todos los días con ética y responsabilidad. En quienes, pese al cansancio, no renuncian a la sensatez. En quienes creen que este país todavía puede enderezarse, si empezamos —cada uno— por no vivir al revés. Vamos a sacar esto adelante. Porque una democracia no se sostiene solo con votos, sino con ciudadanos dispuestos a defenderla desde la coherencia y el respeto por las reglas de juego.
Mesura, Colombia.
Colombia resiste.

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