(OPINIÓN) Carta a nuestros niños y jóvenes. Por: Laura Mejía
Queridos niños y jóvenes de Colombia: Hoy me siento a escribirles con el corazón abierto y la conciencia inquieta. Quiero pedirles perdón. Perdón porque como adultos y como sociedad les hemos fallado. Soñamos con un país distinto al que recibimos, juramos que no volveríamos a las épocas más oscuras,
Queridos niños y jóvenes de Colombia:
Hoy me siento a escribirles con el corazón abierto y la conciencia inquieta. Quiero pedirles perdón. Perdón porque como adultos y como sociedad les hemos fallado. Soñamos con un país distinto al que recibimos, juramos que no volveríamos a las épocas más oscuras, esas que dejaron heridas que aún no cicatrizan, y sin embargo hemos permitido que el miedo, la violencia y la injusticia se asomen de nuevo en sus vidas.
Pero también quiero hablarles con gratitud. Gracias por recordarnos cada día, con su energía y con su voz, que la esperanza sigue viva. Gracias por enseñarnos que no se trata de esperar a que alguien más cambie las cosas, sino de hacerlo desde lo cotidiano: en las aulas, en la música, en el deporte, en las calles, en la conversación con los amigos, en la manera en que se sueña un futuro distinto. Gracias por sus miradas inocentes que nos recuerdan lo esencial, por su creatividad infinita, por su autenticidad que no conoce máscaras, por esa forma genuina de mirar el mundo que nos inspira a creer que otra Colombia es posible. Ustedes nos enseñan el valor del posibilismo: ese arte de construir a partir de lo que tenemos, de transformar con lo que está a la mano, de no rendirse a la desesperanza.
También quiero contarles que la política no está condenada a ser mala, depende de cómo se haga. Sé que muchas veces se los han hecho sentir así, pero hay mujeres y hombres en la vida pública que son éticos, correctos, que trabajan con amor y convicción para hacer las cosas bien. También hay empresarios que, a pesar de la crisis, dejan todo en las canchas para sostener empleos, para fortalecer el tejido social, para seguir apostándole a este país. Ellos, como ustedes, nos recuerdan que Colombia no se rinde.
Sé que en ocasiones sienten que este país no les da suficientes oportunidades y que la idea de marcharse suena más segura que quedarse. Lo entiendo. Sin embargo, quiero decirles que Colombia tiene mucho para ofrecerles: nuestra diversidad, nuestra cultura, la fuerza de su gente trabajadora, la riqueza natural que guarda este territorio único en el mundo. Aquí hay un país que vale la pena cuidar, que necesita de ustedes para transformarse, que reclama su presencia activa y sus ideas frescas.
Nuestro mayor compromiso hoy es no ser indiferentes. No callar. No quedarnos de brazos cruzados ante lo que está ocurriendo. Porque la indiferencia es lo que mata los sueños, mientras que la acción y la esperanza los multiplican.
Quiero hablarles también de un tema que hemos dejado en silencio demasiado tiempo: la salud mental. Hemos pedido que sean fuertes, que resistan, que callen, cuando lo que necesitamos es escucharlos más, acompañarlos mejor y asegurarles que no están solos. Su bienestar emocional no es un lujo, es un derecho, y debe ser una prioridad en cualquier proyecto de país que se piense en serio.
Ustedes no son el futuro: son el presente. Su voz, su mirada y sus acciones son determinantes hoy para el rumbo que tome Colombia. En sus manos, en sus luchas, en sus sueños y en su capacidad de no rendirse está buena parte de la fuerza que nos hará avanzar. Ustedes son el presente que transforma, la voz que incomoda y que guía, la generación que no espera turno para heredar, porque ya está tomando las riendas.
Por eso, aunque hoy les pida perdón por lo que no hemos hecho bien, también quiero asegurarles que hay esperanza. Que hay quienes creemos profundamente en este país y principalmente en ustedes, en lo que representan y en lo que son capaces de construir. Que aún podemos enderezar el camino y hacer de Colombia un país donde valga la pena quedarse, crecer y vivir con dignidad.
Queridos niños y jóvenes, gracias por inspirarnos, gracias por recordarnos lo que importa, gracias por seguir soñando incluso cuando los adultos olvidamos hacerlo. Confíen en ustedes, en su poder de transformar y en la certeza de que Colombia necesita de sus voces hoy, no mañana.
Esta columna de opinión es la segunda parte a la ya publicada el pasado 7 de septiembre:

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